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Full text of "Aguas fuertes"

AGUAS FUERTES 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 

CRÍTICA 

VESETAS 

Los Oradores del Ateneo , un tomo 2 

Los Novelistas Españoles, un tomo 2 

Nuevo Viaje al Parnaso , un tomo 2 

La Literatura en 1881 (en colaboración) 

un tomo 2 

NOVELAS 

El Señorito Octavio (3. a edición), un tomo. 3 
Marta y María (ilustrada por Pellicer), un 

tomo 4 

El Idilio de un Enfermo , un tomo 4 



AGUAS FUERTES 



NOVELAS Y CUADROS 

POR 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 







MADEID 

EST. TIP. DE RICAKDO FÉ 
Cedaceros , núm. 11 




1884 



Es propiedad. 



EL, RETIRO DE MADRID 



I 

MAÑANAS DE JUNIO Y JULIO 

ntee las muchas cosas oportunas 
que puede ejecutar un vecino de 
Madrid durante el mes de Junio, 
pocas lo serán tanto como el levantarse de 
madrugada y dar un paseo por el Eetiro. 
No ofrece duda que el madrugar es una de 
aquellas acciones que imprimen carácter y 
comunican superioridad. El lector que ha- 
ya tenido arrestos para realizar este acto 
humanitario, habrá observado en sí mis- 
mo cierta complacencia no exenta de or- 
gullo, una sensación deliciosa semejante á 
la que habrá experimentado Aquíles des- 




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ARMANDO PALACIO VALDES 



pues de arrastrar el cadáver de Héctor en 
torno de las murallas de Ilion. El heroís- 
mo presenta diversas formas según las eda- 
des y los países, mas en el fondo siempre 
es idéntico. 

Cuando madrugamos para ir á tomar 
chocolate malo al restaurant del Retiro, 
una voz secreta que habla en nuestro espí- 
ritu, nos regala con plácemes y enhorabue- 
nas. Nuestra personalidad adquiere mayor 
brío, nos sentimos fuertes, nobles, sere- 
nos, admirables. Los barrenderos detienen 
la escoba para mirarnos, y en sus ojos lee- 
mos estas ó semejantes palabras: «¡Así se 
hace! ¡Mueran los tumbones! ¡Usted es 
un hombre , señorito ! » Y en testimonio de 
admiración nos echan media arroba de pol- 
vo en los pantalones. 

El día que madrugamos no admitimos 
más gerarquías sociales que las determina- 
das por el levantarse temprano ó tarde. 
Todas las demás se borran ante esta divi- 
sión trazada por la misma naturaleza. Los 
que tropezamos paseando en el Retiro ad- 
quieren derecho á nuestra simpatía y res- 
peto; son colegas estimables que forman 



AGUAS FUERTES 



7 



con nosotros una familia aristocrática y 
privilegiada. A la vuelta, cuando encon- 
tramos á algún amigo que sale de su casa 
frotándose los ojos, no podemos menos de 
hablarle con un tonillo impertinente, que 
acusa nuestra incontestable superioridad. 

Pero no todo es tomar chocolate malo 
en el Retiro durante las mañanas de Ju- 
nio. Lo primero que hay que ver es al sol 
levantándose majestuoso por encima del 
parque, al principio esparciendo una luz 
triste y blanca que viene á besar fríamen- 
te el Bege Carolo III de la puerta de Al- 
calá, después otra rojiza y más alegre que 
tiñe los muros de las primeras casas con 
que tropieza, finalmente la vivida, ri- 
sueña y esplendorosa que le caracteriza. 
El cortejo de nubecillas que le acompaña 
en su ascensión , es de lo más gracioso y 
elegante que pueda verse. Todas ellas van 
vestidas de un modo caprichoso y pin- 
toresco, y ejecutan pasos de gran dificul- 
tad y efecto en torno de su director. Los 
madrileños , sin embargo , no son aficiona- 
dos á esta clase de espectáculos. Prefieren 
ver alzarse á la luna, disfrazada de queso, 



8 



ARMANDO PALACIO VALDES 



en el escenario del Teatro Real, oportuna- 
mente evocada por los trinos solemnes de 
una mezzo-soprano. Hay razón plausible 
para esto. El sol tiene el deber de salir to- 
dos los días , haga frío ó calor, al paso que 
la luna únicamente cuando el Sr. Rovira 
lo considera oportuno. Si el sol no se pro- 
digase tanto y se hiciese pagar algo más, 
yo creo que tendría mucha mayor repu- 
tación. Por ejemplo, haciendo tres ó cua- 
tro salidas cada año, y anunciando los pe- 
riódicos que «el más eminente de nuestros 
astros hará su debut el martes á primera 
hora y que todas las localidades están ven- 
didas con anticipación», se me ocurre que 
los revendedores de sillas en el Retiro ha- 
rían negocio redondo. 

Después del sol, lo más notable que yo 
encuentro en el Retiro son las modistas. 
Este respetabilísimo gremio, aún más be- 
llo que respetable, se pone en contacto con 
la naturaleza al llegar el mes de Junio. Im- 
pidiéndoles sus numerosos quehaceres ir á 
pasar una temporada á San Sebastián ó á 
Biarritz , y necesitando por fuerza dar al- 
guna expansión á los sentimientos poéti- 



AGUAS FUERTES 



9 



eos de su alma, eligen nuestras hermosas 
costureras el Eetiro como campo de sus 
excursiones matinales. Los árboles, los pá- 
jaros, las flores, cuando no son de papel* 
ofrecen sin duda mayores atractivos. Nada 
hay que apetezca tanto una modista de 
corazón como el estado primitivo confor- 
me con la naturaleza. Durante el invier- 
no, su espíritu yace dormido mientras las 
manos trabajan afanosas debajo de la 
lámpara de petróleo ; mas al llegar el mes 
de Mayo, cuando el cuerpo empieza á sen- 
tir calor, el alma también lo siente , des- 
piertan la égloga y el idilio, se sueña con 
verdes praderas esmaltadas de flores , con 
arroyos bullidoras y cristalinos, con grutas 
frescas y sombrías y con hermosos zagales 
que aguardan en ellas la dulce recompensa 
de sus rendidas instancias. Entonces la mo- 
dista, como primera manifestación de la 
influencia que ejercen sobre ella tales pu- 
ras ideas y tales visiones risueñas , se des- 
poja del corsé; y si es de temperamento 
verdaderamente apasionado y guarda en su 
corazón el mundo de tiernos é inefables 
sentimientos que es de esperar, se queda 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



con poca, con poquísima ropa. Se levanta 
muy tempranito, y sin aguardar el laudan, 
toma el camino del Retiro en compañía de 
sus amigas predilectas y de algunos me- 
nestrales distinguidos. ¡Que fresca y qué 
risueña! ¡Cómo brillan sus grandes y her- 
mosos ojos negros! ¡(Jomo palpita de ale- 
gría su seno delicado ! El grupo va dispues- 
to á olvidar por algunos instantes las ridi- 
culas ceremonias sociales, los refinamien- 
tos empalagosos de la vida madrileña, y 
volver en lo que cabe al estado natural. 
Al efecto marchan todos bien provistos de 
los enseres y artefactos propios de una ci- 
vilización primitiva y que se supone han 
usado más comunmente nuestros prime- 
ros padres: aros, cuerdas, trompos, volan- 
tes, etc., etc. Nuestra modista, según va 
llegando á la Arcadia municipal , adquiere 
mayor desenvoltura, y en sus movimientos 
y ademanes adviértese la influencia que 
ejercen sobre ella las ideas campestres. 
Charla, corre, ríe, salta, grita, y se auto- 
riza con sus compañeras las inocentes li- 
bertades que acostumbran en los bosques 
las pastoras con los zagales; les tápalos 



AGUAS FUERTES 



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ojos con las manos, les da pellizcos, les 
quita el sombrero y les tira por las narices 
de un modo sencillo, encantador, confor- 
me en un todo con las leyes de la natura- 
leza. 

Así que entran en el parque y eligen un 
sitio á propósito, silencioso, umbrío, em- 
balsamado por las acacias, empiezan los 
juegos. La costurera es un portento de gra- 
cia y habilidad en saltar la cuerda, tirar el 
volante y chillar como una golondrina. ¡Qué 
linda está brincando y haciendo carocas á 
los señoritos que acuden al reclamo de los 
chillidos ! El juego la vuelve á los días de su 
infancia, y en consecuencia se sienta sobre 
las rodillas de sus compañeros y les ordena 
que le aten las trenzas del cabello , sin pa- 
sársele por la mente que estas escenas des- 
piertan en los señoritos que las presencian 
ideas vituperables de adquisición. Nadie 
diría al ver aquella gracia inocente y mo- 
desta , que nuestra heroína ha corrido al- 
gunas borrascas en las berlinas de punto 
y conoce los misterios de la calle de Pana- 
deros tan bien como D. Antonio San Mar- 
tín. En ciertas ocasiones, rendida, jadean- 



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ARMANDO PALACIO VAL DES 



te, las mejillas inflamadas, los ojos bri- 
llantes y el cabello desgreñado, la he visto 
separarse del juego y tomar el brazo de al- 
gún zagal sietemesino con guantes amari- 
llos. La he visto seguir lentamente una ca- 
lle solitaria de árboles y perderse con él 
entre el follaje. ¿Iban tal vez en busca de 
alguna gruta fresca y solitaria como aque- 
lla en que la esposa de Salomón dejó olvi- 
dado su cuidado? No lo sé. En la vida del 
campo hay misterios inefables que sería 
más grato que prudente el escrutar. 



II 



EL ESTANQUE GRANDE 

Apenas se deja atrás la famosa puerta de ' 
Alcalá y se dan algunos pasos por la calle 
de árboles que nos lleva á lo interior del 
Ketiro, empieza á refrescar el rostro un 
vientecillo ligero y húmedo , y con Ínfulas 
de marino. El corazón y los pulmones se 
dilatan, se cierran involuntariamente los 
ojos para recibir el beso blando de aquella 
brisa, y acuden vagamente á la memoria 
playas , olas , peñascos , barcos , gaviotas y 
sobre todo los horizontes dilatados del océa- 
no que convidan á soñar. Continuad, con- 
tinuad con los ojos cerrados; no temáis 
tropezar con nada ; la calle es ancha y los 
coches no ruedan por aquel sitio. Duran- 
te algunos momentos podéis meceros sin 
riesgo en esa grata ilusión marítima por 



14 ARMANDO PALACIO VALDES 



la cual habéis pagado ya vuestra contribu- 
ción. 

Yo no diré que cuando abráis los ojos os 
encontréis frente al mar ; semejante exage- 
ración serviría tan sólo para desacreditar 
los nobilisimos propósitos del poder ejecu- 
tivo , dado que éste nunca pensó , á mi en- 
tender , en fundar un océano en Madrid, y 
sí únicamente un epítome ó compendio de 
él. Pero si no frente al mar, os halláis por 
lo menos frente á una cantidad de agua que 
divertirá y lisonjeará vuestras aficiones ma- 
rinas, aunque no las satisfaga por entero. 
Las audacias de tal masa de agua están re- 
frenadas por unos sencillos muros de ladri- 
llo, sobre los cuales hay una verja de hie- 
rro no muy alta. 

Cuando os inclinéis sobre esta verja para 
examinar de cerca el océano del Ayunta- 
miento , tal vez convengáis con la mayoría 
de los vecinos de Madrid en que sus aguas 
no son lo bastante limpias y claras , y que 
la Corporación municipal haría muy bien 
en renovarlas con frecuencia si se propone, 
como es lo más seguro, halagar con ellas 
los sentimientos naturalistas y poéticos del 



AGUAS FUERTES 



15 



vecindario. No obstante, en ocasiones, esas 
aguas verdes y cenagosas se rizan blanda- 
mente al soplo de la brisa, lo mismo que 
el lago más hermoso, y á veces también, 
en la hora del medio día, estando el cie- 
lo límpido, despiden vivos y gratos re- 
flejos azules. Le pasa al estanque lo que 
á las mujeres feas ; todas ellas tienen ins- 
tantes, posturas ó movimientos agrada- 
bles. 

He indicado como lo más seguro que la 
fundación de dicho estanque débese á la 
conveniencia de infundir en el espíritu del 
pueblo madrileño ciertas tendencias poéti- 
cas y naturalistas. En efecto, comprendien- 
do el Ayuntamiento ( como no podía menos 
de comprender) que en las grandes capita- 
les como ésta, el amor de la naturaleza an- 
da muy descuidado , y por consecuencia de 
ello , la sensibilidad del vecindario no reci- 
be el cultivo indispensable para preservar- 
lo de las garras del grosero positivismo, 
hizo y hace laudables esfuerzos por man- 
tener vivo en todas las clases sociales un 
romanticismo urbano y municipal en armo- 
nía con las necesidades del corazón y con 



16 



ARMANDO PALACIO VALDKK 



la partida que en el presupuesto se le des- 
tina. Ningún orden de la naturaleza se ha 
escapado á su beneficiosa gestión. Las sel- 
vas umbrosas é impenetrables, llenas de 
colores y armonías que se admiran en las 
soledades de América , están representadas 
por las espesuras del Retiro y por los bos- 
ques de la plazuela de Oriente , de la pla- 
zuela de Santo Domingo y otras plazuelas 
menos conocidas. El prurito de contem- 
plar y recrearse con las altas montañas so- 
bre cuya cima el pensamiento del hombre, 
como las nubes del espacio, reposa de sus 
fatigas , encuentra dulce satisfacción en la 
montaña rasa. Y por último, la aspiración 
enérgica del espíritu á meditar tristemente 
ante la inmensidad del océano que nos re- 
vela los arcanos de lo infinito , obtiene res- 
puesta adecuada, sino cumplida, en las ri- 
beras del estanque grande. Aquí, sin em- 
bargo, se ofreció una pequeña dificultad. 
Es verdad que la contemplación del mar 
enaltece mucho el espíritn y lo purifica, 
pero no es menos cierto que también lo 
turba y oscurece con sus ásperas impresio- 
nes. A fin de hacer frente á este peligro 



AGUAS FUERTES 



17 



psicológico , el Ayuntamiento quiso acudir 
á un expediente seguro ; acudió á la coope- 
ración de los cisnes y los p&tcs. En efecto, 
estos animales acuáticos, por su manse- 
dumbre y afabilidad , son muy aptos para 
infundir en el corazón del hombre risue- 
ñas ideas y sentimientos de paz, y á pro- 
pósito , por tanto , para contrarestar la im- 
presión fuerte y abrumadora que no puede 
menos de dejar en el ánimo un estanque de 
la magnitud de el del Eetiro. Se introdu- 
jeron, pues, en dicho estanque como obra 
de una docena de tales animales entre cis- 
nes y patos, encargados de secundar los 
generosos planes del Municipio , recibien- 
do por ello el necesario alimento. Y debe- 
mos manifestar en conciencia que las ino- 
centes aves desempeñan su papel con maes- 
tría y ganan sus cortezas de pan honrada- 
mente. Véase si no cuán gallardamente 
cruzan el estanque en todas direcciones, 
cual si resbalaran por el agua á impulso 
del viento y no por virtud del movimiento 
de sus palmas. Observemos sus posturas 
caprichosas y fantásticas ; de qué modo tan 
pintoresco extienden las alas sobre el agua, 

2 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



levantando nubecillas de espuma, ó su- 
merjen la cabeza para atrapar un insecto, 
ó la ocultan bajo el ala, ó levantan el vuelo 
inesperadamente para dejarse caer á los po- 
cos pasos llenos de pereza y molicie sobre 
su elástico lecho, como un sátrapa sobre 
su diván de pluma. Nadie dudará que todo 
esto ofrece un tinte tan bucólico y pastoril, 
que no puede menos de producir el efecto 
apetecido. Por muy exaltado que el ánimo 
se encuentre, es imposible que no ceda á 
los esfuerzos combinados de aquella doce- 
na de patos. 

Navegan también en el estanque mu- 
chedumbre de botes, lanchas, canoas y 
otras embarcaciones de diversas formas y 
tamañoo. Los días de fiesta suele cruzar 
por el horizonte un vapor que no se cansa 
jamás de silbar. Parece un espectador de 
los dramas de Catalina. He querido averi- 
guar cuál era el precio del pasaje, y me han 
dicho que por recorrer todas las costas del 
estanque , deteniéndose en los puntos más 
notables y dignos de verse, se pagaba, en 
cámara de primera, diez céntimos. Pero 
es fácil de comprender que estos viajes de 



AGUAS FUERTES 



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itinerario forzoso no convienen más que á 
las personas de poca imaginación y de sen- 
timientos vulgares y limitados. Los espíri- 
tus fantásticos y aventureros gustan más 
de viajar sin itinerario. Hay, pues , mucha 
gente que prefiere tripular los botes y ca- 
noas navegando sin rumbo prefijado y de- 
teniéndose donde bien les place el tiempo 
que tienen por conveniente. El amor á la 
naturaleza y el deseo de conocer las rudas 
faenas de la mar les arrastra á despojar- 
se de la levita y á empuñar los remos con 
las manos cubiertas de sortijas. Desde es- 
te momento su fisonomía se contrae du- 
ramente y toma la expresión siniestra y 
terrible de los piratas : sus movimientos 
son torpes y pesados como los de un lo- 
bo de mar. Cuando pasan cerca de la costa 
y ven una niñera más ó menos gentil que 
les contempla absorta y admirada, se sue- 
len guiñar el ojo con cierta malicia ru- 
da, exclamando con voz ronca: «¡Ohé, 
muchachos, una fragata á barlovento!» 

A otros les da por lo sentimental , y el 
espectáculo de las aguas dormidas del lago 
les recuerda las novelas venecianas ó Jas 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



baladas de la Suiza: se dejan balancear 
dulcemente, inmóviles y apoyados sobre 
el remo, fijan la vista en un punto del es- 
pacio con expresión amarga, propia de co- 
razones lacerados , y prorumpen á veces en 
tiernas barcarolas que han aprendido en el 
teatro Eeal. 

Lo mismo las aventuras maravillosas de 
los unos que las barcarolas de los otros ce- 
san repentinamente así que se escucha una 
voz poderosa, inmensa como la de Neptu- 
no , que llega en alas del viento á todas las 
riberas del estanque: — «Esquife número 
siete (pausa solemne)... la hora.» Inme- 
diatamente la embarcación, después de 
ejecutar las maniobras indispensables, di- 
rige su rumbo hacia el puerto. Si llega con 
felicidad á él , como ordinariamente acon- 
tece, la tripulación, rendida y jadeante, 
no tarda en saltar sobre el muelle, lim- 
piándose los pantalones con el pañuelo 
para después restituirse alegremente al se- 
no de sus familias. 



III 



LA CASA DE FIERAS 

No sé de cuándo data la institución de 
que quiero dar cuenta: es posible que haya 
nacido bajo el gobierno paternal del señor 
Moyano, aunque no lo afirmo. Antes de po- 
nerme á escribir acerca de ella, quizá de- 
biera examinar algunos documentos refe- 
rentes á su erección y desenvolvimiento , á 
fin de que las futuras generaciones, cuando 
lean el presente estudio , sepan á quién de- 
ben las fieras el piadoso hospital que hoy 
disfrutan. Prefiero, no obstante, improvi-* 
sar algunas cuartillas, que caerán fuera de 
los dominios de la ciencia histórica, hacia 
la cual me siento antes de almorzar poco 
inclinado. 

A unas cien varas del estanque grande se 
alza el famoso hospicio donde un gobierno 



22 



ARMANDO PALACIO VALDES 



atento á las necesidades morales de sus con- 
tribuyentes ha^colocado media docena de 
bestias feroces y veinte ó treinta micos, 
con el objeto de recrear y al propio tiem- 
po vigorizar á la guarnición de Madrid. Así 
como los cisnes del estanque reciben sus 
emolumentos para despertar en los indíge- 
nas ideas bucólicas y sentimientos pastori- 
les, las alimañas de la Casa de fieras han 
venido adrede de los desiertos de Africa 
para infundir en la clase de tropa la fero- 
cidad que suele perder en el trato íntimo 
de criadas y costureras. Y es de admirar 
realmente el acierto que ha presidido á la 
elección de estos terribles animales y con 
qué esmero se han procurado utilizar sus 
diversas aptitudes. Por ejemplo, á nadie 
puede caber duda de que el león ha sido 
traído para despertar en el corazón de los 
espectadores la nobleza y la bravura , como 
el leopardo la fiereza, el lobo la rapidez, la 
hiena la crueldad , el mono la astucia y el 
oso la calma. La española infantería, al 
recorrer por las tardes en la grata com- 
pañía de sus patronas las jaulas del esta- 
blecimiento, se siente regenerada y dispues- 



AGUAS FUERTES 



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ta á habérselas con todo linaje de republi- 
canos feroces y dañinos, mansos ó aman- 
sados. 

Las fieras, como es lógico, conocen de 
vista á todos los reclutas de la guarnición, 
y no sólo á los reclutas , sino á sus parien- 
tes y amigos. El mejor obsequio que se pue- 
de hacer á un forastero después de beber 
unas copas de ron y marrasquino, es lle- 
varle á la Casa de fieras y pasearle un buen 
rato en torno de la jaula de los micos. «An- 
da, anda, que Grabiel bien se divierte por 
allá por Madrid... no se esté con cudiao por 
él, tía Rosa... toa la tarde se la pasa mira 
que te mira á los micos en un sitio que lla- 
man la Casa de fieras, que le digo , así Dios 
me salve , que no hay otra cosa que ver en 
Madrid.» 

El soldado español es , además de biza- 
rro, sufrido, frugal, pundonoroso, etc., etc., 
chispeante en el pensamiento y ático en 
la frase. Nadie lo ha puesto en duda. Pues 
bien ; esta sal y este aticismo con que la 
naturaleza dotó á nuestro' ejército, y muy 
singularmennte al arma de infantería, se 
aumenta en un cincuenta por ciento lo me- 



24 



ARMANDO PALACIO VAL DÉ tí 



nos cuando pasea por los jardines de la Casa 
de fieras. En aquellos amenos parajes , de- 
lante de la jaula del león africano, ó del ti- 
gre de Bengala, ó del tití de las Indias, es 
donde el regocijado ingenio de nuestros 
quintos derrama los tesoros de su gracia; 
allí donde se escuchan las frases espiritua- 
les, los dichos agudos; allí donde revientan 
los epigramas acerados , los discretos ra- 
zonamientos. Parado frente á la jaula del 
leopardo , que duerme tranquilo en un rin- 
cón , el quinto suele decirle en tono de zum- 
ba: — «¡Anda tú, dormidor! ¿No te cansas 
de dormir, tuno? ¿Estás á gusto, eh gran 
ladrón?» — Pasa inmediatamente á la del 
león y vierte sobre él otra granizada de 
chistes. — «/ Mióle , míale , qué boca abre el 
cochino! ¿Nos almorzarías de buena gana, 
verdad? Pues amigo , pacencia y llamar á 
Cachano, que toos sernos hijos de Dios. Ma- 
nolo, ar repara qué melenas; ¡paecen los 
pelos del tío Farruco ! » 

El recluta se hincha en tales ocasiones 
porque tiene público : en pos de él hay siem- 
pre media docena de robustas criadas de la 
Alcarria que le escuchan embelesadas y le 



AGUAS FUERTES 



25 



siguen con afán. ¡ Cómo se desternillan de 
risa! ¡Cómo paladean los chistes del dono- 
so soldado ! Nadie penetra como ellas el 
sentido intimo de sus frases , ni puede apre- 
ciar tan bien la delicadeza nerviosa de su 
humorismo. Entre el recluta y las criadas 
se engendra inmediatamente una misterio- 
sa corriente de simpatía, mediante la que 
el fondo poético de sus corazones y todos 
los dulces pensamientos y vagas aspiracio- 
nes de su espíritu se confunden. El recluta 
siente en el occipucio los ojos de las alca- 
rreñas que le excitan á mostrarse cada vez 
más agudo y espiritual, y éstas advierten 
con inocente alegría que aquel derroche de 
gracia y de ingenio no es otra cosa que un 
fervoroso homenaje de adoración que el 
gentil recluta les dedica. Allá , á la hora 
del crepúsculo , cuando las nieblas descien- 
den al fondo de los valles y el céfiro pliega 
sus alas sobre las flores , Manolo suele pe- 
gar un tremendo empujón á su amigo Gra- 
biel que le hace caer sobre el grupo de cria- 
das , las cuales reciben el golpe como una 
manifestación de respeto y galantería. A 
partir del empujón , entre reclutas y criadas 



26 



ARMANDO PALACIO VALDES 



se establece una amistad inalterable. Y la 
ferocidad que el ejército ha ganado por un 
lado la pierde inmediatamente por otro, vi- 
niendo abajo de esta suerte la obra pater- 
nal de la Administración. 

Antes de dar por terminado este artícu- 
lo , necesito delatar á la Corporación muni- 
cipal un abuso que redunda en menoscabo 
del país y descrédito de la importante ins- 
titución en que me estoy ocupando. Por 
muy sensible que me sea el decirlo , es lo 
cierto que las fieras del Municipio no cum- 
plen debidamente con su cometido. ¿Para 
qué han sido traídos estos animales de los 
desiertos de Africa y Asia á costa de mil 
sacrificios pecuniarios? Ya hemos dicho 
que para infundir energía y vigorizar al 
pueblo y al ejército. Pues bien; yo no sé 
cómo han llenado su deber en los primeros 
tiempos : mas actualmente puedo decir que 
están muy lejos de desempeñarlo con la 
exactitud y el celo apetecidos. En vez de 
mostrar una actitud imponente que sobre- 
coja y atemorice el ánimo, en vez de rugir 
y echar centellas por los ojos, y sacudir las 
rejas^de la jaula con el aparato del que quie- 



AGUAS FUERTES 



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re saltar fuera y devorar en un credo á to- 
dos los espectadores, se pasan la mayor 
parte del día en letargo vergonzoso , tira- 
dos en un rincón como objetos inanima- 
dos , sin que las excitaciones del respetable 
público logren hacerles menear siquiera la 
cola. Cuando por casualidad se les encuen- 
tra de pie, no hacen otra cosa que pasear 
tranquilamente por la celda sin desplegar 
ninguna especie de ferocidad , como uri poe- 
ta lírico que estuviese meditando algún so- 
neto enrevesado para la Ilustración Espa- 
ñola y Americana : cuando abren la boca y 
estiran las garras, nunca es en son de ame- 
naza , sino para desperezarse groseramen- 
te; y si tal vez que otra les da la humorada 
de rugir , lo hacen con tanta delicadeza, que 
más que de devorarlos, parece que tratan de 
enterarse de la salud de los espectadores. 

Es necesario cortar este abuso. ¿Cómo? 
Buscando el origen y destruyendo la cau- 
sa. El origen de tal apatía y negligencia 
por parte de estos animales no puede ser 
otro que el no dárseles el sustento necesa- 
rio. Las bestias de la Casa de fieras perte- 
necen á la clase docente , y como el profe- 



28 



ARMANDO PALACIO VALDLS 



sorado en general , están muy mal retribui- 
das: tienen los huesos salientes, el pellejo 
arrugado , el aspecto miserable y triste. Un 
profesor amigo mío (que también tiene los 
huesos salientes y el pellejo arrugado) , me 
decía no há mucho tiempo que él no ense- 
ñaba más ciencia que la equivalente á los 
catorce mil reales que le daban. Las fieras 
deben de seguir el mismo sistema. Aumén- 
teseles, pues, el sueldo, déseles las piltrafas 
suficientes , y el Ayuntamiento verá sus cá- 
tedras de energía y ferocidad perfectamen- 
te desempeñadas. 



IV 



EL PASEO DE LOS COCHES 

Se trabó una lucha titánica en el Ayun- 
tamiento y en las columnas de los periódi- 
cos. Los peones nos defendimos bizarra- 
mente. Hicimos esfuerzos increíbles para 
salvar nuestro Retiro de la feroz invasión; 
pero quedamos vencidos. En las hermosas 
calles de árboles nunca profanadas , chas- 
quearon las herraduras de los caballos, y 
los modernos conquistadores , los bárbaros 
de la riqueza entraron soberbios, arrollán- 
donos entre las patas de sus corceles. 

Vivíamos felices y tranquilos, y á veces 
nos decíamos: — «Tenéis los teatros, los 
salones, la Casa de Campo, la Castellana, 
sois los dueños de Madrid; pero nosotros 
poseemos el Eetiro. Para gozar el aroma 
de sus flores , la frescura de sus árboles y 



30 



ARMANDO PALACIO VALDES 



la grata perspectiva de sus calles , es nece- 
sario que dejéis vuestro coche á la puerta 
y ensuciéis un poco la suela de los zapatos; 
porque el Eetiro está hecho por Dios y el 
Ayuntamiento para nosotros, exclusiva- 
mente para nosotros los villanos. » 

Mas he aquí que un día se les antoja á 
los bárbaros penetrar con sus carros , con 
sus mujeres é hijas en nuestro delicioso 
campamento. Cayeron los árboles más ó 
menos seculares, y sus hojas sirvieron de 
alfombra á los triunfadores. También nues- 
tras frentes humilladas les sirvieron de al- 
fombra. 

Y lo peor de todo es que, imitando la 
crueldad de los soldados de Alarico y Ati- 
la, nos han llevado y nos llevan atados á 
su carro. He conocido á un joven que lu- 
chó valerosamente contra la invasión des- 
de las columnas de La Correspondencia. 
Recuerdo cierto suelto de su mano que 
decía: «No es exacto que el Municipio tra- 
te de abrir en el Eetiro un paseo para 
los carruajes.» Este suelto cayó como una 
bomba en el campo enemigo, haciendo en 
él graves destrozos, y estuvo á punto de 



AGUAS FUERTES 



31 



dejar fallidas sus esperanzas. Pues bien; á 
este mismo joven le he visto después igno- 
miniosamente atado á la carretela de un 
bárbaro, que le llevaba á un paso muy su- 
perior á sus piernas. Y la hija del bárbaro 
aún parece que se reía de él. 

Algunos refieren la historia del paseo de 
coches diciendo que á cierto caballo in- 
glés, hastiado de tanto ir y venir á la Cas- 
tellana, acometido del spleen y en peligro 
inminente de suicidarse, se le puso un día 
entre las dos orejas el hollar los jardines 
privilegiados ; insinúa su extravagante de- 
seo al amo, le da algunas razones , y últi- 
mamente le persuade á que interponga su 
influencia para que de allí en adelante se 
extienda el privilegio de los bípedos á los 
caballos lucios y bien educados. El amo, 
que era regidor, lo propuso en concejo, y 
pronunció con tal motivo un bello discur- 
so, donde expuso á la consideración del 
Ayuntamiento los argumentos capitales 
que su jaca le había insinuado. Armóse el 
consiguiente motín , los bípedos se resistie- 
ron á abandonar sus franquicias , acudie- 
ron á la prensa, dijeron que el echar árbo- 



ARMANDO PALACIO VALDES 



les al suelo era propio de los pueblos pri- 
mitivos, y que es muy fácil construir una 
casa, pero que un árbol nadie lo construye 
mas que la naturaleza; hablaron del hacha 
devastadora y se autorizaron el dudar de 
los sentimientos poéticos de los concejales. 
A tales afirmaciones contestó el potro in- 
glés , por boca de su amo , diciendo , que 
no eran más que «huecas declamaciones», 
y que cuando el paseo estuviese abierto y 
terminado, ya se vería. Y en efecto, des- 
pués se vio que el potro tenía razón. El 
paseo de coches, no sólo no ha quitado 
belleza al Eetiro, pero le ha añadido cierto 
esplendor fastuoso que antes no tenía; á 
cada cual lo suyo. 

No está trazado en línea recta como el 
de la Castellana, porque no tiene por ob- 
jeto despertar en el vecindario ideas gene- 
rales , sino que forma una curva graciosa y 
bastante prolongada, que se extiende des- 
de la Casa de fieras hasta la estatua del 
Angel caído, en torno de la cual giran los 
carruajes al dar la vuelta; es un Luzbel 
doblado por el espinazo, el cuello desco- 
yuntado y los músculos tendidos , que pa- 



AGUAS FUERTES 



¿jo 



rece un artista ecuestre del circo de Price. 
Sus colegas de acá, otros ángeles caidos 
que suelen llamarse «la Tomasa, la Adela, 
la Paz, la Asunción, etc.», al cruzar por su 
lado le miran con soberano desdén : nin- 
guno ha caído como él en medroso despe- 
ñadero; todos han venido á dar sobre al- 
gún milord con un caballo. 

En este moderno paseo se cita y empla- 
za la sociedad elegante en las tardes de in- 
vierno, para gozar el inefable deleite de 
contemplarse un par de horas , después de 
lo cual se apresura á ir á comer y escapa á 
uña de caballo á contemplarse de nuevo en 
el Eeal otras tres ó cuatro horitas. Parece 
una sociedad de derviches : el goce supre- 
mo es la contemplación. Hay hombre que 
se queda calvo, y defrauda al Estado, y 
arruina á varias familias, solamente para 
que dos caballos le lleven á todas partes á 
contemplar á otros hombres que también 
se han quedado calvos y han defraudado al 
Estado y á los particulares con el mismo 
objeto. Los madrileños, mejor que ningún 
otro pueblo antiguo ó moderno, han lle- 
vado al refinamiento este goce exquisito: 

3 



34 



ARMANDO PALACIO VALDES 



en las iglesias , en los teatros, en el paseo, 
en los salones, se apuran todos los medios 
de contemplarse con más comodidad. Cuan- 
do viene el calor y es fuerza salir de Madrid 
y separarse , entonces la sociedad vuela á 
las playas de San Sebastián, á fin de no 
perderse un instante de vista. 

De cinco á cinco y media de la tarde está 
el paseo en todo su esplendor ; un millar de 
coches se apiña en la no muy ancha carre- 
tera, de tal suerte, que no hay medio de 
caminar por ella : á veces tardan en dar una 
sola vuelta más de hora y media, lo cual 
constituye, como es fácil de comprender, 
el encanto de los que perennemente los 
ocupan; de esta guisa, la contemplación 
es más fácil y más intensa. Las señoras le- 
vantan suavemente las sombrillas para mi- 
rar por debajo de ellas á otras señoras , que 
de igual manera dejan caer las suyas y pa- 
gan mirada por mirada. Hace ya muchos 
años que se miran y llevan por cuenta los 
vestidos , los coches , los caballos , los que- 
ridos , las pulseras , el colorete y hasta los 
lunares que gastan; asi que, ordinariamen- 
te , se habla muy poco : sólo de vez en cuan- 



AGUAS FUERTES 



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do alguna dama comunica á.su compañera 
en voz baja y estilo telegráfico ciertas ob- 
servaciones de poca monta: 

— ¿Has visto á Bermejillo? 

— Sí. 

— ¿Va detrás de Enriqueta? 

— Sí. 

Y de nuevo guardan silencio. 
— ¿Has visto á la de Quintanar? 
— Hasta ahora no. 

— ¿Y á la de Beleño? 
—Tampoco. 

La dama se calla otra vez , pero experi- 
menta leve disgusto; para que se vaya á 
casa satisfecha y coma con apetito , es pre- 
ciso que estén en el paseo la de Quintanar, 
la de Beleño , la dé Casagonzalo , la de Tru- 
jillo , la de Torrealta , la de Villavicencio, 
la de Córdova, la de Perales, la de Vélez 
Málaga y la de Cerezangos , á quienes está 
viendo hace veinte años , en todos sitios y 
á todas horas : si no , se marcha mal humo- 
rada, diciendo que el paseo estaba muy 
cursi. Los cocheros y lacayos, desde lo 
alto de los pescantes, dejan caer miradas 
olímpicas sobre las carrozas , y murmuran 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de vez en cuando alguna frase insolente y 
obscena á propósito de las damas que pasan 
cerca; ó examinan fijamente las libreas de 
sus compañeros, proponiéndose exigir otras 
iguales de sus amos. Los caballos, aburri- 
dos , se contemplan sin cesar , y guardan 
silencio como sus señores. Tal vez que otra, 
no obstante, dejan caer, entre resoplidos 
y cabezadas , alguna observación punzante 
acerca de sus colegas : 

— ¡ Vaya unos arreos lucidos que les han 
echado encima á los jacos de Villamediana! 
¡ Me da risa ! 

— ¿Qué otra cosa quieres que les pon- 
gan, chico? ¡Si son dos burros sin orejas! 

— ¿Y qué te parece del tren de Rebo- 
lledo? 

— Que esos potros son tan ingleses como 
el forro de mis pezuñas. 

Así hablan los caballos á menudo; y á 
menudo también los amos. 

Por una de las calles laterales y antiguas 
caminan los bípedos de la burguesía, con- 
templando sin pestañear el fastuoso corte- 
jo de los cuadrúpedos aristocráticos. Cuan- 
do se cansan de caminar , tomau asiento 



AGUAS FUERTES 



87 



en las sillas metálicas puestas allí adrede 
para mirarse cómodamente. Numerosas y 
respetables familias, cuyos jefes sirven dig- 
namente á la Administración pública, se 
autorizan diariamente el sabroso placer de 
ver pasar en procesión á las damas y caba- 
lleros que en Madrid gastan coche. La vida 
cortesana ofrece vivos y punzantes atrac- 
tivos : el jefe de familia la encuentra dema- 
siado agitada cuando llega á su casa. 

Ciñendo la carretera, con el rostro vuel- 
to hacia los coches, suelen cruzar á paso 
largo algunos señoritos de palo , con el fel- 
pudo sombrero ladeado, puños salientes, 
levita abrochada hasta la nuez y báculo. 
Llevan dentro un resorte que en ciertos 
momentos les obliga á detener el paso , lle- 
var la mano al sombrero, agitarlo en el 
aire, ponérselo otra vez y seguir andando. 

Y el sol, por no ser menos que todos, 
contempla con ojo de moribundo esta es- 
cena interesante enfilando sus rayos obli- 
cuos entre los árboles y levantando mil 
graciosos reflejos en el barniz de los co- 
ches , en el cristal de las linternas y en el 
metal de los botones de cocheros y lacayos. 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



Antes de morir envuelve con suave caricia 
la pompa abigarrada de aquella muchedum- 
bre, que no tiene ojos más que para sí mis- 
ma , hace brillar los arreos de los caballos 
y las joyas de las señoras, tiñe de vivos co- 
lores la seda de los vestidos y extiende un 
manto brillante de oro sobre la inmóvil y 
silenciosa comitiva. Los árboles recogen 
con más placer que los hombres el último 
beso del astro del día, y entre sus copas 
frondosas surgen gratas y fugitivas luces. 
A la izquierda el puro azul del cielo se deja 
ver , desvaído ya y marchito , y su fondo 
luminoso queda cortado á trechos por las 
formas rígidas de alguna conifera ó por los 
tricornios de los guardias que permanecen 
clavados á sus caballos, y los caballos á la 
tierra como verdaderas estatuas. En el me- 
dio de la curva que el paseo describe, hay 
abierto un boquete sin árboles , por donde 
se contempla el paisaje : parece un enorme 
balcón desde donde se divisan algunas le- 
guas de tierra árida como toda la que ro- 
dea á Madrid. Este paisaje sólo es bello á 
la caída de la tarde : entonces las brumas 
del crepúsculo, traspasadas un instante 



AGUAS FUERTES 



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por los rayos del sol, matizan delicada- 
mente la vasta planicie , las colinas lejanas 
flotan en una neblina azulada, y sobre ellas 
resaltan como puntos blancos algunos ca- 
seríos. Los juegos de la luz fingen en la lla- 
nura bosques , campos , ríos y pueblos que 
no existen : es un país falso y teatral que 
guarda cierta semejanza con el fondo del 
cuadro de las Lanzas, de Velázquez; pero 
cautiva la vista por su esplendor , y dilata 
el pecho por su inmensidad. 

El vapor luminoso que por aquella par- 
te envuelve el paseo, amortiguando los vi- 
vos colores de las sombrillas , borrando los 
elegantes contornos de los caballos , esfu- 
mando las facciones de x las damas y pres- 
tándole á todo aspecto escenográfico, pierde 
lentamente su brillo y se transforma en un 
polvo ceniciento que cae del cielo como 
heraldo de la noche. La noche se llega al 
fin : el sol sepulta sus fuegos en los confi- 
nes de la yerma llanura : algunas nubeci- 
llas finas y delgadas , como rayas trazadas 
en el firmamento , después de ennegrecer- 
se fuertemente, concluyen por desaparecer. 
El paseo pierde todo su esplendor; ya no 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



es más que un grupo numeroso de coches 
sin brillo ni poesía. La comitiva siente casi 
al mismo tiempo un leve temblor de frío; 
las señoras se embozan en los chales y ti- 
ran hacia sí las pieles que cubren sus rodi- 
llas ; los caballeros se esfuerzan en meter- 
se los abrigos y agitan los brazos en el aire 
como aspas de molino ; piafan los caballos 
pensando en las próximas dulzuras del pe- 
sebre , y los aurigas chasquean el látigo 
enderezándolos ya hacia la ciudad. En po- 
cos minutos queda la carretera desierta. 
Los peones, que como es natural perma- 
necen rezagados , escuchan algún tiempo 
el ruido de los coches, como un rumor dis- 
tante de olas que -se estrellan. 



EL PÁJARO EN LA NIEVE 



(novela) 

ea ciego de nacimiento. Le habían 
enseñado lo único que los ciegos 
suelen aprender, la música; y fué en 
este arte muy aventajado. Su madre murió 
pocos años después de darle la vida ; su pa- 
dre , músico mayor de un regimiento , hacía 
un año solamente. Tenía un hermano en 
América que no daba cuenta de sí; sin em- 
bargo, sabía por referencias que estaba ca- 
sado, qué tenía dos niños muy hermosos y 
ocupaba buena posición. El padre indig- 
nado, mientras vivió, de la ingratitud del 
hijo, no quería oir su nombre; pero el cié- 




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ARMANDO PALACIO VALDES 



go le guardaba todavía mucho cariño ; no 
podía menos de recordar que aquel herma- 
no , mayor que él , había sido su sostén en 
la niñez , el defensor de su debilidad con- 
tra los ataques de los demás chicos , y que 
siempre le hablaba con dulzura. La voz de 
Santiago, al entrar por la mañana en su 
cuarto diciendo : « ¡ Hola , Juanito ! arriba, 
hombre , no duermas tanto , » sonaba en los 
oídos del ciego más grata y armoniosa que 
las teclas del piano y las cuerdas del violín. 
¿Cómo se había trasformado en malo aquel 
corazón tan bueno? Juan no podía persua- 
dirse de ello , y le buscaba un millón de dis- 
culpas : unas veces achacaba la falta al co- 
rreo; otras se le figuraba que su hermano 
no quería escribir hasta que pudiera man- 
dar mucho dinero ; otras pensaba que iba 
á darles una sorpresa el mejor día presen- 
tándose cargado de millones en el modesto 
entresuelo que habitaban: pero ninguna 
de estas imaginaciones se atrevía á comu- 
nicar á su padre : únicamente cuando éste, 
exasperado, lanzaba algún amargo apos- 
trofe contra el hijo ausente, se atrevía á 
decirle : « No se desespere V. , padre ; San- 



AGUAS FUERTES 



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tiago es bueno ; me da el corazón que ha 
de escribir uno de estos días. » 

El padre se murió sin ver carta de su 
hijo mayor, entre un sacerdote que le 
exhortaba y el pobre ciego que le apreta- 
ba convulso la mano, como si tratase de 
retenerle á la fuerza en este mundo. Cuan- 
do quisieron sacar el cadáver de casa sos- 
tuvo una lucha frenética, espantosa, con 
los .empleados fúnebres. Al fin se quedó 
solo ; pero ¡ qué soledad la suya ! Ni padre, 
ni madre , ni parientes , ni amigos : has- 
ta el sol le faltaba, el amigo de todos los 
seres creados. Pasó dos días metido en su 
cuarto, recorriéndolo de una esquina á 
otra como un lobo enjaulado , sin probar 
alimento. La criada, ayudada por una ve- 
cina compasiva , consiguió al cabo impedir 
aquel suicidio: volvió á comer y pasó la 
vida desde entonces rezando y tocando el 
piano. 

El padre , algún tiempo antes de morir, 
había conseguido que le diesen una plaza 
de organista en una de las iglesias de Ma- 
drid, retribuida con catorce reales diarios: 
no era bastante , como se comprende , para 



44 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sostener una casa abierta, por modesta que 
fuese ; así que , pasados los primeros quin- 
ce días, nuestro ciego vendió por algunos 
cuartos , muy pocos por cierto , el humilde 
ajuar de su morada, despidió á la criada y 
se fué de pupilo á una casa de huéspedes 
pagando ocho reales; los seis restantes le 
bastaban para atender á las demás necesi- 
dades. Durante algunos meses vivió el cie- 
go sin salir á la calle más que para cumplir 
su obligación; de casa á la iglesia, y de la 
iglesia á casa. La tristeza le tenía domina- 
do y abatido de tal suerte, que apenas des- 
pegaba los labios ; pasaba las horas com- 
poniendo una gran misa de réquiem que 
contaba se tocase por la caridad del párro- 
co en obsequio del alma de su difunto pa- 
dre ; y ya que no podía decirse que tenía 
los cinco sentidos puestos en su obra, por- 
que carecía de uno , sí diremos que se en- 
tregaba á ella con alma y vida. 

El cambio de ministerio le sorprendió 
cuando aún no la había terminado : no sé 
si entraron los radicales , ó los conservado- 
res, ó los constitucionales; pero entraron 
algunos nuevos. Juan no lo supo sino tar- 



AGUAS FUERTES 



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de y con daño. El nuevo gabinete , pasados 
algunos días , juzgó que Juan era un orga- 
nista peligroso para el orden público , y que 
desde lo alto del coro, en las vísperas y 
misas solemnes, roncando y zumbando 
con todos los registros del órgano, le esta- 
ba haciendo una oposición verdaderamen- 
te escandalosa. Como el ministerio entran- 
te no estaba dispuesto , según había afirma- 
do en el Congreso por boca de uno de sus 
miembros más autorizados, «á tolerar im- 
posiciones de nadie , » procedió inmediata- 
mente y con saludable energía á dejar ce- 
sante á Juan , buscándole un sustituto que 
en sus maniobras musicales ofreciese más 
garantías ó fuese más adicto á las insti- 
tuciones. Cuando le notificaron el cese, 
nuestro ciego no experimentó más emo- 
ción que la sorpresa; allá en el fondo 
casi se alegró, porque le dejaban más ho- 
ras desocupadas para concluir su misa. So- 
lamente se dio cuenta de su situación cuan- 
do al fin del mes se presentó la patrona en 
el cuarto á pedirle dinero ; no lo tenía, por- 
que ya no cobraba en la iglesia ; fué nece- 
sario que llevase á empeñar el reloj de su 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



padre para pagar la casa. Después se que- 
dó otra vez tan tranquilo y siguió traba- 
jando sin preocuparse de lo porvenir. Mas 
otra vez volvió la patrona á pedirle dinero, 
y otra vez se vio precisado á empeñar un 
objeto de la escasísima herencia paterna; 
era un anillo de diamantes. Al cabo ya no 
tuvo qué empeñar. Entonces, por conside- 
ración á su debilidad, le tuvieron algunos 
días más de cortesía, muy pocos, y des- 
pués le pusieron en la calle, gloriándose 
mucho de dejarle libre el baúl y la ropa, 
ya que con ella podían cobrarse de los po- 
cos reales que les quedaba á deber. 

Buscó una nueva casa , pero no pudo al- 
quilar piano , lo cual le causó una inmensa 
tristeza; ya no podía terminar su misa. 
Todavía fué algún tiempo á casa de un al- 
macenista amigo y tocó el piano á ratos; 
no tardó , sin embargo , en observar que se 
le iba recibiendo cada vez con menos ama- 
bilidad, y dejó de ir por allá. 

Al poco tiempo le echaron de la nueva 
casa , pero esta vez quedándose con el baúl 
en prenda. Entonces comenzó para el cie- 
go una época tan miserable y angustiosa, 



AGUAS FUERTES 



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que pocos se darán cuenta cabal de los do- 
lores, mejor aún, de los martirios que la 
suerte le deparó. Sin amigos , sin ropa, sin 
dinero , no hay duda que se pasa muy mal 
en el mundo ; mas si á esto se agrega el no 
ver la luz del sol , y hallarse por lo mismo 
absolutamente desvalido , apenas si alcan- 
zamos á divisar el límite del dolor y la mi- 
seria. Der posada en posada, arrojado de 
todas poco después de haber entrado , me- 
tiéndose en la cama para que le lavasen la 
única camisa que tenía , el calzado roto, 
los pantalones con hilachas por debajo, sin 
cortarse el pelo y sin afeitarse, rodó Juan 
por Madrid no sé cuánto tiempo. Preten- 
dió, por medio de uno de los huéspedes 
que tuvo, más compasivo que los demás, 
la plaza de pianista en un cafó. Al fin se la 
otorgaron, pero fué para despedirle á los 
pocos días : la música de Juan no agradaba 
á los parroquianos del Café de la Cebada; 
no tocaba jotas , ni polos , ni sevillanas, 
ni cosa ninguna flamenca , ni siquiera pol- 
kas; pasaba la noche interpretando sona- 
tas de Beethoven y conciertos de Chopín: 
los concurrentes se desesperaban al no 



4b 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



poder llevar el compás con las cucharillas. 

Otra vez volvió á rodar el mísero por los 
sitios más hediondos de la capital. Algún 
alma caritativa, que por casualidad se en- 
teraba de su estado, socorríale indirecta- 
mente, porque Juan se estremecía á la 
idea de pedir limosna. Comía lo preciso 
para do morirse de hambre en alguna ta- 
berna de los barrios bajos, y dórmía por 
cuatro cuartos entre mendigos y malhecho- 
res en un desván destinado á este fin. En 
cierta ocasión le robaron , mientras dormía, 
los pantalones, y le dejaron otros de dril 
remendados. Era en el mes de Noviembre. 

El pobre Juan , que siempre había guar- 
dado en el pensamiento la quimera de la 
venida de su hermano , ahogado ahora por 
la desgracia , comenzó á alimentarla con 
afán. Hizo que le escribiesen á la Habana, 
sin poner señas á la carta porque no las 
sabía ; procuró informarse si le habían vis- 
to , aunque sin resultado ; y todos los días 
se pasaba algunas horas pidiendo á Dios de 
rodillas que le trajese en su auxilio. Los 
únicos momentos felices del desdichado 
eran los que pasaba en oración en el ángu- 



AGUAS FUERTES 



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lo de alguna iglesia solitaria: oculto detrás 
de un pilar, aspirando los acres olores de 
la cera y la humedad, escuchando el chis- 
porroteo de los cirios y el leve rumor de 
las plegarias de los pocos fieles distribuidos 
por las naves del templo , su alma inocen- 
te dejaba este mundo , que tan cruelmente 
le trataba, y volaba á comunicarse con Dios 
y su Madre Santísima. Tenía la devoción 
de la Virgen profundamente arraigada en 
el corazón desde la infancia : como apenas 
había conocido á su madre , buscó por ins- 
tinto en la de Dios la protección tierna y 
amorosa que sólo la mujer puede dispensar 
al niño; había compuesto en honor suyo 
algunos himnos y plegarias , y no se dor- 
mía jamás sin besar devotamente el esca- 
pulario del Carmen que llevaba al cuello. 

Llegó un día, no obstante, en que el 
cielo y la tierra le desampararon. Arrojado 
de todas partes , sin tener un pedazo de 
pan que llevarse á la boca , ni ropa con que 
preservarse del frío, comprendió el cuitado 
con terror que se acercaba el instante de 
pedir limosna. Trabóse una lucha desespe- 
rada en el fondo de su espíritu ; el dolor y 

4 



ARMANDO PALACIO VALDES 



la vergüenza disputaron palmo á palmo el 
terreno á la necesidad ; las tinieblas que le 
rodeaban hacían aún más angustiosa esta 
batalla. Al cabo , como era de esperar, ven- 
ció el hambre. Después de pasar muchas 
horas sollozando y pidiendo fuerzas á Dios 
para soportar su desdicha, resolvióse á im- 
plorar la caridad; pero todavía quiso el in- 
feliz disfrazar la humillación , y decidió can- 
tar por las calles de noche solamente. Po- 
seía una voz regular , y conocía á la perfec- 
ción el arte del canto ; mas tropezó con la 
dificultad de no tener medio de acompa- 
ñarse. Al fin, otro desgraciado, que no lo 
era tanto como él, le facilitó una guitarra 
vieja y rota, y después de arreglarla del 
mejor modo que pudo, y después de de- 
rramar abundantes lágrimas, salió cierta 
noche de Diciembre á la calle. El corazón 
le latía fuertemente ; las piernas le tembla- 
ban; cuando quiso cantar en una de las ca- 
lles más céntricas , no pudo ; el dolor y la 
vergüenza habían formado un nudo en su 
garganta. Arrimóse á la pared de una casa, 
descansó algunos instantes, y repuesto un 
tanto , empezó á cantar la romanza de te- 



AGUAS FUERTES 



51 



ñor del primer acto de La Favorita. Lla- 
mó desde luego la atención de los tran- 
seúntes un ciego que no cantaba peteneras 
ó malagueñas, y muchos hicieron círculo 
en torno suyo, y no pocos, al observar la 
maestría con que iba venciendo las dificul- 
tades de la obra , se comunicaron en voz 
baja su sorpresa y dejaron algunos cuartos 
en el sombrero , que había colgado del bra- 
zo. Terminada la romanza , empezó el aria 
del cuarto acto de La Africana. Pero se 
había reunido demasiada gente á su alre- 
dedor, y la autoridad temió que esto fuese 
causa de algún desorden, pues era cosa 
averiguada para los agentes de orden pú- 
blico que las personas que se reúnen en la 
calle á escuchar á un ciego demuestran por 
este hecho instintos peligrosos de rebelión, 
cierta hostilidad contra las instituciones, 
una actitud , en fin , incompatible con el 
orden social y la seguridad del Estado. Por 
lo cual un guardia cogió á Juan enérgica- 
mente por el brazo y le dijo : 

—A ver ; retírese V. á su casa inmedia- 
tamente, y no se pare V. en ninguna 
calle. 



52 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Pero yo no hago daño á nadie. 

— Esta V. impidiendo el tránsito. Ade- 
lante, adelante, si no quiere V. ir á la pre- 
vención. 

Es realmente consolador el ver con qué 
esmero procura la autoridad gubernativa 
que las vías públicas se hallen siempre lim- 
pias de ciegos que canten. Y yo creo, por 
más que haya quien sostenga lo contrario, 
que si pudiese igualmente tenerlas limpias 
de ladrones y asesinos, no dejaría de ha- 
cerlo con gusto. 

Eetiróse á su zahúrda el pobre Juan, 
pesaroso, porque tenía buen corazón, de 
haber comprometido por un instante la 
paz intestina y dado pie para una inter- 
vención del poder ejecutivo. Había ganado 
cinco reales y un perro grande. Con este 
dinero comió al día siguiente, y pagó el al- 
quiler del miserable colchón de paja en que 
durmió. Por la noche tomó á salir y á can- 
tar trozos de ópera y piezas de canto : vuel- 
ta á reunirse la gente en torno suyo y vuel- 
ta á intervenir la autoridad gritándole con 
energía : — Adelante , adelante. 

¡ Pero si iba adelante no ganaba un cuar- 



AGUA.S FUERTES 



5o 



to, porque los transeúntes no podían escu- 
charle ! Sin embargo, Juan marchaba, mar- 
chaba siempre porque le estremecía , más 
que la muerte , la idea de infringir los man- 
datos de la autoridad, y turbar, aunque fue- 
se momentáneamente, el orden de su país. 

Cada noche se iban reduciendo más sus 
ganancias. Por un lado la necesidad de se- 
guir siempre adelante, y por otro la falta 
de novedad, que en España se paga siem- 
pre muy cara, le iban privando todos los 
días de algunos céntimos. Con los que traía 
para casa al retirarse apenas podía intro- 
ducir en el estómago algo para no morirse 
de hambre. Su situación era ya desespera- 
da. Sólo un punto luminoso seguía viendo 
tenazmente el desgraciado entre las tinie- 
blas de su congojoso estado: este punto 
luminoso era la llegada de su hermano San- 
tiago. Todas las noches , al salir de casa con 
la guitarra colgada del cuello , se le ocurría 
el mismo pensamiento : — «Si Santiago es- 
tuviese en Madrid y me oyese cantar , me 
conocería por la voz.» Y esta esperanza, 
mejor dicho , esta quimera , era lo único que 
le daba fuerzas para soportar la vida. 



54 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Llegó otro día , no obstante , en que la 
angustia y el dolor no conocieron límites. 
En la noche anterior no había ganado más 
que seis cuartos. ¡Había éstado tan fría! 
Como que amaneció Madrid envuelto en 
una sábana de nieve de media cuarta de 
espesor. Y todo el día siguió nevando sin 
cesar un instante , lo cual les tenía sin cui- 
dado á la mayoría de la gente , y fué moti- 
vo de regocijo para muchos aficionados á 
la estética. Los poetas que gozaban de una 
posición desahogada, muy particularmen- 
te , pasaron gran parte del día mirando caer 
los copos al través de los cristales de su 
gabinete , y meditando lindos é ingeniosos 
símiles de esos que hacen gritar ai público 
en el teatro « ¡ bravo , bravo ! » ú obligan á 
exclamar cuando se leen en un tomo de 
versos: « ¡ qué talento tiene este joven!» 

Juan no había tomado más alimento que 
una taza de café de ínfima clase y un pane- 
cillo. No pudo entretener el hambre con- 
templando la hermosura de la nieve, en 
primer lugar , porque no tenía vista ; y en 
segundo, porque aunque la tuviese, era 
difícil que al través de la reja de vidrio em- 



AGUAS FUERTES 



55 



pañada y sucia de su desván pudiera verla. 
Pasó el día acurrucado sobre el colchón, 
recordando los días de la infancia y acari- 
ciando la dulce manía de la vuelta de su 
hermano. Al llegar la noche, apretado por 
la necesidad , desfallecido , bajó á la calle á 
implorar una limosna. Ya no tenía guita- 
rra; la había vendido por tres pesetas en 
un momento parecido de apuro. 

La nieve caía con la misma constancia, 
puede decirse con el mismo encarnizamien- 
to. Las piernas le temblaban al pobre cie- 
go lo mismo que el día primero en que sa- 
lió á cantar; pero esta vez no era de ver- 
güenza, sino de hambre. Avanzó como 
pudo por las calles, enfangándose hasta 
más arriba del tobillo : su oído le decía que 
no cruzaba apenas ningún transeúnte; los 
coches no hacían ruido , y estuvo expuesto 
á ser atropellado por uno. En una de las 
calles céntricas se puso al fin á cantar el 
primer pedazo de ópera que acudió á sus 
labios : la voz salía débil y enronquecida 
de la garganta; nadie se acercaba á él ni 
siquiera por curiosidad. «Vamos á otra 
parte,» se dijo, y bajó por la Carrera de 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



San Jerónimo, caminando torpemente so- 
bre la nieve, cubierto ya de un blanco cen- 
dal y con los pies chapoteando agua. El 
frío se le iba metiendo por los huesos; el 
hambre le producía un fuerte dolor en el 
estómago. Llegó un momento en que el 
frío y el dolor le apretaron tanto , que se 
sintió casi desvanecido , creyó morir , y ele- 
vando el espíritu á la Virgen del Carmen, 
su protectora, exclamó con voz acongoja- 
da: « ¡ Madre mía , socórreme ! » Y después 
de pronunciar estas palabras , se sintió un 
poco mejor y marchó , ó más propiamente, 
se arrastró hasta la plaza de las Cortes : allí 
se arrimó á la columna de un farol, y, to- 
davía bajo la impresión del socorro de la 
Virgen, comenzó á cantar el Ave María, 
de Gounod, una melodía á la cual siempre 
había tenido mucha afición. Pero nadie se 
acercaba tampoco. Los habitantes de la 
villa estaban todos recogidos en los cafés 
y teatros , ó bien en sus hogares haciendo 
bailar á sus hijos sobre las rodillas al amor 
de la lumbre. Seguía cayendo la nieve pau- 
sada y copiosamente, decidida á prestar 
asunto al día siguiente á todos los reviste- 



AGUAS FUERTES 



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ros de periódicos para encantar á sus afi- 
cionados con una docena de frases delica- 
das. Los transeúntes que casualmente cru- 
zaban lo hacían apresuradamente, arrebu- 
jados en sus capas y tapándose con el pa- 
raguas. Los faroles se habían puesto el go- 
rro blanco de dormir, y dejaban escapar 
melancólica claridad. No se oía ruido algu- 
no si no era el rumor vago y lejano de los 
coches, y el caer incesante de los copos 
como un crujido levísimo y prolongado de 
sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el 
silencio de la noche saludando á la Madre' 
de los Desamparados. Y su canto, más que 
himno de salutación , parecía un grito de 
congoja algunas veces ; otras , un gemido 
triste y resignado que helaba el corazón 
más que el frío de la nieve. 

En vano clamó el ciego largo rato pi- 
diendo favor al cielo; en vano repitió el 
dulce nombre de María un sinnúmero de 
veces, acomodándolo á los diversos tonos 
de la melodía. El cielo y la Virgen estaban 
lejos, al parecer, y no le oyeron; los veci- 
nos de la plaza estaban cerca , pero no qui- 
sieron oirle. Nadie bajó á recogerlo; nin- 



58 



ARMANDO PALACIO VALDES 



gún balcón se abrió siquiera para dejar 
caer sobre él una moneda de cobre. Los 
transeúntes , como si viniesen perseguidos 
de cerca por la pulmonía , no osaban dete- 
nerse. 

Al fin ya no pudo cantar más : la voz es- 
piraba en la garganta; las piernas se le do- 
blaban ; iba perdiendo la sensibilidad en las 
manos. Dio algunos pasos y se sentó en la 
acera al pie de la verja que rodea el jardín. 
Apoyó los codos en las rodillas y metió la 
cabeza entre las manos. Y pensó vagamen- 
te en que había llegado el último instante 
de su vida; y volvió á rezar fervorosamente 
implorando la misericordia divina. 

Al cabo de un rato percibió que un tran- 
seúnte se paraba delante de él y se sintió 
cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y 
sospechando que sería lo de siempre , pre- 
guntó tímidamente : 

— ¿Es V. algún guardia? 

— No soy ningún guardia — repuso el 
transeúnte, — pero levántese V. 

— Apenas puedo, caballero. 

— ¿Tiene V. mucho frió? 

— Sí, señor. . , y además no he comido hoy. 



AGUAS FUERTES 



59 



— Entonces, yo le ayudaré... vamos... 
¡ arriba ! 

El caballero cogió á Juan por los brazos 
y le puso en pie; era un hombre vigoroso. 

— Ahora apóyese V. bien en mí y va- 
mos á ver si hallamos un coche. 

— ¿Pero dónde me lleva V.? 

— A ningún sitio malo ¿tiene V. miedo? 

— ¡Ah! no: el corazón me dice que es 
V. una persona caritativa. 

— Vamos andando... á ver si llegamos 
pronto á casa para que V. se seque y tome 
algo caliente. 

— Dios se lo pagará á V. caballero... la 
Virgen se lo pagará... Creí que iba á mo- 
rirme en ese sitio. 

— Nada de morirse... no hable V. de eso 
ya. Lo que importa ahora es dar pronto 
con un simón... Vamos adelante... ¿qué es 
eso; tropieza V.? 

— Sí, señor; creo que he dado contra la 
columna de un farol... ¡Como soy ciego! 

— ¿Es V. ciego? — preguntó vivamente 
el desconocido. 

— Sí, señor. 

— ¿Desde cuándo? 



co 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Desde que nací. 

Juan sintió estremecerse el brazo de su 
protector; y siguieron caminando en silen- 
cio. Al cabo éste se detuvo un instante y 
le preguntó con voz alterada. 

— ¿Cómo se llama V.? 

— Juan. 

— ¿Juan qué? 

— Juan Martínez. 

— Su padre de V. Manuel, ¿verdad? mú- 
sico mayor del tercero de artillería ¿no es 
cierto? 

— Sí, señor. 

En el mismo instante el ciego se sintió 
apretado fuertemente por unos brazos vi- 
gorosos que casi le asfixiaron y escuchó en 
en su oído una voz temblorosa que ex- 
clamó: 

— ¡Dics mío, qué horror y qué felicidad! 
Soy un criminal, soy tu hermano San- 
tiago. 

Y los dos hermanos quedaron abraza- 
dos y sollozando algunos minutos en me- 
dio de la calle. La nieve caía sobre ellos 
dulcemente. 

Santiago se desprendió bruscamente de 



AGUAS FUERTES 



01 



los brazos de su hermano y comenzó á gri- 
tar salpicando sus palabras con fuertes in- 
terjecciones: 

— ¡ Un coche , un coche ! ¿no hay un co- 
che por ahí?... ¡maldita sea mi suerte! Va- 
mos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegare- 
saos pronto al puesto... ¿Pero señor, dón- 
de se meten los coches...? Ni uno sólo cru- 
za por aquí... Allá lejos veo uno... ¡gracias 
á Dios!... ¡ Se aleja el maldito!... Aquí está 
otro... éste ya es mío. A ver cochero... cin- 
co duros si V. nos lleva volando al hotel 
número diez de la Castellana... 

Y cogiendo á su hermano en brazos co- 
mo si fuera un chico lo metió en el coche 
y detrás se introdujo él. El cochero arreó 
á la bestia y el carruaje se deslizó veloz- 
mente y sin ruido sobre la nieve. Mien- 
tras caminaban , Santiago teniendo siem- 
pre abrazado al pobre ciego, le contó rápi- 
damente su vida. No había estado en Cu- 
ba, sino en Costa Eica, donde juntó una 
respetable fortuna; pero había pasado mu- 
chos años en el campo, sin comunicación 
apenas con Europa; escribió tres ó cuatro 
veces por medio de los barcos que trafica- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



ban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. 
Y siempre pensando en tornar á España 
al año siguiente, dejó de hacer averigua- 
ciones proponiéndose darles una agradable 
sorpresa. Después se casó y este aconteci- 
miento retardó mucho su vuelta. Pero ha- 
cia cuatro meses que estaba en Madrid, 
donde supo por el registro parroquial que 
su padre habia muerto ; de Juan le dieron 
noticias vagas y contradictorias: unos le 
dijeron que se había muerto también; 
otros que reducido á la última miseria, 
había ido por el mundo cantando y tocan- 
Jo la guitarra. Fueron inútiles cuantas 
gestiones hizo para averiguar su paradero. 
Afortunadamente la Providencia se encar- 
gó de llevarlo á sus brazos. Santiago reía • 
unas veces, lloraba otras mostrando siem- 
pre el carácter franco, generoso y jovial 
de cuando niño. 

Paró el coche al fin. Un criado vino á 
abrir la portezuela. Llevaron á Juan casi 
en volandas hasta su casa. Al entrar perci- 
bió una temperatura tibia, el aroma de 
bienestar que esparce la riqueza: los pies 
se le hundían en mullida alfombra; por 



AGUAS FUERTES 



03 



orden de Santiago dos criados le despoja- 
ron inmediatamente de sus harapos empa- 
pados de agua y le pusieron ropa limpia y 
de abrigo. En seguida le sirvieron en el 
mismo gabinete, donde ardía un fuego de- 
licioso, una taza de caldo confortador y 
después algunas viandas, aunque con la 
debida cautela, por la flojedad en que de- 
bía hallarse su estómago: subieron además 
de la bodega el vino más exquisito y añejo. 
Santiago no dejaba de moverse, dictando 
las órdenes oportunas, acercándose á cada 
instante al ciego para preguntarle con an- 
siedad: 

— ¿Cómo te encuentras ahora, Juan?— 
¿Estas bien? — ¿Quieres otro vino?— ¿Ne- 
cesitas más ropa? 

Terminada la refacción se quedaron am- 
bos algunos momentos al lado de la chi- 
menea. Santiago preguntó á un criado si 
la señora y los niños estaban ya acosta- 
dos y habiéndole respondido afirmativa- 
mente, dijo á su hermano rebosando de ale- 
gría: 

— ¿Tú no tocas el piano? 
— Sí. 



04 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Pues vamos á dar un susto á mi mu- 
jer y á mis hijos. Vén al salón. 

Y le condujo hasta sentarle delante del 
piano. Después levantó la tapa para que se 
oyera mejor, abrió con cuidado las puertas 
y ejecutó todas las maniobras conducentes 
á producir una sorpresa en la casa; pero 
todo ello con tal esmero, andando sobre 
la punta de los pies, hablando en falsete y 
haciendo tantas y tan graciosas muecas, 
que Juan al notarlo no pudo menos de 
reírse exclamando : ¡ Siempre el mismo 
Santiago! 

— Ahora toca Juanillo , toca con todas 
tus fuerzas. 

El ciego comenzó á ejecutar una marcha 
guerrera. El silencioso hotel se estremeció 
de pronto, como una caja de música cuan- 
do se la da cuerda. Las notas se atropella- 
ban al salir del piano, pero siempre con 
ritmo belicoso. Santiago exclamaba de vez 
en cuando: 

— ¡ Más fuerte , Juanillo , más fuerte ! 

Y el ciego golpeaba el teclado , cada vez 
con mayor brío. 

— Ya veo á mi mujer detrás de las cor- 



AGUAS FUERTES 



65 



tinas... ¡adelante, Juanilllo, adelante!... 
Está la pobre en camisa... ji... ji... me ha- 
go como que no la veo... se va á creer que 
estoy loco... ¡ji ji!... ¡adelante, Juanillo, 
adelante! 

Juan obedecía á su hermano, aunque 
sin gusto ya , porque deseaba conocer á su 
cuñada y besar á sus sobrinos. 

— Ahora veo á mi hija Manolita, que 
también sale en camisa... ¡Calle, también 
se ha despertado Paquito!... ¡No te he di- 
cho que todos iban á recibir un susto!... 
Pero se van á constipar si andan de ese 
modo más tiempo... No toques más Juan, 
no toques más. 

Cesó el estrépito infernal. 

— Vamos, Adela, Manolito, Paquito, 
abrigaos un poco y venid á dar un abrazo 
á mi hermano Juan. Este es Juan de quien 
tanto os he hablado , á quien acabo de en- 
contrar en la calle á punto de morirse 
helado entre la nieve... ¡Vamos, vestios 
pronto ! 

La noble familia de Santiago vino in- 
mediatamente á abrazar al pobre ciego. 
La voz de la esposa era dulce y armoniosa: 

5 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Juan creía escuchar la de la Virgen: notó 
que lloraba cuando su marido relató de 
qué modo le había encontrado. Y todavía 
quiso añadir más cuidados á los de Santia- 
go : mandó traer un calorífero y ella mis- 
ma se lo puso debajo de los pies; después 
le envolvió las piernas en una manta y le 
puso en la cabeza una gorra de terciopelo. 
Los niños revoloteaban en torno de la bu- 
taca, acariciándole y dejándose acariciar 
de su tío. Todos escucharon en silencio y 
embargados por la emoción , el breve rela- 
to que de sus desgracias les hizo. Santiago 
se golpeaba la cabeza : su esposa lloraba: 
los chicos atónitos le decían estrechándole 
la mano: ¿No volverás á tener hambre ni 
á salir á la calle sin paraguas, verdad tii- 
to?... yo no quiero, Manolita no quiere 
tampoco... ni papá, ni mamá. 

— ¡A que no le das tu cama, Paquito! 
— dijo Santiago, pasando á la alegría in- 
mediatamente. 

— ¡Si no quepe en ella, papá ! En la sa- 
la hay otra muy grande, muy grande, muy 
grande... 

— No quiero cama ahora, — interrum- 



AGUAS FUERTES 



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pió Juan... ¡me encuentro tan bien aquí! 

— ¿Te duele el estómago como antes? — 
preguntó Manolita abrazándole y besán- 
dole. 

— No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no 
me duele nada... soy muy feliz... lo único 
que tengo es sueño... se me cierran los ojos 
sin poderlo remediar... 

— Pues por nosotros no dejes de dormir, 
Juan, — dijo Santiago. 

— Sí, tiito, duerme, duerme — dijeron 
á un tiempo Manolita y Paquito echándo- 
le los brazos al cuello y cubriéndole de ca- 
ricias... 



Y se durmió en efecto. Y despertó en el 
cielo. 

Al amanecer del día siguiente, un agen- 
te de orden público tropezó con su cadáver 
entre la nieve. El médico de la casa de so- 
corro certificó que había muerto por la 
congelación de la sangre. 

— Mira, Jiménez — dijo un guardia de 
los que le habían llevado á su compañero. 

— ¡ Parece que se está riendo ! 



LA ACADEMIA 

DE JURISPRUDENCIA 




¡o todos los transeúntes de la calle 
de la Montera saben que en el nú- 
mero 22 , cuarto bajo , se encuentra 
establecida, desde algunos años hace, la 
Academia de Jurisprudencia (1). La ma- 
yoría de los ciudadanos que van ó vienen 
de la Puerta del Sol pasan por delante del 
largo portal de la casa sin sospechar que 
dentro de ella discútense los más caros in- 
tereses de su vida, la religión, la propiedad 
y la familia , todo lo que se halla bajo la 



( 1 ) Se encontraba cuando el autor escribía estos 
renglones: posteriormente se ha trasladado á otro 
sitio. 



70 



ARMANDO PALACIO VALDKS 



salvaguardia vigilante del Sr. Perier , direc- 
tor propietario de La Defensa de la Socie- 
dad. Si tuviesen el humor de entrar , vieran 
quizá colgado de la pared en dicho portal 
un cuadrito donde en letras gordas se dice: 
No hay sesión , ó bien El miércoles conti- 
nuará la discusión de la memoria del señor 
Martínez sobre el derecho de acrecer : tienen 
pedida la palabra en pro los Sres. Pérez, 
Fernández y Gutiérrez , y en contra los se- 
ñores López , González y 'Rodríguez. El te- 
ma es por cierto asaz importante, y los 
nombres de los oradores demasiado cono- 
cidos del público para que cualquier ciuda- 
dano no entre en apetito de presenciar este 
debate. Restregándome, pues, las manos 
y gustando anticipadamente con la imagi- 
nación sus ruidosas peripecias , tengo sali- 
do muchas veces diciendo : No faltaré , no 
faltaré. 

Llega la noche señalada, empujo la 
mampara de la Academia y penetro en el 
salón de sesiones. Una muchedumbre de 
trece á quince personas invade el local des- 
tinado al público. Los académicos suelen 
estar aún en mayor número, llegando al 



AGUAS FUERTES 



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gunas veces á ocupar casi todos los bancos 
delanteros. Pérez ha comenzado ya su dis- 
curso. El celebrado orador que La Corres- 
pondencia de España ha llamado magistral 
en más de una ocasión, por más que no 
haya logrado prebenda en ninguna basíli- 
ca, podrá tener, á juzgar por su fisonomía, 
unos nueve años de edad. Es medianamen- 
te alto, delgado, de ojos pequeños é in- 
quietos, y un poco desgalichado: su rostro 
ofrece el sello de meditación y tristeza que 
comunica una vida consagrada casi por en- 
tero al estudio de los árduos problemas de 
la Filosofía. Principia siempre á hablar con 
cierto desdén altanero, y su palabra en los 
primeros momentos es perezosa y torpe; 
parece que está distraído como si le arran- 
casen de improviso al mundo de reflexio- 
nes sabias y profundas donde habita á la 
continua. Mas á medida que el tiempo 
trascurre y el asunto penetra en él , toma 
calor y su discurso adquiere un brío extra- 
ordinario.. 

El asunto que ahora se discute es de in- 
terés palpitante. Se trata de saber si la ley 
de Partida que regula el derecho de acrecer 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



se refiere únicamente á las mandas ó lega- 
dos , ó debe aplicarse también á las heren- 
cias. Pérez, demostrando su destreza en' 
esta clase de debates, comienza á cimentar 
su discurso sobre bases sólidas. Empieza 
estudiando detenidamente al hombre en su 
doble naturaleza física y moral, internán- 
dose con paso firme en el campo de la An- 
tropología. Su talento esencialmente ana- 
lítico va arrancando á la materia las secre- 
tas leyes por que se rige , y más tarde al 
espíritu los vagos y complejos impulsos que 
le animan. Combate ruda pero severamen- 
te la teoría de Darwin sobre el origen de 
las especies, y demuestra con gran copia 
de datos y razones , que la humanidad no 
es el coronamiento del proceso animal , por 
más que rechace igualmente la procedencia 
de una sola pareja. Con este motivo, exa- 
mina las contradicciones entre la Biblia y 
la ciencia, y expone clara y sucintamente 
el modo de resolverlas. Pasa después al es- 
tudio de la pre-historia , y rápidamente 
analiza las últimas teorías, declarándose 
franco y resuelto partidario de la existen- 
cia del hombre en el terreno terciario. 



AGUAS FUERTES 



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«Ninguno más reservado y más cauto 
que yo (dice con solemnidad) cuando se 
trata de aceptar una teoría peregrina sobre 
problemas tan oscuros é inaccesibles , pero 
todo el mundo está obligado á rendirse an- 
te la evidencia. Mi esclarecido amigo el se- 
ñor Fernández ha tenido la fortuna de en- 
contrar este verano en una gruta de su pro- 
vincia , é incrustada entre rocas de granito 
de carácter terciario, una taza... 

(Fernández , levantándose á medias del 
asiento ) : — Una vinagrera. 

Pérez: — Entendía que era una tázalo 
que había hallado su señoría; pero este 
cambio corrobora aún mejor la doctrina 
que estoy -exponiendo. La fabricación y el 
uso de esta clase de artefactos, lo mismo 
de las tazas qae de las vinagreras (singu- 
larmente de las vinagreras) manifiesta y 
declara la existencia del hombre en dicho 
terreno, y supone además en él un cierto 
grado de cultura nada compatible en ver- 
dad con el embrutecimiento á que lo con- 
denan las teorías de la escuela materia- 
lista ». 

El orador da fin á su discurso con una 



74 



ARMANDO PALACIO VALDES 



historia tan concienzuda como brillante 
del derecho de propiedad. 

Por indisposición del Sr. López , que era 
el encargado de contestar al discurso del 
Sr. Pérez, se levanta á hablar el Sr. Gon- 
zález. Es hombre más entrado en días que 
su contrincante : representa bien unos doce 
años, y tiene fisonomía dulce, apacible y 
ruborosa donde se refleja un alma creyente 
y sumisa. 

«Todos nosotros reconocemos (comien- 
za á decir con voz suave de contralto , muy 
semejante á la de los niños de coro) , y con 
nosotros cuantos siguen el movimiento in- 
telectual contemporáneo, todos reconoce- 
mos en mi ilustre amigo el Sr. Pérez una 
erudición inmensa dichosamente unida á 
una inteligencia poderosa y perspicua que 
se apodera de las ideas y se enseñorea de 
ellas sometiéndolas á un análisis seguro y 
minucioso , bien así como el águila cae de 
súbito sobre su presa, la coge entre sus ga- 
rras y asciende con ella por los espacios, 
arrastrándola á regiones desconocidas don- 
de con el ensangrentado pico se entretie- 
ne en explorar sus entrañas palpitantes... 



AGUAS FUERTES 



75 



( ¡ Bravo ! ¡ Bravo ! Las miradas del públi- 
co se fijan sobre Pérez, que en aquel mo- 
mento toma notas). 

»Pero ¡ah, señores! el eminente orador 
que me ha precedido en el uso de la pala- 
bra, impulsado por su temperamento ana- 
lítico , por la sed ardiente de conocimien- 
tos que le devora, abandona las consolado- 
ras creencias del cristianismo , en que se 
ha educado , y marcha resueltamente por 
la senda del libre examen , sin sospechar 
los riesgos que corre su noble espíritu ; de 
la misma suerte que el niño , persiguiendo 
por el campo á la mariposa irisada , no ve 
el abismo que se abre á sus pies y amenaza 
sepultarle... ( Prolongados aplausos ). 

Continúa el orador describiendo con 
rasgos magistrales el carácter de Pérez, y 
pasa después á lamentarse con acento pa- 
tético de que aquél no crea en la proceden- 
cia del género humano de una sola pareja. 
Con este motivo , hace una pintura acaba- 
da y elocuente del paraíso terrenal, y des- 
cribe á nuestros primeros padres en el es- 
tado de inocencia, entreteniéndose sobre 
todo á dibujar con amor y cuidado la figu- 



76 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ra esbelta, graciosa, Cándida é incitante á 
la vez de la madre Eva , de tal modo , que 
provoca en la juventud que le escucha en- 
tusiásticos y fervorosos aplausos. 

Traza después á grandes pinceladas la 
historia de los primeros tiempos de la hu- 
manidad , y afirma que la verdadera civili- 
zación tiene su origen en el cristianismo. 
( El Sr. Gutiérrez pide la palabra con voz 
irritada y estentórea. Grande ansiedad en 
la media docena de circunstantes que han 
quedado en el público ). 

Terminado el discurso , rectifica breve- 
mente Pérez , y acto continuo el presiden- 
te concede la palabra á Gutiérrez , que con 
el rostro encendido , las manos trémulas y 
los ojos inyectados, comienza á gritar más 
que á decir su oración. 

« Señores académicos — exclama : — No 
es el cristianismo, no, como acabáis de 
oir, el que ha engendrado nuestra civiliza- 
ción. Todo lo contrario. El cristianismo ha 
sido, es y será mientras exista, la rémora 
constante del progreso de los pueblos. Hace 
mil ochocientos y tantos años que un judío 
exaltado... 



AGUAS FUERTES 



77 



( El presidente , haciendo sonar la cam- 
panilla ) : — La Mesa suplica al Sr. Gutié- 
rrez que procure no herir el sentimiento re- 
ligioso de la asamblea. 

« Señor presidente , ha llegado la hora de 
las grandes verdades. Vosotros venís de los 
templos , de los salones , de las universida- 
des... Yo vengo de la calle... Y vosotros no 
sabéis lo que pasa en la calle... Yo lo sé... 
Por eso os digo que viváis alerta. La pa- 
ciencia, una paciencia que ha durado mu- 
chos siglos, está ya á punto de agotarse. 
Nos hemos contado y os hemos contado 
también. Mañana, cuando más descuida- 
dos estéis, tal vez vengamos á arrojaros de 
aquí. Los hombres de la calle, como un to- 
rrente que se desata , como una inmensa y 
terrible avenida... 

El presidente : — La Mesa no puede per- 
mitir que el Sr. Gutiérrez siga hablando de 
ese modo. 

(Algunas voces: Muy bien, muy bien. 
Otras : Que siga, que siga ) . 

«Señor presidente, creo estar en mi per- 
fecto derecho al hablar de la avenida que 
se precipita... 



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ARMANDO PALACIO VAL DES 



El presidente : — Su señoría no puede ha- 
blar de la avenida... 

(Muy bien, muy bien. Una voz: Fuera 
el presidente. Terrible confusión en el pú- 
blico. Cuatro espectadores baten palmas á 
la presidencia. Dos gritan: Que siga, que 
siga. Los académicos se hablan al oído, 
aconsejando moderación é imparcialidad). 

Gutiérrez , con amargura : — Señor presi- 
dente , veo con claridad que aquí , como en 
la calle ; no se respeta la justicia. Eenuncio 
al uso de la palabra... Antes de sentarme, 
sin embargo, os diré que, aunque vosotros 
no la veáis , la avenida sube , sube , y con- 
cluirá por ahogaros. 

( Indescriptible confusión. Dos espectado- 
res apostrofan duramente al orador. Algu- 
nos académicos tratan de imponerles silen- 
cio. El presidente rompe la campanilla. Gu- 
tiérrez pasea miradas insolentes y sarcásto- 
cas por el concurso ). 

El presidente , logrando hacerse oir: — Su 
señoría puede hacer lo que guste, pero cons- 
te que la Mesa no le retira 1 a palabra. El miér- 
coles próximo continuará la discusión sobre 
el derecho de acrecer. Se levanta la sesión. 



II 



La vida pública de la Academia de Ju- 
risprudencia no se resume en los debates 
como el que acabamos de presenciar. Hay 
en su organización ó vida interna ciertos 
mecanismos que tocan, ó por mejor decir, 
entran de lleno en los dominios del dere- 
cho político y aun en el natural, ó sea el 
que la naturaleza enseñó lo mismo á los 
hombres que á los animales : quod natura 
omnia animalia docuit. Me refiero á las 
elecciones. 

Cuando entramos en el salón de sesiones 
y vemos al lado del presidente á un joven 
decentemente vestido que en ciertas oca- 
siones lee con voz trémula y conmovida el 
resumen de los gastos y los ingresos, ape- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



ñas fijamos nuestra atención en él. ¡Y no 
obstante, ese joven es el Secretario! ¡El 
Secretario! ¡Cuán poco nos figuramos lo 
que significa esta palabra! 

Asistid como yo he asistido á una elec- 
ción de Secretario en la Academia de Ju- 
risprudencia , y mediréis su extensión. Al 
solo anuncio de las elecciones , conmuévese 
hondamente aquel respetable cuerpo jurí- 
dico, preparándose á una terrible y dolo- 
rosa crisis. La chispa de la ambición co- 
munica instantáneamente el fuego á todos 
los corazones, y como sucede siempre en 
las grandes perturbaciones sociales, los 
sórdidos intereses , las pasiones bastardas, 
los rencores , las miserias , todo el fango del 
espíritu , en una palabra , asciende á la su- 
perficie y enturbia por un instante la pu- 
reza de la docta Corporación. Mas en me- 
dio de este revuelto mar de apetitos y tor- 
pes deseos suelen flotar también , digámos- 
lo en honor de los jóvenes jurisconsultos 
españoles, nobles y legítimas ambiciones y 
rasgos de conmovedora mo'destia. 

He conocido un joven á quien una Co- 
misión salida del seno de la Academia pasó 



AGUAS FUERTES 



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á ofrecer en su misma casa el puesto de Se- 
cretario con el objeto de apagar una quere- 
lla suscitada entre dos enconados é igual- 
mente poderosos adversarios. Aquel joven 
esclarecido, dando á la historia el mismo 
ejemplo de modestia y generosidad que el 
rey Wamba, se negó terminantemente á 
aceptar los honores que le ofrecían. 

Este ejemplo, por desgracia, no ha te- 
nido imitadores. Las dulzuras del poder 
excitan demasiadamente el paladar de los 
jóvenes académicos para que nadie piense 
en rechazarlas. Antes al contrario , se em- 
plean para conseguirlas todos los medios 
que la inteligencia despierta de los socios, 
encendida por el deseo, les sugiere. ¡Qué 
de intrigas espantables y tenebrosas ! ¡ Qué 
de crueles asechanzas! ¡Cuántas palabras 
pérfidas! ¡Cuántas sonrisas traidoras! El 
espíritu se estremece y los cabellos se eri- 
zan al acercarse á este hervidero de las pa- 
siones humanas. 

Ni tampoco faltan los arranques bruta- 
les de la fuerza, ó sean las coacciones es- 
candalosas , como se dice en términos téc- 
nicos. A este propósito se citan en la Aca- 

6 



82 



armando Palacio valdes 



demia algunos hechos que , por su grave- 
dad y por las tristísimas circunstancias de 
que se hallan rodeados , conturban y aba- 
ten el ánimo. Se dice, por ejemplo, que en 
cierta ocasión el bibliotecario , Sr. Torres 
Campos, obstruyó con su persona uno de 
los pasillos del local para que sus contra- 
rios no pudiesen ir á depositar el voto en 
la urna. Yo nunca he creído semejante 
especie. Conozco muy bien al distinguido 
bibliotecario , y aunque le considero con 
facultades para obstruir cualquier pasillo, 
no creo que jamás haya puesto sus felices 
condiciones físicas al servicio de una tan 
flagrante injusticia. De todas suertes, es 
bueno, sin embargo, dejar apuntado que 
he visto á algunos académicos calificar su 
legítima influencia en la Corporación de 
«funesta é insufrible tiranía». 

Hay , no obstante, jóvenes privilegiados, 
favorecidos por la Providencia con dotes 
excepcionales que alcanzan los más altos 
puestos sin lucha , sin esfuerzo y sin peli- 
gro. Desde el instante en que uno de estos 
jóvenes pisa los umbrales de la Academia, 
sus compañeros , como si viesen en él un 



AGUAS FUERTES 



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sér superior enviado del cielo, se apresu- 
ran á allanarle los obstáculos y á sembrar 
de flores su camino. Cesan las envidiosas 
maquinaciones, se apagan los rencores, 
cálmanse momentáneamente las encrespa- 
das olas, y el joven providencial marcha 
triunfante, bañado por el sol de la gloria, 
libre y desembarazado , á la codiciada si- 
lla de Secretario, donde se sienta, como 
los emperadores bárbaros, por derecho 
propio. Tal ha sido la historia de mi dis- 
tinguido amigo el Sr. Macaya y de algunos 
otros, aunque muy escasos, jóvenes. 

A más del cargo supremo de Secretario 
( pues el de Presidente se ha convenido en 
cederlo á la política), hay otros puestos 
que excitan también la concupiscencia de 
los socios , que son los de presidentes y vi- 
cepresidentes de las secciones. La elección 
de éstos , auijque no ofrece la honda per- 
turbación que la de Secretario , no por eso 
deja de ser interesante y sembrada de peri- 
pecias. Algunos meses antes del día seña- 
lado para la elección empiezan á echarse á 
volar algunos nombres sobre los cuales se 
levanta viva é incesante discusión. Examí- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



nanse los antecedentes del candidato, es- 
túdianse detenidamente las fases de su ta- 
lento , aquilátanse sus méritos , y última- 
mente recae en él la sentencia que le eleva 
ó le confunde , expresada siempre en estos 
sacramentales términos: «Tiene talla» ó 
«No tiene talla». Hay cabildeos infinitos, 
combinaciones, arreglos amistosos, brus- 
cos desabrimientos , transacciones, se im- 
primen varias candidaturas ( lo cual suele 
costar dinero á las familias ) , se traen á la 
palestra tarjetas del Presidente del Conse- 
jo de ministros y del Cardenal Arzobispo 
de Toledo , intervienen algunas damas de 
la nobleza y se dan algunas bofetadas. 

En cierta ocasión he asistido con un 
amigo á estas reñidas elecciones. Mi amigo 
no se presentaba candidato , mas sin saber 
por qué ni cómo , quizá para dar en la ca- 
beza á algún ambicioso , lo cierto es que al 
efectuarse el escrutinio, mi amigo salió 
nombrado presidente de la sección de de- 
recho canónico. Su alegría y sorpresa fue- 
ron tan grandes , que estuvo á punto de 
caer desmayado en mis brazos. Salimos del 
local , y en la calle me abrazó repetidas ve- 



AGUAS FUERTES 



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ees, me habló de su porvenir y me comu- 
nicó en secreto que ahora pensaba dirigir 
sus tiros al puesto de Secretario , se enter- 
neció refiriéndome su primera y única aven- 
tura amorosa, y concluyó por cantar á me- 
dia voz la Marsellesa (había sido elegido 
por el elemento liberal de la corporación). 
Al tirar de la campanilla de su casa , y al 
preguntar la criada ¿quién es? exclamó fue- 
ra de sí: «¡Abre, muchacha, que tienes á 
tu amo Presidente de la Academia de Ju- 
risprudencia! » 

¡Noble y gloriosa emulación la que se 
establece en esta ilustre sociedad! ¡Qué 
importa que esta emulación vaya mancha- 
da en algunos casos por el fango de las ma- 
las pasiones! Las malas pasiones son un 
poderoso auxiliar en la carrera que la ju- 
ventud de la Academia ha emprendido , ó 
como decía cierto subsecretario amigo mío, 
«en la política es necesario tener algunas 
onzas de mala sangre.» Consuela y ensan- 
cha el ánimo un espectáculo semejante. Los 
verjeles de la política española tienen un vi- 
vero en la Academia de Jurisprudencia. De 
allí se trasplantan los caballeros de Isabel 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



la Católica y los jefes superiores de admi- 
nistración encargados de la gestión de nues- 
tros intereses. Actualmente existen ¡loado 
sea Dios ! dentro de la respetable Corpora- 
ción que hemos tratado de describir á gran- 
des rasgos, tres Venancios González en 
agraz , cinco Camachos y un Posada He- 
rrera. Pueden dormir tranquilos , pues, 
nuestros labradores , industriales y comer- 
ciantes. Si alguna vez se les ocurre entrar 
en el número 22 de la calle de la Montera, 
cuarto bajo, contemplarán con lágrimas de 
enternecimiento un enjambre de inocentes 
y juguetones cachorrillos adiestrándose pa- 
ra meterlos mañana ú otro dia en la cárcel 
cuando voten á un candidato de oposición, 
impedir que se reúnan con sus amigos, y 
subirles discretamente las contribuciones. 



EL HOMBRE 

DE LOS PATÍBULOS 



ace cosa de tres ó cuatro años tuve 
la infame curiosidad de ir al Cam- 
po de Guardias á presenciar la eje- 
cución de dos reos. El afán de verlo todo 
y vivirlo todo, como dicen los krausistas, 
me arrastró hacia aquel sitio, venciendo 
una repugnancia que parecia invencible, y 
los serios escrúpulos de la conciencia. Por 
aquel tiempo pensaba dedicarme á la no- 
vela realista. 

Eran las siete de la mañana. La Puerta 
del Sol y la calle de la Montera estaban 
cuajadas de gente. Habia llovido por la no- 
che , y el cielo , plomizo , tocaba casi en la 




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ARMANDO PALACIO VALDES 



veleta del Principal. La atmósfera, impreg- 
nada de vapor acuoso , y el suelo cubierto 
de lodo. La muchedumbre levantaba ince- 
sante y áspero rumor , sobre el cual se al- 
zaban los gritos de los pregoneros anun- 
ciando «la salve que cantan los presos á 
los reos que están en capilla», y «el extra- 
ordinario de La Correspondencia. » Una fila 
de carruajes marchaba lentamente hacia la 
Red de San Luis. Los cocheros, arrebuja- 
dos en sus capotes raídos , se balanceaban 
perezosamente sobre los pescantes. Otra 
fila de ómnibus , con las portezuelas abier- 
tas, convidaba á los curiosos á subir. Los 
cocheros nos animaban con voces descom- 
pasadas. Uno de ellos gritaba al pie de su 
carruaje : 

— ¡Eh, eh! ¡al patíbulo! ¡dos reales al 
patíbulo ! 

Me sentía aturdido, y empecé á subir 
por la calle de la Montera, empujado por 
la ola de la multitud. Los pies chapotea- 
ban asquerosamente en el fango. ¡ Cosa 
rara ! en vez de pensar en la lúgubre esce- 
na que me aguardaba, iba tenazmente pre- 
ocupado por el lodo. Había oído decir á un 



AGUAS FUERTES 



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magistrado , no hacía mucho tiempo , que 
el barro de Madrid quemaba y destruía la 
ropa como un corrosivo , lo cual tenía su 
explicación en la piedra del pavimento, 
por regla general caliza. « ¡ Buenos me voy 
á poner los pantalones ! » iba diciendo para 
mis adentros, con acento doloroso. 

La muchedumbre ascendía con lento 
paso. El que bajase á la Puerta del Sol en 
aquel instante y fuese examinando los ros- 
tros de los que subíamos, si no tuviera 
otros datos, no sospecharía ciertamente á 
qué lugar siniestro nos dirigíamos. Las fiso- 
nomías no expresaban ni dolor , ni zozobra, 
ni preocupación siquiera. Marchábamos to- 
dos con la indiferencia estúpida de un pue- 
blo trashumante que va á establecerse á 
otra comarca. Los que llevaban compañía, 
charlaban; los que iban solos, echaban 
pestes de vez en cuando, entre dientes, 
contra el barro. Sólo el cielo mostraba un 
semblante sombrío y melancólico , adecua- 
do á las circunstancias. 

Recorrimos la calle de Hortaleza , y al 
llegar cerca del Saladero hallamos un gran 
montón de gente que invadía los alrededo- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



res y que nos detuvo. La muchedumbre 
hormigueaba delante del sucio y repugnan- 
te edificio en espera de algo ; ¡ un algo bien 
espantoso por cierto! Yo fui á engrosar 
aquel gran montón, como una gota de 
agua que cae en el mar. Allí los rostros ya 
expresaban algo : la impaciencia. Me pare- 
ce excusado decir que era plebe la inmensa 
mayoría de los circunstantes, porque la 
plebe es la que particularmente se siente 
atraída hacia los espectáculos cruentos. No 
obstante, hay también gente de levita y 
sombrero de copa que se deleita con las 
emociones terribles; pero en aquella oca- 
sión era una minoría muy exigua. Un co- 
che de plaza sin número esperaba á la puer- 
ta : el cochero tenía la cara cubierta con un 
pañuelo. Crecido número de guardias de 
orden público se hallaba distribuido en el 
concurso, y un piquete de soldados, con 
los fusiles en «su lugar descanso», ceñía la 
fachada del siniestro caserón, contemplan- 
do con ojos distraídos el hervor de aquel 
mar de cabezas humanas. Algunas aristó- 
cratas del comercio pregonaban á gañote 
tendido «agua y azucarillos , bellotas como 



AGUAS FUERTES 



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castañas, chufas, cacahuetes», y algunos 
otros artículos de entretenimiento, para 
los estómagos desocupados. Los balcones 
de las casas circunvecinas estaban pobla- . 
dos de gente , y no era raro ver en ellos el 
rostro fresco y sonriente de alguna linda 
muchacha que acababa de dejar el lecho, y 
que con sus menudos dedos blancos y ro- 
sados se restregaba los ojos. 

Era tan horrible lo que iba á suceder , y 
tan lúgubres los preparativos del suceso, 
que, más por huir la tristeza que por amor 
al bello sexo, aunque no dejo de profesarlo, 
me coloqué debajo de uno de los balcones 
y me puse á mirar á cierta rubia, que no 
pagó verdaderamente mi atención — dicho 
sea en honor suyo. ¡Por qué había de mi- 
rarme, cuando ni siquiera me iban á dar 
garrote! Sus ojos estaban clavados con an- 
siosa curiosidad en la puerta del Saladero. 
Me acordé entonces de las damas del im- 
perio romano , que daban la señal de muer- 
te á los gladiadores , é hice una porción 
de reflexiones histórico-íilosóficas, de las 
cuales hago gracia á los lectores. 

Cuando más embebido me hallaba en 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



ellas , escuché una voz cerca que pregun- 
taba: 

— Caballero, ¿sabe V. qué hora es? 
Volvíme, sin saber á quién se dirigia la 

pregunta, y me hallé enfrente de un hom- 
bre no muy alto, de barba y pelo cenicien- 
tos, de facciones afiladas, que me miraba 
con unos ojos pequeños y hundidos, y de 
color indefinible, esperando, á no dudarlo, 
mi respuesta. Como el reloj era de níquel, 
eché mano de él, sin temor de mostrarlo, 
y le dije: 

— Las siete y veinte minutos. 

— Todavía esperaremos más de un cuar- 
to de hora — repuso el hombre reflejando 
disgusto en su fisonomía. Yo me encogí 
de hombros con indiferencia, y alcé los 
ojos al cielo, quiero decir, á la rubia. 

— ¡Oh, conozco bien á esos señores! — 
prosiguió. — ¡No me darán chasco, no!... 
Dicen que á las siete y media saldrá el pri- 
mero pa el campo... Pues ya verá V. cómo 
han de ser las ocho menos cuarto bien 
largas... 

Me volví con alguna mayor curiosidad á 
mirar á aquel hombre, y confieso que me 



AGUAS FUERTES 



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causó repugnancia. Sin ser un monstruo 
por lo feo, éralo bastante, y sobre todo, 
formaba contraste notable con la rubia que 
se cernía sobre mi cabeza. Estaba pobre- 
mente vestido, de capa y gorra, como los . 
artesanos de Madrid , y debía de hallarse 
entre los cincuenta ó sesenta años de edad. 
Pude observarle bien , porque no me mi- 
raba: sus ojos exploraban con avidez los 
contornos de la prisión. 

— ¡Puercos, tunantes! — exclamó con 
irritación y sin mirarme , como si hablase 
consigo mismo. — ¡Mire V. que estar un 
hombre ayer toda la tarde , espera que te 
espera , para salir al fin con que no era po- 
sible verlos! Que el Gobernador no quería 
que se les molestase... ¿Y qué tiene ya que 
mandar el Gobernador sobre ellos?... Un 
hombre , cuando le van á dar mulé , hace 
lo que le da la gana, menos escaparse... 
Además, que no se les molesta... al con- 
trario... lo que les hace falta es un poco de 
distraición y beber unas copas con tran- 
quilidad... ¿Han de estar todo el día ro- 
deaos de paño negro?... Con media hora pa 
confesarse y otra media pa decir el «yo pe- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



cador » , y recibir , y arrepentirse , queda un 
hombre al sol. 

Como, después de todo, hablaba con- 
migo , por más que no me mirase , quise de- 
amostrarle que le escuchaba, y le pregunté: 

— ¿Cuál de los dos sale primero? 

— El viejo, el viejo — repuso en tono 
firme. — Cuando el otro llegue allá, ya le 
habrán despachado á él. Hasta ahora es el 
que ha tenido más pecho... ¿Paece mentira, 
no es verdad? El chico me han dicho que 
está medio acabao. ¡Vaya un papanatas! 
¡ Como si por cantar la gallina le dejasen 
de apretar el gañote ! Lo que debe tener 
un hombre ante todo es dimidad, mucha 
dimidad, y morir como Dios manda, sin 
dar que decir á la gente. 

— Pero ya ve V. que eso no se puede re- 
mediar; unos son valientes y otros cobar- 
des , repliqué en tono de mal humor. 

— Estamos en eso, caballero... Pero un 
hombre siempre es un hombre... 

— Verdad. 

— Y los hombres se portan como hom- 
bres. 

— También verdad. 



AGÜAS FUERTES 



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— Y cuando no hay más remedio, hay 
que aguantar la mecha, tener paciencia y 
barajar, y decir: «Pues, señor, otros han 
ido antes que yo, y otros vendrán también.» 
Mire usted, caballero; yo he visto á tina 
mujer... ya ve usted que una mujer no es 
lo mismo que un hombre... 

— Cierto. 

— La he visto morir, mejor que si fuese 
un hombre... Usted también la habrá 
visto... hablo de la Vicenta... 

— ¿Qué Vicenta? 

— La Vicenta Sobrino. 

— No, no la he visto. 

— -Es verdad que es V. joven — repuso, 
mirándome de arriba abajo; — pero bien 
pudieron haberle traído aunque fuese chi- 
co... Aquí se aprende mucho... 

— No vivía en Madrid. 

— ¡Ay, caballero! pues en los pueblos 
estas cosas se ven pocas veces... No es lo 
mismo que aquí , donde casi todos los años 
tenemos un espetáculo , cuando no son dos 
ó tres. Aquí se aprende á tener corazón y 
á ver lo que es el mundo... Pues, como le 
decía , la Vicenta era mujer que valía lo que 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



pesaba... ¡tenía más agallas que un tibu- 
rón!... La verdad es que daba gusto verla 
tan serena; porque, al fin, siempre es una 
fatiga ver á una persona humana dando 
diente con diente y poniendo los ojos de 
carnero degollao... Yo he visto de todo... 
Mire V. ; á la Bernaola la han tenido que 
subir á púnaos... y á muchos hombres tam- 
bién , no vaya V. á creerse. He visitado yo 
á algunos en la capilla, que paecía que se 
tragaban á medio Madrid ; mucha copa de 
vino, mucha cháchara y mucho jaleo, y 
cuando llegó la hora de ser hombres, hin- 
charon el hocico haciendo pucheritos como 
los niños de escuela. 

Mi interlocutor hablaba siempre con los 
ojos clavados en la puerta del Saladero. 
No muy lejos de ella se promovió una re- 
yerta entre los curiosos y los agentes de 
orden público , que hizo retroceder y on- 
dular á la muchedumbre. Nosotros senti- 
mos , aunque no muy fuerte , el efecto de 
esta agitación. El hombre de la capa ex- 
clamó : 

— ¡ No puedo resistir á estos del orden!... 
¡ Mire V. qué modo de tratar al pueblo ! No 



AGUAS FUERTES 



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paece más que ellos son los que nos dan 
permiso pa ver el espetáculo ! 

— Se me figura, dije yo, que va á salir 
el reo. 

— ¡Ca! No, señor, no tenga V. cuidado; 
hasta las ocho menos cuarto en punto no 
hay quien los menee. Echan un cuarto de 
horada llegar al campo; pero ¡ buen cuarto 
de hora te dé Dios ! El campo no está aquí 
á la vuelta; y como van á paso de carreta... 
¿Qué hora es, caballero? Hágame el favor 
de mirar el reló. 

— Las ocho menos veinticinco. 
Una mujer dijo á nuestra espalda en voz 
alta: 

— Manuela , ¿ no sabes que los indultan? 
Acaba de llegar un soldado con el perdón 
del Eey. 

Mi interlocutor se volvió instantánea- 
mente, como si le hubiesen pinchado. 

— ¡Qué perdón ni qué ocho cuartos! 
¡ Qué sabe V. lo que se dice ! 

— Pus lo mismito que V. ¡El diablo del 
hombre ! 

El hombre de la capa dejó escapar una 
exclamación de desprecio mirando á la 

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ARMANDO PALACIO VALDES 



mujerzuela de arriba abajo y dirigiéndose 
después á mí, me dijo en tono confidencial: 
— Estas babiecas, en cuanto que ven á 
un soldado con un pliego en la bayoneta, 
ya se sueltan á decir que es el indulto. El 
indulto no se da casi nunca á última hora, 
porque tiene que llevar mucha requisito- 
ria... Usted bien lo sabrá... Ayer ha estado 
el padre del chico á echarse á los pies del 
Rey, pero no ha conseguido nada. ¡Qué 
había de conseguir! De perdonarle á él, 
tenían que perdonar al otro también... y 
eso no podía ser... Así que ya deben con- 
tarse entre los difuntos... El Eey no lo hace 
casi nunca de por sí y sin consultar á los 
menistros... Eso lo sé yo bien, caballero, 
lo sé yo bien. 

— Pues yo me alegraría mucho de que 
los perdonasen — dije con cierto tonillo 
irritado para protestar del afán de cadalso 
que adivinaba en aquel hombre. 

— Eso es otra cosa — repuso un poco 
cortado. — Usted puede alegrárselo que le 
dé la gana; pero lo que le digo es que no 
vendrá el indulto... Ellos siempre tienen 
esperanza, ya lo sé; están con el corbatín 



AGUAS FUERTES 



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enroscado al cuello y todavía esperan los 
pobrecitos que vengan á sacarlos del ba- 
rranco. Alguno he visto que se tragó la 
pildora enterita desde muchos días antes; 
pero es una esceción... Aquél era un hom- 
bre con un corazón más grande que el pa- 
lacio de Buenavista, Como aquél no ha 
habido otro ni lo habrá : se fué al palo con 
la misma cachaza que se iba antes á la ta- 
berna ¡ Qué camelo dio al señor Goberna- 
dor y á los marranillos que andaban cerca 
de él ! Todos se pirraban por meterle miedo 
y verle compungido. El Gobernador estuvo 
más de media hora hablándole del infierno 
y de las penas de los condenados; tizona- 
zos por aquí , requemones por allá... ¡ Como 
si hablase á la pared ! El se reía , y de vez 
en cuando pedía una copa de aguardiente. 
A todos los de la cárcel los traía azorados 
poniéndoles motes; á uno le llamaba ma- 
moncillo; á otro que tenía un ojo torcido, 
virulento; al capellán de la cárcel , hopalan- 
das... ¡Ni por un Cristo se quedaba nadie 
solo con él, y eso que le tenían con grillos! . . . 
A mí me quería mucho , como amigo ver- 
dadero. Yo era entonces un muchacho. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Había ido acompañando á su mujer al Pa- 
lacio , y la vi echarse á los pies de la Eeina. 
¡ Si viera usted que modo de llorar , caba- 
llero! La reina estuvo muy llana y muy 
buena; la levantó del suelo y la dijo que 
haría lo que pudiera , que se enteraría bien 
y hablaría con sus menistros ; la dijo tam- 
bién que se fuera tranquila á su casa , que 
la pasaría un aviso. Todo el día estuvimos 
esperándolo y no pareció... La Eeina no 
tenía la culpa, bien lo hemos sabido; era 
un menistro tunante el que estaba empe- 
ñado en apretar el cuello á aquel valiente... 
Por la mañanita temprano me mandó á 
llamar desde la capilla pa despedirse de 
mí... Pero... ¡calla, calla! Ahora salen... 
Sí , sí , ahora sa]en... Mire V. cómo el coche 
se aprosima... Vamos á acercarnos un poco 
pa ver salir el reo. ¡Ya empiezan esos mal- 
ditos á echar á rempujones la gente ! Mire 
usted, mire V. ; ya asoma la comitiva. 

En efecto , los guardias de orden público 
hacían esfuerzos para despejar las avenidas 
de la cárcel. En la muchedumbre se en- 
gendró un movimiento tumultuoso de vai- 
vén. Eumor áspero y confuso salió de su 



AGUAS FUERTES 



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seno, esparciéndose por el aire. El piquete 
de soldados, que descansaba al pie del 
muro , obedeciendo á la voz de su jefe , fué 
á colocarse junto á la puerta, y por ella 
comenzó á salir alguna gente con semblan- 
te triste y asustado : eran dependientes de 
la prisión, hermanos de la Paz y Caridad 
y los pocos curiosos que habían tenido in- 
fluencia para entrar. Por último , apareció 
el reo. Venía acompañado de un sacerdote 
y rodeado de guardias. Seguía á la comiti- 
va bastante gente. Gastaba el reo barba 
cerrada, negra y espesa; la hopa que le 
cubría y el birrete que llevaba en la cabe- 
za, el cual le venía un poco holgado , pres- 
tábanle un aspecto lúgubre, espantoso. 
Esforzábase, sin duda , en aparecer sereno, 
pero en su rostro demudado reflejábase, 
tal expresión de dolor y angustia, que con- 
movía hasta lo más hondo del corazón. El 
hombre de la capa , que no se había sepa- 
rado de mí, dijo en tono satisfecho : 

— Vamos... está pálido, pero bastante 
sereno... No se puede pedir más áun hom- 
bre... porque, ya ve V., caballero, ¿á 
quién le gusta que le aprieten el gañote?... 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El reo y el cura entraron en el carruaje. 
En la muchedumbre reinó por breves ins- 
tantes silencio sepulcral; mas así que se 
cerró la portezuela , levantóse nuevamente 
un insufrible clamoreo. El coche arrancó 
y emprendió la marcha lentamente; el pi- 
quete formó la escolta; los guardias pro- 
curaban hacer calle, dejando acercarse al 
carruaje solamente á los cofrades de la Paz 
y Caridad. El hombre de la capa me obligó 
á colocarme , como él , en las primeras filas 
de curiosos y caminar no muy lejos del reo. 

El cielo seguía envuelto en un sudario 
ceniciento, y el piso no mejoraba en aque- 
llos sitios. A la verdad, no comprendo por 
qué razón me dejaba arrrastrar por aquel 
hombre. Me sentía cada vez más aturdido, 
como si estuviese soñando. Iba sufriendo 
cruelmente, y no me pasaba siquiera por 
la imaginación la idea de que podía evitar 
aquel sufrimiento con sólo volverme atrás. 

— Pues ya verá V., caballero lo que su- 
cedió — dijo el hombre, siguiendo su his- 
toria mientras caminábamos hacia el ca- 
dalso. — Me mandó á llamar muy tempra- 
nito, y yo me planté en la cárcel por el 



AGUAS FUERTES 



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aire. Antes de entrar á verle, me obligaron 
á quitarme la ropa. Los grandísimos puer- 
cos tenían miedo que le trajese algún ve- 
neno. Querían á toda costa verle en el pa- 
lo. Para registrarme me pusieron en cue- 
ros vivos y me trataron como á un perro... 
¡Mala centella los mate á todos!... Péro, 
después de muchos arrodeos, no tuvieron 
más remedio que dejarme entrar... «¡Hola! 
¿Estás ahí, Miguelillo? — me dijo en cuan- 
to me vio. — Acércate y agarra una silla. 
Tenía ganas de verte antes de tomar el 
tole p a el otro barrio». Estaba fumando un 
cigarro de los de la Habana y tenía algu- 
nas copas delante. Había tres ó cuatro 
personas con él, entre ellas el cura. «Acér- 
cate, hombre, y bebe una copa á tu salud, 
porque á la mía es como si no la bebieses. 
Aquí todos han trincado esta mañana, me- 
nos elpater, que se empeña en no probar 
la gracia de Dios». Bebí la copa que me 
echó, y hablamos un ratito de nuestras 
cosas. Yo no me cansaba de mirarle. Esta- 
ba tan sereno como V. y yo, caballero. 
Paecta que era á otro á quien iban á dar 
mulé. «¿Verdad que no estoy apurao, Mi- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



guelillo?... Eso hubieran querido los ma- 
mones de la cárcel, pero no les he dao por 
el gusto... ¡Anda, que se lo dé la perra de 
su madre!... Aquí el pater también me 
predica, pero es muy hombre de bien, y 
por ser muy hombre de bien le he servido 
en todo lo que hasta ahora ha mandaos. Y 
era verdad, porque había confesao y comul- 
gao sólo por el aprecio que le tenía. Cuan- 
do estábamos hablando entró un hombre 
pequeño, trabao y con las patas torcidas, 
y acercándose á la mesa le preguntó: «Oye, 
Francisco, ¿me conoces?» El entonces le- 
vantó la vista, y contestó, bajándola otra 
vez: «Sí, eres el buchí». Es verdad, has 
acertao. ¿Tienes ánimo? — ¿No lo estás 
viendo? — Ya veo, ya, que no se te encoge 
el ombligo... Vengo á pedirte perdón. — 
Anda con Dios , que tú no tienes la culpa 
de nada. Tú eres un pobre, que ganas el 
pan con tu trabajo. — Hasta luego. — Hasta 
luego». Después que salió el verdugo me 
vinieron á avisarla que me fuese. Enton- 
ces él se levantó y me abrazó como pudo 
(porque llevaba esposas) diciéndome: «Va- 
mos, muchacho, no te fatigues tanto... 



AGUAS FUERTES 



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Este es un mal trago... Vaya por los mu- 
chos buenos que tengo entre pecho y es- 
palda». Después me echaron de la capilla 
y hasta de la cárcel!... ¡Pero, caballero, 
apriete V. un poco más el paso, que nos 
quedamos atrás!... 

Obedecí á mi compañero, como si lo tu- 
viese por obligación, y nos colocamos otra 
vez en las primeras filas. El carruaje de la 
Justicia caminaba á unos veinte pasos de 
nosotros. La muchedumbre hormigueaba 
en torno del piquete y de los guardias , es- 
forzándose para ver al reo. Algunos civiles 
de caballería, con el sable desenvainado, 
caracoleaban para dejar libre el tránsito, 
atropellando á veces á la gente, que deja- 
ba escapar sordas imprecaciones contra la 
fuerza pública. Los habitantes de las po- 
bres viviendas que guarnecen por aquellos 
sitios la carretera, se asomaban á las puer- 
tas y ventanas, reflejando en sus rostros 
más curiosidad que tristeza, y las coma- 
dres del barrio se decían de ventana á ven- 
tana algunas frases de compasión para el 
reo, y no pocos insultos para los que íba- 
mos á verle morir. De vez en cuando, el 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rostro lívido de aquél aparecía en la venta- 
nilla, y sus ojos negros y hundidos pasea- 
ban una mirada angustiosa y feroz por la 
multitud; pero inmediatamente se dejaba 
caer hacia atrás , escuchando el incesante 
discurso del sacerdote. El cochero, enmas- 
carado como un lúgubre fantasma, anima- 
ba al caballo con su látigo, conduciéndolo 
hacia el suplicio. 

La relación de aquel hombre había ex- 
citado mi curiosidad. Así que, después de 
caminar un rato en silencio, le pregunté: 

— ¿Y V. , cuando le echaron de la cár- 
cel, se habrá ido á su casa? 

— No, señor; me quedé cerca de la puer- 
ta para verle salir. Al cabo de media hora 
de espera, apeteció entre un montón de 
gente , lo mismo que este que va en el co- 
che... ¡Ay, caballero, si viese V. que otro 
hombre era! Ese maldito sayo negro que 
les ponen, y el gorro de la cabeza, le ha- 
bían mudao enteramente. Paecía un alma 
del otro mundo. Montó, sin ayuda de na- 
die, en el burro que estaba á la puerta... 
Entonces no iban en coche, como ahora, 
sino montaos en un burro... Estaba mejor 



AGUAS FUERTES 



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así, ¿no le paece á V.?... De este modo to- 
do el mundo se enteraba y lo veía bien... 
Cuando rompieron á andar, me puse lo 
más cerca que pude , y él, que iba movien- 
do la cabeza á un lado y á otro , me guipó 
en seguida y me llamó con la mano. Me 
dejaron acercar, y me dijo: «Adiós, Mi- 
guelillo ; estos cochinos me llevan á dego- 
llar como un carnero ; véte pa casa, queri- 
do, que estás muy fatigao». Me dio un 
apretón de manos y se puso á hablar con 
el cura, que le reñía por lo que había di- 
cho. Yo me separé, pero no quise mar- 
charme. Seguí la comitiva hasta el mismo 
campo... hasta aquí, porque, ya estamos 
en él. Le vi subir al tablao , le vi sentarse 
en el banco , le vi besar el cristo que le po- 
nían delante, y cuando le echaron el pa- 
ñuelo sobre la cara , entonces me puse á 
correr y no paró hasta casa... 

Habíamos llegado , en efecto , al Campo 
de Guardias y veíamos á lo lejos alzarse el 
lúgubre armatoste sobre el mar de cabe- 
zas humanas que lo circundaba. El clamor 
era cada vez más alto ; la agitación se con- 
vertía en tumulto. Los gritos penetrantes 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



de los pregoneros apenas se oían entre 
aquel rumor tempestuoso. 

Mi compañero había guardado silencio. 
Yo , absorto completamente por la escena 
terrible que se preparaba, tampoco despe- 
gué los labios. Me había impresionado, no 
obstante , su' cuento , y al fin , por hablar 
algo, y en tono distraído, le pregunté: 

— Mucho lo habrá V. sentido, ¿no es 
verdad? 

— ¡Pues no lo había de sentir!... ¿Para 
qué he de engañarle á V. caballero? — me 
contestó mirándome fijamente. — ¡No lo 
había de sentir, si era mi padre!... 

Quedé estupefacto. Sentí algo semejan- 
te al miedo y al asco , y no supe más que 
murmurar: 

— ¡ Qué horror! 

El hombre de la capa, al ver mi sorpre- 
sa , sonrió con humildad , como si me pi- 
diese perdón, y continuó: 

— ■ Me acuerdo que , cuando llegué á ca- 
sa, mi madre me dio una paliza que me 
hubo de matar...* no sé por qué... Decía 
que para que me acordase bien de aquel 
día... ¡ Cómo sino me acordase bien sin ne- 



AGUAS FUERTES 



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cesidad de los palos!... Yo creo que estaba 
un poco guilla... La pobrecita no tardó dos 
meses tan siquiera en espichar... Desde en- 
tonces no he faltao nunca á estos espetácu- 
los. Todos los que han ajusticiado én Ma- 
drid de cuarenta años pa acá los he visto 
yo... menos tres ó cuatro que no pude ver 
porque estaba enfermo... Pero lo que le di- 
go á V. , caballero , es que ninguno..., y no 
es porque fuese mi padre..., ninguno ha 
tenido tantos hígados pa morir como él... 

La agitación de la muchedumbre conti- 
nuaba en aumento. El caracoleo de los ci- 
viles y los esfuerzos de los agentes apenas 
bastaban á contenerla y á impedir , sobre 
todo, que turbase la marcha del carruaje. 

El piquete de soldados que lo escoltaba 
tenía que estrecharse más de lo que exige 
la táctica, para poder caminar. Mi compa- 
ñero me dijo con tono triunfal: 

— Oiga V. , caballero; estos hombres se 
están matando para verlo y no consegui- 
rán nada ; pero nosotros lo hemos de gui- 
par todito y con mucha comodidad... No 
se separe V. de mi... Iremos pegados á los 
faldones de los soldados, y llegaremos d 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



debajo del mismo tablao, sin mayor incon- 
veniente... Hay que saber arreglárselas... 
De algo le han de servir á uno los años que 
tiene sobre el cogote... Vamos, no afloje V. 
el paso... Apriétese V. contra mí y déjese 
llevar... ¡Que se está V. separando, caba- 
llero!... Agárrese V. á mi capa... ¿Qué es 
eso? ¿Se queda V.?... Hombre, lo siento, 
porque no va V. á ver nada... Vaya, adiós, 
caballero... adiós... 



LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN 



N el vasto salón del Prado aún no 
había gente. Era temprano; las cin- 
co y media nada más. A falta de 
personas formales los niños tomaban po- 
sesión del paseo , utilizándolo para los jue- 
gos del aro, de la cuerda, de la pelota, pío 
campo, escondite, y otros no menos res- 
petables, tan respetables, por lo menos, y 
por de contado más saludables , que los de 
el ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media 
con que los hombres se divierten. Y si no 
temiera ofender las instituciones , me atre- 
vería á ponerlos en parangón con los del 
salón de conferencias del Congreso y de la 




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ARMANDO PALACIO VALDES 



Bolsa, seguro de que tampoco habían de 
desmerecer. 

El sol aún seguía bañando una parte no 
insignificante del paseo. Los chiquillos re- 
saltaban sobre la arena como un enjambre 
de mosquitos en una mesa de mármol. Las 
niñeras , guardianas fieles de aquel rebaño, 
con sus cofias blancas y rizadas, las tren- 
zas del cabello sueltas , las manos colora- 
das y las mejillas rebosando una salud, que 
yo para mí deseo , se agrupaban á la som- 
bra sentadas en algún banco, desahogando 
con placer sus respectivos pechos henchi- 
dos de secretos domésticos, sin que por 
eso perdiesen de vista un momento (dicho 
sea en honor suyo) los inquietos y menu- 
dos objetos de su vigilancia. Tal vez que 
otra se levantaban corriendo para ir á so- 
correr á algún mosquito infeliz que se ha- 
bía caído boca abajo y que se revolcaba en 
la arena con horrísonos chillidos; otras 
veces llamaban imperiosamente al que se 
desmandaba y le residenciaban ante el con- 
sejo de doncellas y amas de cría, amones- 
tándole suavemente ó recriminándole con 
dureza y administrándole algún leve co- 



AGUAS FUERTES 



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rrectivo en la parte posterior, según el sis- 
tema y el temperamento de cada juez. 

Esperando la llegada de la gente, me 
senté en una silla metálica de las que di- 
viden el paseo, y me puse á contemplar 
con ojos distraídos el juego de los chi- 
cos. Detrás de mí estaban sentadas dos 
niñas de once á doce años de edad, cu3^os 
perfiles — lo único que veía de ellas — eran 
de una corrección y pureza encantadoras. 
Ambas rubias y ambas vestidas con sin- 
gular gracia y elegancia: en Madrid esto 
último no tiene nada de extraordinario 
porque las mamás, que han renunciado á 
ser coquetas para sí, lo continúan siendo 
en sus hijas y han convenido en hacerse 
una competencia poco favorable á los bol- 
sillos de los papás. Me llamó la atención 
desde luego la gravedad que las dos mos- 
traban y el poco ó ningún efecto que les 
causaba la alegría de los demás mucha- 
chos. Al principio creí que aquella circuns- 
pección procedía de considerarse ya dema- 
siado formales paia corretear, y me pare- 
ció cómica; pero observando mejor, me 
convencí de que algo serio pasaba entre 

8 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ellas , y como no tenía otra cosa que hacer, 
cambié de silla disimuladamente y me acer- 
qué cuanto pude á fin de averiguarlo. 

La una estaba pálida y tenía la vista fija 
constantemente en el suelo : la otra la mi- 
raba de vez en cuando con inquietud y 
tristeza. Cuando me acerqué guardaban si- 
lencio, pero no tardó en romperlo la pri- 
mera exclamando en voz baja y con acen- 
to melancólico : 

— ¡ Si lo hubiera sabido , no saldría hoy 
á paseo ! 

— ¿Por qué? — repuso la segunda. — De 
todos modos algún día os habíais de en- 
contrar. 

La primera no replicó nada á esta ob- 
servación y callaron un buen rato. Al cabo 
la segunda dijo poniéndole una mano so- 
bre el hombro : 

— ¿Sabes lo que estoy pensando, Asun- 
ción? 

-¿Qué? 

— Que debías decírselo todo. Lola es 
buena niña, aunque tenga el genio vivo. 
¿No te acuerdas cuando nos pegamos y 
nos arañamos porque le quité de ser la ma- 



AGUAS FUERTES 



115 



rriá?... Ya ves que le pasó en seguida... 

— Sí, pero esto es muy distinto. 

— Ya lo sé que es distinto... pero debes 
decírselo. 

— ¡Ay! No me mandes eso, por Dios, 
Luisa.... de seguro no me vuelve á decir 
adiós, y se lo cuenta en seguida á sus 
papás. 

—¿Y no será peor que se lo cuente otra 
persona?... ¡Hay niñas más mal intencio- 
nadas!... Elvira lo sabe ya... no sé quién se 
lo ha dicho... 

Profunda debió ser la impresión que es- 
ta noticia causó en el ánimo de Asunción, 
porque no volvió á despegar los labios y 
siguió escuchando consternada las razones 
de su amiga, que las amontonaba de un 
modo incoherente, pero con resolución. 

El paseo se iba poblando poco á poco. 
El sol no se enseñoreaba ya sino de uno 
de los ángulos del salón: al retirarse deja- 
ba claro y nítido el ambiente , en el cual 
resaltaban con admirable pureza el obelis- 
co del Dos de Mayo y las agujas del museo 
de Artillería y de San Jerónimo. Los pe- 
queños retrocedían ante la invasión de los 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



grandes á los parajes más apartados, don- 
de establecían nuevamente sus juegos. Un 
chico rubio , vestido de marinero , con cara 
de desvergonzado, se quedó fijo delante de 
nuestras niñas contemplándolas con insis- 
tencia, y no hallando al parecer conve- 
niente la gravedad que mostraban, se pu- 
so á hacerlas muecas en son de menospre- 
cio. Luisa, al verse interrumpida en su 
discurso, se levantó furiosa y le tiró por 
los cabellos. El chico se alejó llorando. 

Al cabo de un rato , cuando ya me dis- 
ponía á dejar la silla para dar algunas 
vueltas , oí exclamar á Luisa : 

— ¡Calla... calla... me parece que ahí 
viene Lola! 

Asunción se estremeció y levantó la ca- 
beza vivamente. 

— Sí, sí, es ella, — continuó Luisa. — 
Viene con Pepita y con Concha y Euge- 
nia... Es el primer domingo que viene des- 
pués de la muerte de su hermano... ¡No te 
pongas así, niña!... No te asustes... verás, 
yo lo voy á arreglar todo. 

Asunción, en efecto, había empalidecido 
y estaba clavada é inmóvil en la silla como 



AGUAS FUERTES 



117 



una estatua. Pronto divisé un grupo de 
niñas de su misma edad que se aproxima- 
ba; en el centro venía una completamente 
enlutada, morenita, con grandes ojos ne- 
gros y profundos que debía de ser la causan- 
te de los temores de Asunción. Luisa se le- 
vantó á recibirlas y echó una carrerita pa- 
ra cambiar con ellas buena partida de be- 
sos cuyo rumor llegó hasta mis oídos. 
Asunción no se movió. Al llegar, todas la 
saludaron con efusión , no siendo por cier- 
to la menos expansiva la enlutada Lolita. 
Después de cambiadas las primeras impre- 
siones, observé que Luisa hacía señas á 
Asunción en ademán de pedirle algo, y 
que Asunción lo negaba, también por se- 
ñas, pero con energía. Luisa, sin embar- 
go , se resolvió á hacer lo que pretendía á 
despecho de su amiga , y llegándose á Lo- 
la, le dijo : 

— Mira, Asunción tiene que decirte una 
cosa; ve á sentarte junto á ella. 

Lolita se vino hacia la melancólica niña 
y le preguntó cariñosamente tocándole la 
cara: 

— ¿Qué tienes que decirme, Chonchita? 



118 



ARMANDO PALACIO VALDES 



La pobre Asunción, completamente aba- 
tida, no contestó nada; visto lo cual por 
su amiga , tomó asiento al lado , y la instó 
con mucha viveza para que le contase lo 
que la ponía tan triste. 

— Mira, Lola, — comenzó con voz tem- 
blorosa y casi imperceptible , — después que 
te lo diga ya no me querrás. 

Lola protestó con una mueca. 

— No, no me querrás... Dame un beso 
ahora... Después que te lo diga, no me da- 
rás ningún otro... 

Lolita se manifestó sorprendida, pero le 
dio algunos besos sonoros. 

— Mañana hace un mes que murió tu 
hermano Pepito... Yo sé que has tenido 
una convulsión por haber visto la caja... A 
mí no me han dejado ir á tu casa porque 
decían que me iba á impresionar, pero to- 
da la tarde la pasó llorando... Luisa te lo 
puede decir... Lloraba porque Pepito y yo 
éramos novios... ¿no lo sabías? 

— ¡No! 

— Pues lo éramos desde hacía dos me- 
ses. Me escribió una carta y me la dio un 
día al entrar en tu casa : salió de un cuar- 



AGUAS FUERTES 



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to de repente , me la dio y echó á correr. 
Me decía que desde la primera vez que me 
había visto le había gustado , que podría- 
mos ser novios si yo le quería , y que en 
concluyendo la carrera de abogado, que 
era la que pensaba seguir, nos casaríamos. 
A mí me daba mucha vergüenza contes- 
tarle, pero como á Luisa le había escrito 
también Paco Núñez declarándose , yo por 
encargo de ella le dije un día en el paseo: 
«Paco, de parte de Luisa, que sí», y á la 
otra vuelta Luisa le dijo á Pepito: «Pepito, 
de parte de Asunción, que sí». Y queda- 
mos novios. Los domingos cuando bailá- 
bamos en tu casa ó en la mía , me sacaba 
más veces que á las demás , pero no se atre- 
vía á decirme nada... A pesar de eso, una 
vez bailando , como estaba triste y habla- 
ba poco , le pregunté si estaba enfadado, y 
él me contestó : «Yo no me enfado con na- 
die, y mucho menos contigo». Yo me puse 
colorada... y él también... Todos los días 
por la tarde iba á esperarme á la salida del 
colegio; se estaba paseando por delante 
hasta que yo salía y después me seguía has- 
ta casa... 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, 
que la escuchaba con tristeza y curiosidad, 
aguardó un rato á que continuase , y vien- 
do que no lo hacía , le preguntó : 

— Pero, ¿por qué me decías que des- 
pués de contármelo no iba á darte más be- 
sos y todas aquellas cosas?... Al contrario ? 
ahora te quiero más... mira como te quiero. 

Y Lolita al decir esto le daba apasiona- 
dos besos. 

— Espera, espera... no me beses... ¿De 
que murió tu hermano? ¿No dijeron los 
médicos que había muerto de una mojadu- 
ra que había cogido? 

— Sí. 

— Pues esa mojadura, Lola... la cogió 
por causa mía... Sí, la cogió por causa 
mía... Una tarde en que estaba llovien- 
do á cántaros, fué á esperarme al cole- 
gio... Le vi por los cristales metido en un 
portal... en el portal de enfrente... no 
traía paraguas. Cuando salimos yo me ta- 
pé perfectamente porque la criada había 
traído uno para mí y otro para ella... Pe- 
pito nos siguió al descubierto... llovía atroz- 
mente... y yo en vez de ofrecerle el para- 



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guas y taparme con el de la criada, le dejé 
ir mojándose hasta casa... Pero no fué por 
gusto mió, Lola... por Dios, no lo creas... 
fué que me daba vergüenza... 

Al decir estas palabras, le embargó la 
emoción , se le anudó la voz en la gargan- 
ta y rompió á sollozar fuertemente. Lolita 
se la quedó mirando un buen rato, con 
ojos coléricos, el semblante pálido y las 
cejas fruncidas; por último se levantó re- 
pentinamente y fué á reunirse con sus ami- 
gas que estaban algo apartadas formando 
un grupo. La vi agitar los brazos en me- 
dio de ellas narrando, al parecer, el suce- 
so con vehemencia , y observó que algunas 
lágrimas se desprendían de sus ojos, sin 
que por eso perdiesen la expresión dura y 
sombría. Asunción permaneció sentada, 
con la cabeza baja y ocultando el rostro 
entre las manos. 

En el grupo de Lolita hubo acalorada 
deliberación. Las amigas se esforzaban en 
convencerla para que otorgase su perdón á 
la culpable. Lolita se negaba á ello con 
una mímica (lo único que yo percibía) al- 
tiva y violenta. Luisa no cesaba de ir y 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



venir consolando á su triste amiga y pro- 
curando calmar á la otra. 

El sol. se había retirado ya del paseo, 
aunque anduviese todavía por las ramas de 
los árboles y las fachadas de las casas. La 
estatua de Apolo que corona la fuente del 
centro, recibía su postrera caricia; los le- 
janos palacios del paseo de Recoletos res- 
plandecían en aquel instante como si fue- 
sen de plata. El salón estaba ya lleno de 
gente. 

Después de discutir con violencia y de 
rechazar enérgicamente las proposiciones 
conciliadoras , Lolita se encerró en un si- 
lencio sombrío. Al ver esta muestra de de- 
bilidad, las amigas apretaron el asedio, 
enviando cada cual un argumento más ó 
menos poderoso; sobre todo Luisa, era 
incansable en formar silogismos, que al- 
ternaba sin cesar con súplicas ardientes. 

Al fin Lolita volvió lentamente la cabe- 
za hacia Asunción. La pobre niña seguía 
en la misma postura, abatida, ocultando 
siempre el rostro con las manos. Al verla, 
debió pasar un soplo de enternecimiento 
por el corazón de la irritada hermana; des- 



AGUAS FUERTES 



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tacóse del grupo, y viniendo hacia ella, la 
echó los brazos al cuello diciendo : 

— No llores, Chonchita, no llores. 

Pero al pronunciar estas palabras llora- 
ba también. La cabecita rubia y la more- 
na estuvieron un instants confundidas. 
Eodeáronlas las amigas , y ni una sola de- 
jó de verter lágrimas. 

— ¡Vamos, niñas, que nos están miran- 
do! — dijo Luisa. — Enjugad las lágrimas y 
vamos á pasear. 

Y en efecto , llevándose el pañuelo á los 
ojos, ella la primera, con rostro sereno y 
risueño se mezclaron agrupadas entre la 
muchedumbre ; y las perdí muy pronto de 
vista. 



LA BIBLIOTECA NACIONAL 



adeid posee una biblioteca nacio- 
nal. Esta biblioteca se halla situa- 
da en la calle del mismo nombre 
que desemboca por un lado en la plaza de 
la Encarnación y por el otro en la de Isa- 
bel II. Es fácil reconocer el edificio. Ade- 
más, posee en el barrio de Salamanca los 
cimientos de una nueva biblioteca cons- 
truidos con todo lujo, perfectamente res- 
guardados de la intemperie y rodeados de 
una bonita verja. Con tales elementos es 
fuerza convenir en que la capital de Espa- 
ña no carece de medios de instrucción y 
que todo el que desee estudiar puede ha- 
cerlo. No obstante, una cosa me ha sor- 




126 



ARMANDO PALACIO VALDES 



prendido siempre, y es que la biblioteca 
nacional no está tan concurrida como de- 
biera suponerse, dado el número de habi- 
tantes y su reconocida afición á meterse 
en todos los sitios donde no cueste dinero. 
Quizá dependa de hallarse cerrada la ma- 
yor parte de las horas del día y de la no- 
che, En cuanto á los cimientos, á pesar 
de ser tan bellos y sólidos, están siempre 
desiertos, lo cual les da un cierto aspec- 
to de necrópolis pagana, ño ciertamente 
en consonancia con los fines de su institu- 
to, como dijo Pavía el del 3 de Enero ha- 
blando de la Guardia civil. 

Pero dejando á un lado los cimientos, 
cuya importancia me complazco en reco- 
nocer y acerca de los que no será esta la 
última palabra que diga , y volviendo á la 
antigua biblioteca donde el gobierno de Su 
Majestad distribuye la ciencia por el siste- 
ma dosimétrico , esto es, en pequeñas dosis 
y repetidas, diré primeramente que tie- 
ne un portal muy análogo á una bodega, 
donde los sabios de mañana aguardan, ti- 
ritando y dando estériles patadas contra 
las losas para calentarse los pies, á que les 



AGUAS FUERTES 



127 



abran la puerta. El frío es por naturaleza 
anti-científico , y desde los tiempos más 
remotos se ha ensañado siempre con los 
sabios. De aquí los sabañones que tanto 
caracterizan á los hombres de ciencia. 

Arranca del portal una escalera media- 
namente espaciosa, cuidadosamente tapi- 
zada de polvo como conviene á esta clase de 
establecimientos , la cual termina en una 
portería ó conserjería donde hay general- 
mente sentados seis ú ocho señores ocupa- 
dos en la tarea de mirar lo que entra y lo 
que sale y en charlar y discutir en voz alta 
á fin de que los que estudian dentro se acos- 
tumbren á concentrar su atención , como 
hacía Arquímedes en los tiempos antiguos. 

--¿Me hacen ustedes el favor de una 
papeleta? — pregunta en actitud humilde 
el sabio, que ha llegado hasta allí tragando 
polvo. 

El portero encargado de facilitarlas vuel- 
ve la cabeza y le dirige una mirada fría y 
hostil: después sigue tranquilamente la 
conversación empeñada. 

— ¿Cuánto te ha costado á tí la contra- 
barrera? 



128 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Lo que cuesta en el despacho: el amo 
ha pedido tres á un concejal y me ha ce- 
dido una. 

— ¡Todos los pillos tienen suerte! 

Mucha risa; mucha algazara. La con- 
versación rueda después acerca de las pro- 
babilidades que Frascuelo tiene de echar 
la pata á Lagartijo: los toros eran de Ve- 
raguas, se podian lidiar con franqueza; sin 
riesgo; y el matador «se las tiraría de 
plancheta» como acostumbraba, sin... 

— ¿Me hace V. el favor de una papeleta? 
repite el sabio un poco más alto. 

El portero le mira de nuevo con más 
frialdad si cabe, se levanta lentamente, 
moja el dedo para sacar una papeleta del 
montón y dice: 

Pues yo te aseguro que no pago prima- 
das; á última hora ha de andar más bajo 
el papel... 

— ¿Quiere V. darme una papeleta? — 
dice el sabio con impaciencia. 

— ¿ Tiene V. prisa, verdad, caballero? — 
responde el dependiente con cierta sonri- 
silla irrespetuosa. 

El sabio escribe en silencio sobre la pa- 



AGUAS FUERTES 



129 



peleta el nombre de una obra famosa, aun- 
que reciente , y entra en el salón principal 
de la biblioteca. En cada extremo de él 
hay un grupo de señores convenientemen- 
te separados de los que leen arrimados á 
las mesas. El sabio de mañana vacila en- 
tre dirigirse al grupo de la derecha ó al 
grupo de la izquierda; decídese al fin á 
emprender su marcha hacia el primero, 
procediendo lógicamente. Uno de los seño- 
res de los extremos le toma la papeleta, 
mas antes de leerla le examina escrupulo- 
samente de pies á cabeza cual si tratase 
de sonsacarle, mediante su aspecto, qué in- 
tención perversa le había movido al venir 
hasta allí en demanda de un libro. Des- 
pués que se entera del que pide, crecen 
evidentemente sus sospechas porque le 
acribilla á miradas escrutadoras, de tal 
suerte, que el presunto sabio baja la vista 
avergonzado, juzgándose un matutero de 
la ciencia. El empleado, sin dejar de mirar- 
le, pasa la papeleta á otro empleado que á 
su vez le mira también con cuidado y la 
pasa á otro, y así sucesivamente pasa por 

todas las manos del grupo hasta que llega 

9 



130 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nuevamente á las del primero , el cual se 
la devuelve diciendo: 

— Vaya V. allí enfrente. 

Y nuestro sabio atraviesa el salón y se 
dirige al grupo contrario, donde sufre el 
mismo examen por parte de la inspección 
facultativa del gobierno , y se repite con 
ninguna variante la escena anterior. Al 
devolverle la papeleta le dicen también: 

— Vaya V. allí enfrente. 

— Ya he estado. 

— Entonces vaya V. al Indice... la pri- 
mera puerta á la derecha. 

En el Indice , un señor empleado lee con 
toda calma la papeleta, y sin decirle pala- 
bra desaparece con ella por el foro. Nues- 
tro sabio espera una buena media hora 
tocando el tambor sobre las rejas de la va- 
lla con las yemas de los dedos. De vez en 
cuando levanta la vista á los estantes don- 
de en correcta formación se halla una mu- 
chedumbre de libros feos, rugosos, mal 
encarados, que le infunden respeto. Nin- 
guno' de aquellos libros se acuerda ya de 
cuándo fué sacado para ser leído. De ahí su 
respetabilidad. En este mundo las cosas de 



AGUAS FUERTES 



131 



poco uso son siempre las más respetables; 
los senadores , los capitanes generales , los 
académicos, los canónigos. Casi todos tie- 
nen escrita sobre su severo lomo en letras 
muy gordas la palabra Opera. No se ve en 
torno más que óperas; óperas arriba, ópe- 
ras abajo, óperas delante, óperas detrás. 
En esto llega el señor empleado del Indi- 
ce, silencioso siempre como un pez, y en 
lugar del libro le entrega de nuevo la pa- 
peleta. El sabio en estado de crisálida no 
sabe lo que aquello significa y da vueltas 
entre sus dedos al papel hasta que percibe 
dos palabritas de distinta letra debajo de 
su petición: no consta. El sabio, que es 
bastante listo , comprende en seguida que 
con aquellas palabras se quiere decir que 
no hay semejante libro. Lo mismo les ha 
pasado á todos los sabios que en el mundo 
han sido y han ido á leer á la biblioteca de 
la nación. Ningún libro reciente consta. 
¿Y por qué había de constar? ¿No perde- 
ría mucho de su prestigio esta biblioteca, 
admitiendo sin dificultad cualquier libro 
de ayer mañana? La biblioteca nacional 
no puede proceder como la de un particu- 



132 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lar; para que un libro tenga la honra de 
entrar en sus salones es necesario que el 
tiempo lo garantice, pues hasta ahora no 
se conoce nada mejor para garantirla cien- 
cia que una serie de años, cuantos más 
mejor. Un libro nuevo, bien impreso, sa- 
tinado y limpio, no encaja bien entre aque- 
llas dignas y graves óperas , preñadas has- 
ta reventar de latín y de ciencia. 

Nuestro sabio torna á la portería medi- 
tando todo esto , y escribe sobre otra pa- 
peleta el título de un libro sobre filosofía, 
del siglo trece. La papeleta vuelve á pasar 
por las manos de los señores de los extre- 
mos; pero esta vez, sin que el sabio adivi- 
ne la razón, se miran consternados los 
unos á los otros. Por último uno de ellos 
le dice en tono humilde: 

— Caballero, el libro que V. pide está 
en uno de los últimos estantes y es un po- 
co expuesto subir á buscarle... ¡Si á V. le 
fuese indiferente pedir otro!... 

¡Pues no había de serle indiferente! Los 
sabios son muy finos y humanos. Nada, 
nada, no se moleste V. Por nada en el 
mundo querría nuestro sabio exponer la 



AGUAS FUERTES 



133 



preciosa vida de ningún empleado del Go- 
bierno. Así que, pian pianito vuelve sobre 
sus pasos hasta la portería, atormentando 
la imaginación para buscar una obra que 
fácilmente le pudiesen proporcionar, fuese 
cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor 
que pedir el Quijote. 

— ¿Qué edición quiere V.? 

—La que V. guste. 

— ¡Ah! no, caballero, perdone V., nos- 
otros no podemos dar sino la edición que 
nos piden. 

— Bien, pues la de la Academia. 

— Tenga V. entonces la bondad de con- 
signarlo así en la papeleta. 

Vuelta á la portería. Al fin, después de 
una brega tan larga y deslucida, tiene la 
dicha de recibir el Quijote de manos del 
empleado. El sabio deja escapar un sus- 
piro de consuelo : estaba sudando. Trata 
de sentarse á una de las mesas que hay 
esparcidas por la sala, sobre las cuales, 
para que nada llame y distraiga la aten- 
ción, no suele haber ni pupitre, ni papel, 
ni plumas, ni tintero; nada más que la 
madera lisa y reluciente, invitando al estu- 



134 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dio y á la patinación. Al tomar una de las 
sillas, observa con dolor que está cubierta 
de polvo y quizá de algo más. ¿Qué tie- 
ne esto de particular ? La ciencia y la por- 
quería no son enemigas declaradas : antes 
al contrario, parece que aquélla vive di- 
chosa en los brazos de ésta, como lo ates- 
tiguan multitud de ejemplos. La sagrada 
Teología, muy especialmente, siempre ha 
tenido marcada predilección por la sucie- 
dad. En otro tiempo se medía la profun- 
didad de un teólogo por la cantidad de 
grasa que llevaba adherida á la sotana. 
También la literatura manifestó siempre 
tendencias bastante pronunciadas en este 
sentido, y es cosa proverbial, sobre todo 
en las provincias, que nuestros literatos 
no se lavan sino cuando llueve: hay hor- 
tera á quien se le saltan las lágrimas de 
entusiasmo contando alguna gran asque- 
rosidad de Carlos Rubio, ó la manera de 
vivir de Marcos Zapata, — por más que 
respecto á este último, como amigo suyo 
que soy , puedo declarar que hay exage- 
ración. Fundándose, á no dudarlo, en ta- 
les razones, el gobierno de S. M. ha pro- 



AGUAS FUERTES 



135 



curado mantener en la biblioteca nacional 
una conveniente y adecuada porquería, de 
cuya conservación están encargados algu- 
nos mozos no bastantemente retribuidos. 

Nuestro sabio en agraz , que aún no ha 
llegado á las altas regiones de la ciencia, 
y que por lo tanto no comprende la ayu- 
da poderosa que le prestarían en la in- 
vestigación de la verdad aquellas manchas 
grises de la silla que mira con sabresalto, 
saca el pañuelo del bolsillo y lo coloca bo- 
nitamente sobre ella, sentándose después 
lleno de confianza. 

¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla 
el polvo de la mesa y coloca el sombrero 
sobre ella; ya se saca á medias una bota 
que le oprime mortalmente los sabaño- 
nes; ya tose y se arranca la flema de la 
garganta; ya trae el libro hacia sí, ya 
mira con curiosidad el sello de la Acade- 
mia estampado en la primera página ; ya 
empieza á leer. 

« En un lugar de la Mancha de cuyo nom- 
bre no quiero acordarme , no ha mucho tiem- 
po que vivía un hidalgo de los de lanza en 
astillero, rocín flaco » 



136 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Tilín, tilín. 

— ¿Qué es eso? — pregunta con sorpresa 
al compañero que tiene al lado. 

— Nada, que tocan á cerrar — contesta 
el otro levantándose. 

El sabio entonces se levanta también; 
le sigue; devuelve el Quijote al empleado 
de quien lo recibiera; y se va á su casa. 



EL DIFAMA DE LAS BAMBALINAS 




ntoñico era una chispa, al decir 
de cuantos andaban entre bastido- 
res; no se había conocido traspun- 
te como él desde hacía muchos años : era 
necesario remontarse á los tiempos de Mái- 
quez y Rita Luna, como hacía frecuente- 
mente un caballero gordo que iba todas 
las noches de tertulia al saloncillo, para 
hallar precedente de tal inteligencia y ac- 
tividad. 

Solamente cuando falleció se estimaron 
sus servicios en lo que valían. Porque no 
era el traspunte vulgar que con cinco mi- 
nutos de antelación recorre los cuartos de 
los actores gritando: «Don José; va V. á 



138 



ARMANDO PALACIO VALDES 



salir — Señorita Clotilde; cuando V. guste». 
Ni por pienso : Antoñico tenía en su cabe- 
za todos los pormenores indispensables 
para el buen orden de la representación; 
dirigía la tramoya con una precisión ad- 
mirable, daba oportunos consejos al mue- 
blista, hacía bajar el telón sin retrasarse 
ni adelantarse jamás; cuando había nece- 
sidad de sonar cascabeles para imitar el 
ruido de un coche , él los sonaba; si de to- 
car un pito , él lo tocaba , y hasta redobla- 
ba el tambor con asombrosa destreza apa- 
gando el ruido para hacer creer al especta- 
dor que la tropa se iba alejando. En los 
dramas en que la muchedumbre llega ru- 
giendo á las puertas del palacio y amena- 
za saquearlo, nadie como él para hacer 
mucho ruido con poca gente; una docena 
de comparsas le bastaban para poner en 
sobresalto á la familia real; á uno le hacía 
gritar continuamente ¡esto no se puede su- 
frir!, á otro le mandaba exclamar sin pun- 
to de reposo, ¡mueran los tiranos!, á otro, 
¡ahajo las cadenas!, etc., etc., todo en un 
crescendo perfectamente ejecutado, que in- 
fundía pavor no sólo en el corazón del ti- 



AGUAS FUERTES 



139 



rano sino en el de todos los que se intere- 
saban por su suerte. Además sabía arrojar 
piedras á la escena de modo que produje- 
sen mucho ruido y no hiciesen daño á na- 
die : algunas veces hizo también escuchar 
su voz desde las cajas ó desde el sótano 
en calidad de fantasma. En fin, más que 
traspunte debía considerarse á Antoñico 
como un actor eminente aunque invisible. 

En el teatro era casi un dictador: los 
actores le halagaban porque les podía ha- 
cer daño con un descuido intencionado, la 
empresa se mostraba satisfecha de él, y los 
dependientes le respetaban y le considera- 
ban como jefe. 

Era necesario verle con un reverbero en 
la mano derecha , el libro en la izquierda, 
una barretina colorada en la cabeza á gui- 
sa dé uniforme , deslizarse velozmente por 
los bastidores acudiendo á opuestos para- 
jes en nada de tiempo, poniendo prisa á 
los empleados , contestando al sin número 
de preguntas que le dirigían, y esparcien- 
do órdenes en estilo telegráfico como un 
general en el fragor de la batalla. 



II 



Con todo , Anfcoñico tenía un grave de- 
fecto: le gustaban demasiado las mujeres. 
Quizá digan ustedes que este defecto no es 
grave: en cualquier otro hombre, conven- 
go en ello, pero en Antoñico, un funcio- 
nario dramático de tal importancia, era 
un pecado mortal. No hay más que pen- 
sar en que tenía bajo su inmediata inspec- 
ción á varias actrices secundarias, ó sean 
racionistas, y que aun las principales veían- 
se obligadas á estar con él en una relación 
constante. De donde resultaban á menudo 
algunos disgustillos y desórdenes que se 
hubieran evitado si nuestro traspunte tu- 
viese un temperamento menos inflamable. 



142 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Verbigracia; se hubiera evitado que Narci- 
sa, la jovencita que desempeñaba papeles 
de chula, se fuese del teatro dando un 
fuerte escándalo, diciendo á quien la que- 
ría oir que Antoñico pellizcaba las piernas 
á las actrices en las ocasiones propicias; y 
también que la mamá de Clotilde, la pri- 
mera dama, se quejase al empresario de 
que Antoñico fuese con demasiada prisa á 
levantar á su hija siempre que caía desma- 
yada al terminarse un acto. Hay que con- 
venir en que todo esto era muy feo y da- 
ñaba no poco á la respetabilidad del tras- 
punte ; que vuelvo á decir , era sin disputa 
el alma del teatro. 

Sucedió , pues , que al medio de la tem- 
porada el primer tramoyista contrajo ma- 
trimonio: era un hombre' de unos treinta 
años de edad, feo, silencioso, sombrío, 
ojos negros hundidos, barba rala y eriza- 
da; inteligente con todo y amigo de cum- 
plir con su deber. La mujer que eligió por 
esposa era una jovencita, casi una niña, 
linda, vivaracha, nariz arremangada, más 
alegre que unas castañuelas, perezosa y 
juguetona como una gatita. Se casó con él 



AGUAS FUERTES 



143 



tramoyista... no sé por qué; quizá por su 
desahogada posición (ganaba seis pesetas 
diarias). 

Para no privarse de su compañía un mo- 
mento, el enamorado marido la trajo con- 
sigo al teatro; en los ratos que le dejaban 
libre sus ocupaciones, el pobre hombre 
gozaba con acercarse á su mujercita y dar- 
le un pellizco ó un abrazo furtivo. La mu- 
chacha, que no había entrado hasta en- 
tonces en la región de los bastidores, esta- 
ba maravillada y contenta al verse entre 
aquel bullicio , y pronto fué una necesidad 
el pasarse tres ó cuatro horas todas las no- 
ches vagando por las cajas y por los cuar- 
tos de las actrices con quienes simpatizó 
en seguida. 

Antoñico, al verla por primera vez, se 
relamió como el tigre cuando atisba la pre- 
sa. La barretina colorada sufrió un fuerte 
temblor y se dispuso á cobijar un enjam- 
bre de pensamientos tenebrosos y lúbricos. 
Mas como hombre experto y precavido, 
guardó sus ideas, contrarias á la unidad 
de la familia, debajo de la barretina, y 
aparentó no fijar la atención en la presa y 



144 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dejar que tranquilamente fuese y viniese 
á su buen talante. 

Sin embargo, una que otra vez al en- 
contrarse en los pasillos le dirigía miradas 
magnéticas que la fascinaban y profería 
unas buenas noches preñadas de ideas di- 
solventes. Como es natural, la bella tra- 
moyista no dejó de sospechar el género de 
pensamientos que dentro de la barretina 
se escondían , y en su consecuencia decidió 
ruborizarse hasta las orejas siempre que 
tropezaba con el tigre-traspunte. Este 
avanzó con cautela, paso tras paso; nada 
de pellizcos , ni de palabrotas necias , ni de 
estrujones contra los bastidores : una acti- 
tud sosegada , dulce , casi melancólica, ade- 
cuada para no espantar la caza, algunas 
palabritas melosas y furtivas, varios con- 
ceptillos aduladores envueltos en suspiros, 
y cuando todo estaba convenientemente 
preparado ¡zas! el salto que todos cono- 
cen: — «María, yo me muero por V... per- 
dóneme V. el atrevimiento... yo no puedo 
tener escondido por más tiempo lo que 
siento, etc., etc.» 

La vivaracha tramoyista quedó, como 



AGUAS FUERTES 



145 



era de esperar, entre las uñas del traspun- 
te. Y comenzó para ambos el período de 
los placeres amargos, la felicidad con so- 
bresalto: aparentando no mirarse, no se 
quitaban ojo; fingiendo que apenas se co- 
nocían , estaban siempre juntos : ¡ el mari- 
do era tan sombrío, tan suspicaz ! Necesi- 
taban llevar á cabo prodigios de estrategia 
para no ser advertidos: á veces pasaban 
cuatro ó cinco noches sin poder decirse si- 
quiera una palabra. Puesta en tortura la 
imaginación, Antoñico ideábalas citas más 
estupendas y extravagantes; unas veces 
en el sótano , otras en el cuarto de un ac- 
tor que estaba en escena; pero todas bre- 
ves y agitadas, porque el tramoyista era 
pegajoso como recién casado, y Antoñico 
no tomaba el aspecto de tigre sino con las 
damas. 

Una noche en que el traspunte se sen- 
tía, por el ayuno forzoso de muchos días, 
más enamorado que otras veces, dijo algu- 
nas palabras rápidamente al oído de María 
y se perdió entre los bastidores. Esta le si- 
guió. Encontráronse en un rincón sombrío 
cerca del telón de boca; y el traspunte, 

10 



146 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que conocía el terreno á palmos, cogió de 
la mano á su querida, separó con la otra 
un bastidor y penetraron ambos en un re- 
cinto estrechísimo formado por telones y 
bastidores : Antoñico trajo hacia sí el que 
había separado , y quedaron perfectamente 
cerrados. Los amantes pudieron gozar bre- 
ves instantes del seguro que la experiencia 
y habilidad del traspunte habían buscado. 
En aquel extraño retiro nadie podía dar 
con ellos. ¿Nadie? Antoñico vio de impro- 
viso , en medio de su embriaguez , que por 
un agujerito abierto en el telón , un ojo les 
observaba; y su corazón de tigre dio un 
salto prodigioso dentro del pecho: — «Ma- 
ría — dijo con voz temblorosa, impercepti- 
ble — estamos perdidos... nos están vien- 
do... ¡silencio!... ¿quieres salir tú prime- 
ro?» La animosa tramoyista corrió brusca- 
mente el bastidor y se arrojó fuera: no ha- 
bía nadie. Antoñico salió detrás con el 
semblante pintado de interesante palidez. 
Su primer cuidado fué buscar por todas 
partes al tramoyista: encontráronlo suma- 
mente preocupado porque la chimenea de 
mármol que debía aparecer en el acto ter- 



AGUAS FUERTES 



147 



cero había sido rota ai trasladarla; tanto 
que no reparó en su mujer al acercarse. 

— ¿Lo ves, hombre — dijo María á An- 
toñico — como eres un gallina? A tí el mie- 
do te hace ver visiones. 



III 



Transcurrieron bastantes días. Las adúl- 
teras relaciones de nuestros héroes seguían 
la misma marcha dulce y borrascosa á la 
par: sobresaltos, temores, ansias, vacila- 
ciones sin cuento: regalos, vivos deleites, 
instantes de dicha, con todo. Tal es el lo- 
te de la pasión criminal. María había olvi- 
dado enteramente el episodio del agujero 
en el bastidor; Antoñico soñaba todavía 
algunas veces con aquel ojo fantástico, es- 
crutador, y despertaba despavorido; poco 
á poco se fué convenciendo de que había 
sido una ilusión del miedo y el miedo abrió 
paso á la confianza. 

Una noche el tramoyista le habló de es- 
ta manera: 



150 



ARMANDO PALACIO VALDES 



—Oye, Antoñico; ¿sabes que el tercer 
telón, el de las columnas, debía colocarse 
más atrás?... 

—¿Pues? 

— No hay perspectiva. 

— Sí la hay... y además tropezaría casi 
con el lago. 

— El lago también puede correrse un 
poco. 

— No hay sitio. 

— Tenemos todavía metro y medio. 

— ¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo 
has medido? 

— Sí, lo he medido : ¿tienes tú ahí el me- 
tro?... Pues ven á verlo y te convencerás. 

El tramoyista emprendió la marcha y 
Antoñico le siguió : subieron por la estre- 
cha y frágil escalerilla que conduce á las 
bambalinas. Cuando estaban á la mitad de 
la altura, el tramoyista volvió la cabeza, y 
sus ojos se encontraron con los del tras- 
punte. ¿Qué había de particular en aquella 
mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de 
Antoñico? ¿Por qué se le doblan las pier- 
nas? 

Vacila un instante entre seguir ó retro- 



AGUAS FUERTES 



151 



ceder: la barretina colorada se detiene y 
se agita presa de mortal incertidumbre. El 
tramoyista exclama: 

— ¡Diablo de escalera!... la subo setenta 
veces al día y no acabo de acostumbrar- 
me... Me moriré del pecho, Antoñico, me 
moriré del pecho. 

El traspunte se siente fortalecido y sigue 
su camino. 



IV 



Aquella noche se representaba un drama 
histórico, acaecido en tiempo de los godos. 
El primer galán era un mancebo muy sim- 
pático, rebosando de entusiasmo y de dé- 
cimas calderonianas. La priméra dama gas- 
taba una túnica muy larga y comenzaba á 
llorar desde que subían el telón. El barba 
hacía de rey y debía morir al fin del acto 
tercero á manos del mancebo de las déci- 
mas: buena voz, potente y cavernosa, co- 
mo convenía á un rey visigodo. 

El público aguardaba con impaciencia la 
catástrofe : cuando le parecía bien , boste- 
zaba; cuando lo creía necesario, sacaba 
La Correspondencia de España y leía. Ha- 
bía muchas personas que llegaban á desear 
que el barba cayese pronto bañado en su 



154 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sangre para escapar á casa y meterse en la 
cama. 

En el acto segundo había un monólogo 
del rey, de inusitadas dimensiones. El pú- 
blico ya tenía entre pecho y espalda seten- 
ta y cinco endecasílabos de este monólogo 
y se disponía á recibir con resignación 
otra partida no menos crecida, cuando de 
pronto... 

— ¿Qué ha pasado... qué sucede? ¿Por 
qué se levanta el público? ¿Por qué se pue- 
bla la escena de gente? 

Un bulto , un hombre , acaba de caer de 
las bambalinas sobre el escenario con es- 
pantoso estruendo. Un grupo de gente le 
rodea en seguida. El público aterrado se 
agita y se alborota : quiere saber lo que ha 
pasado. Al fin uno de los actores se desta- 
ca del grupo y dice en voz alta: «que el 
traspunte Antonio García, caminando por 
los telares del teatro , había tenido la des- 
gracia de caerse. 

— ¿Pero, está muerto?... ¿está muerto? 
— preguntan varias voces. 

El actor hace con la cabeza señal afir- 
mativa. 



LLOVIENDO 




ilUANDO salí de casa recibí la des- 
agradable sorpresa de ver que es- 
taba lloviendo. Había dejado al sol 
pavoneándose en el azul del cielo, envol- 
viendo á la ciudad en una esplendorosa ca- 
ricia de padre... ¡Quién había de sospe- 
char!... 

En un instante desgarraron mi alma 
muchedumbre de ideas extrañas ; la duda 
se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Su- 
biría por el paraguas? En aquella sazón mi 
paraguas ocupaba una de las más altas po- 
siciones de Madrid : se encontraba en un 
piso tercero, con entresuelo y primero. 
Arranquémosle la careta: era un piso 
quinto. 



156 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Las escaleras me fatigan casi tanto co- 
mo los dramas históricos : á veces prefiero 
escuchar una producción de Catalina ó 
Sánchez de Castro, con reyes visigodos y 
todo, á subir á un cuarto segundo. Me ha- 
llaba en una de estas ocasiones. La verdad 
es que llovía sin gran aparato, pero de ún 
modo respetable. Los transeúntes pasaban 
ligeros por delante de mí, bien guarecidos 
debajo de sus paraguas. Alguno que no le 
llevaba, vino á buscar techo á mi lado. 
Todavía aguardó unos instantes presa de 
horrible incertidumbre. Di algunos paseos 
en el portal y eché todos los cálculos que 
un hombre serio tiene el deber de echar 
en tales ocasiones. De un lado, del lado de 
la calle, la consiguiente mojadura; del lado 
déla escalera, la fatiga consiguiente. Por 
otra parte , los amigos estarían ya reunidos 
en el cafó despellejando á alguno, ¡tal vez 
á mí! Además, el café, según los datos que 
me ha suministrado una persona muy ver- 
sada en estas cosas, debe tomarse inme- 
diatamente ( cuidado con ello ) inmedia- 
tamente después de las comidas. Al fin 
adopté una resolución violentísima. Me 



AGUAS FUERTES 



157 



remangué los pantalones y salí á la calle. 

¡Pues qué! Yo que he aguantado sin 
pestañear noches enteras todas las leyen- 
das de la Edad-Media que el Sr. Velarde y 
otros ilustres mosquitos líricos de su mis- 
ma familia, han dejado caer desde la tri- 
buna del Ateneo, ¿flaquearía ahora ante 
unas miserables gotas de agua? No en 
mis días : si la faz no ha empalidecido , si 
el corazón no ha temblado ante ningún 
poeta legendario, por cruel que se haya 
mostrado, las alteraciones atmosféricas no 
prevalecerán contra mi heroísmo. 

En esta admirable disposición de espíri- 
tu atravesé casi toda la calle del Arenal. 
Sin embargo, no quiero ser hipócrita: de- 
claro que fui todo el tiempo pegado á las 
casas , con lo cual evité que me cayese una 
tercera parte de agua de la que por clasifi- 
cación me correspondía. Antes de llegar á 
la puerta del Sol eché una mirada al cielo, 
mirada escrutadora que me hizo ver som- 
bra arriba y sombra abajo. Esta mirada 
dio por resultado además el que tropezase 
con un guardia municipal, que me pregun- 
tó con severidad dónde tenía los ojos; yo, 



158 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lleno de respeto y sumisión hacia el poder 
ejecutivo, le contesté, procurando ablan- 
dar su corazón con una sonrisa: — Donde 
usted guste. — La verdad es que estuve de- 
masiado humilde, casi rastrero, porque el 
guardia no llevaba la acera , ¡ pero la idea 
de la Prevención ejerce tal ascendiente so- 
bre mí!... Me contenté con volverme y 
echarle una mirada terrible, que cayó so- 
bre su capote de hule y resbaló por encima 
como el agua resbalaba en aquel instante. 

Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez 
de ir disminuyendo gradualmente, para sa- 
tisfacer el ideal de todo el que, como yo, 
no llevase paraguas, gradualmente iba au- 
mentando. Al entrar en la Puerta del Sol, 
cruzaba muy poca gente; algunos carrua- 
jes, cuyos aurigas parecían envoltorios de 
paño pardo; algunas mujeres remangando 
con la coquetería que permitían las cir- 
cunstancias, sus blancas enaguas, y dejan- 
do ver esbozos de pies fantásticos y perfi- 
les de pantorrillas reales. Pero en aquel 
momento yo me preocupaba más de mis 
pantorrillas que de las ajenas, como era, 
después de todo, mi deber. El agua y el 



AGUAS FUERTES 



159 



barro me salpicaban hasta las narices ; los 
canalones vomitaban en las aceras torren- 
tes , que procuraba salvar apelando á mis 
recuerdos gimnásticos. 

Poco á poco, de un modo insidioso y so- 
lapado , tendiéndome sus redes en silencio 
y asegurando sus pasos con cautela, fué pe- 
netrando en mi corazón el temor del reu- 
matismo. En el espacio que media entre 
la calle del Arenal y la del Carmen, casi 
se enseñoreó de él por completo. Sombrías 
perspectivas de fiebres catarrales, dolores 
en las articulaciones y fricciones de aguar- 
diente alcanforado, se ofrecieron ante mi 
vista, y con la visión intensa y terrible del 
alucinado , me vi metido en unos calzonci- 
llos de bayeta amarilla. 

Y temblé. Y eché una cobarde mirada 
en torno buscando un simón vacío. Los 
pocos que pasaban iban alquilados. Pero 
aún quedaban los portales. ¡ Ah, los porta- 
les! Los portales me parecían un recurso 
de mala ley, indigno de ser tomado en con- 
sideración por el momento. Para estar me- 
tido en un portal viendo caer la lluvia, más 
valía haberse quedado en casa. Además, 



160 



ARMANDO PALACIO VALDES 



los portales estaban llenos de canalla, va- 
gos de profesión , aventureros de la calle, 
gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va 
á exponerse á que le roben el reloj ó le se- 
cuestren ! 

Esto lo pensaba al cruzar por la calle 
del Carmen. Pues bien , al cruzar por de- 
lante de la de la Montera, ya pensaba 
otra cosa. Y es que las ideas del hom- 
bre se van modificando insensiblemente al 
través de la existencia; las convicciones 
más profundas se desarraigan de nuestro 
espíritu cuando menos lo esperamos, la 
antigua fe deja paso á la nueva, y el entu- 
siasmo se enfría y se calienta incesante- 
mente durante nuestra peregrinación por 
la tierra. Cogidos de la mano, con fuego 
en el corazón, alta la frente y la pupila 
clavada en lo porvenir, hemos partido mu- 
chos para recorrer los campos de la políti- 
ca; á los pocos pasos, ya se ha desprendi- 
do uno , á quien el temor ó la utilidad han 
solicitado , más allá otro , más allá otro : al 
poco tiempo la caravana se ha disuelto, y 
cada cual corre á refugiarse donde más le 
conviene. Esta es la vida. Una verdad in- 



AGUAS FUERTES 



161 



negable he sacado , no obstante , de su ex- 
periencia, y es, que cuando llueve, todo 
el mundo se cobija. 

Yo también claudiqué en aquella oca- 
sión refugiándome en un portal, aunque 
con circunstancias atenuantes , pues era el 
de una fotografía. Las paredes estaban cu- 
biertas de retratos: señoras bonitas, ha- 
ciendo resaltar sus gracias con actitudes 
lánguidas, dirigiendo una sonrisa insinuan- 
te á todos los timadores y fosforeros que 
se paraban á contemplarlas; varones con 
los ojos estáticos, en muda y eterna admi- 
ración de algo que nadie sabe. Algunos ca- 
balleros estaban disfrazados: había uno 
vestido de fraile haciendo oración entre 
las malezas de una sierra , con su calavera 
y todo al lado. Me dijeron que era un mu- 
chacho de la nobleza que había renuncia- 
do al mundo por desengaños de amor. Bien 
se le conocía al pobre , á pesar de su vesti- 
menta eremítica , que había tirado muchos 
tiros al pichón. Había otro con traje de 
doctor, con las cejas fruncidas y la frente 
arrugada como si tuviese agobiados los se- 
sos bajo* la pesadumbre de tanta jurispru- 

11 



162 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dencia. Tenía un birrete en la mano y otro 
sobre la mesa, quizás para el caso de que 
se inutilizase el primero. 

Seguía cayendo agua copiosamente. El 
cielo mostraba la faz severa, aunque tor- 
nadiza; algunas nubes grandes y oscuras 
rodaban sobre los edificios de la Puerta del 
Sol, desahogándose un poco de su peso; 
cruzaban con harta prisa para no presu- 
mir que pronto vendría un claro que per- 
mitiera escaparse. Los poquísimos carrua- 
jes que pasaban vacíos eran asaltados ra- 
biosamente por los proscriptos de los porta- 
• les , quedándose con ellos , como sucede 
en todo lo demás, los más osados. 

Al fin, en cierto paraje del espacio se di- 
visó un agujerito azul: por aquel agujerito 
pasó tembloroso, y como avergonzado, un 
rayo de sol empapado todavía en agua, que 
fué á chocar en los cristales de los balco- 
nes más altos del hotel de la Paz. Al poco 
rato se divisó otro, algo más allá, y ambos 
se comunicaron pronto por medio de una 
extensa raya, azul también. Pero la lluvia 
no cesaba. Delante de nosotros empezó á 
funcionar una manga de riego. ¿Por qué 



AGUAS FUERTES 



163 



salen á relucir las mangas de riego cuando 
llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay- 
más misterios en el cielo y en el Munici- 
pio de los que puede soñar la filosofía. 

El sol hizo surgir los colores del iris en 
el chorro de agua que caía como un esplén- 
dido penacho sobre la calle : el empleado 
municipal lo sacudía sin curarse de su be- 
lleza, haciéndole servir á los fines prosái- 
cos de la policía urbana ; mas el chorro sa- 
lía altivo y alegre de la manga y se espar- 
cía en el aire , cayendo en lluvia de plata 
unas veces , otras en lluvia de cristal y otras 
de fuego. El rumor que producía al azotar 
el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un 
perro de Terranova (me coloco el primero 
para no dar armas á los frenópatas del Ate- 
neo), fuimos los únicos que supimos apre- 
ciar su hermosura. El perro, más exaltado 
ó con menos miedo al ridículo, se lanzó á 
la calle expresando su entusiasmo por me- 
dio de ladridos y saltos prodigiosos , ahora 
parándose bajo el chorro y dejándose ba- 
ñar, ahora brincando sobre él , ahora dan- 
do un millón de volteretas y haciendo có- 
micas contorsiones, sin cesar nunca de v 



164 



ARMANDO PALACIO VALOES 



exhalar el frenesí de su entusiasmo en la- 
dridos más ó menos correctos é inspirados, 
que de esto no entiendo. Me parece, no 
obstante, que había más sinceridad en 
ellos que en el soneto del Sr. Grilo á las 
cataratas del río Piedra, aunque, por su- 
puesto, mucha menos fantasía. 

La lluvia no cesaba. Con todo, se fué de- 
bilitando de tal modo, que ni para la sa- 
lud ni para el sombrero había gran peligro 
en salir y llegar hasta Fornos. Así quise 
realizarlo, y desde luego me fui pegadito 
á los edificios, observando cómo rápida- 
mente el cielo se despejaba y la lluvia se 
enrarecía. Todavía continuaba mucha gen- 
te en los portales. Al llegar al del ministe- 
rio de Hacienda, un brazo de mujer se in- 
terpuso en mi camino, y una manecita 
blanca y hermosa trató de averiguar si aún 
llovía. Era una mano fina, correcta, aristo- 
crática, con graciosas y leves rayas azules; 
además , aún no estaba ajada, á juzgar por 
su color sonrosado y por la frescura é ino- 
cencia que se adivinaba en sus movimien- 
tos resueltos ; la muñeca estaba aprisiona- 
da por un sencillo brazalete de oro; en los 



AGUAS FUERTES 



165 



dedos brillaban algunas sortijas. Ahora 
bien, ¿qué hubieran hecho ustedes si se les 
colocase delante del rostro, á dos dedos de 
la boca, una mano semejante? Besarla, es- 
toy seguro. Pues eso es cabalmente lo que 
yo hice: besarla y escaparme riendo sin 
echar siquiera una mirada á su dueño. De- 
trás de mí oí gran algazara y muchas car- 
cajadas femeninas, por lo cual comprendí 
que se me perdonaba de buen grado la au- 
dacia. Llegué al café sano y salvo y de un 
humor excelente. Pero estuve un poco in- 
quieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin du- 
da , los nervios ! 




EL PASEO DE RECOLETOS 



oy á denunciarme ante el severo 



tribunal de la sociedad fashionable 



[Balsal de Madrid, y entregarme con las 
manos atadas á su justa reprobación. 

«Egregias damas: señores sietemesinos: 
Tengo la vergüenza de confesar á ustedes 
que la mayor parte de los domingos y fies- 
tas de guardar me paso la tarde dando 
vueltas en el paseo de Eecoletos lo mismo 
que un mancebo de la Dalia azul. Y no 
subo hasta el Retiro , á admirar respetuo- 
samente vuestros chaquettes y vuestros pe- 
rros ratoneros , porque deje de poseer ca- 
rruaje; pues si bien es mucha verdad que 
no lo poseo (¡misericordia!) no es menos" 
exacto que tengo unas piernas que no me 




168 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las merezco , las cuales han hecho con for- 
tuna más de una vez la competencia al 
tranvía, y de ello puedo presentar tes- 
tigos. Me quedo, por tanto, en Recoletos 
sin motivo alguno que pueda justificarme, 
por pura perversidad, lo cual revela mi 
depravada índole. Vuestra conciencia dis- 
tinguida se alarmaría aún más si supieseis... 
¡pero no me atrevo á decirlo!... ¡que me 
gustan mucho las cursis ! ¡ Perdón , señores, 
perdón ! Ahora que he confesado mi indig- 
nidad descargando el alma del peso que la 
abrumaba, aguardo resignado vuestro fallo. 
Condenadme , si queréis , á perpétuos pan- 
talones anchos. Los llevaré como marca 
indeleble de mi deshonra, los pasearé hasta 
la muerte como la librea del presidario... 
pero los pasearé los domingos por Reco- 
letos ». 

El paseo de Recoletos no es bello ni 
grande ; los árboles que lo guarnecen dejan 
mucho que desear en cuanto á corpulen- 
cia y follaje; la acera que lo atraviesa á lo 
largo cansa y lastima los pies. Pero tiene 
'la ventaja de estar dentro de la población. 
Parece hecho para la gente de negocios 



AGUA.S FUERTES 



169 



que dispone de poco tiempo para pasear. 
Los días de trabajo no suele haber mucha 
concurrencia : en cambio los domingos no 
hay quien camine libremente por allí, lo 
cual declara bien paladinamente la condi- 
ción social de sus habituales concurrentes. 
Es el paseo de la burguesía, y esto basta 
para que se haya captado la antipatía de 
la sociedad distinguida y ociosa. 

Mas en el sexo femenino que allí acude 
los días de fiesta suelen verse rostros muy 
lindos , dicho sea con perdón de aquella so- 
ciedad. Las damas que cruzan arrellanadas 
en su landau hacia el Eetiro , podrán volver 
desdeñosamente la cabeza y no verlos; los 
jóvenes, que apetecen la gloria inmarcesi- 
ble de vivir y morir perteneciendo al Veloz, 
pasarán velozmente con la cabeza erguida, 
el sombrero ladeado y el bastón á guisa de 
lanza, dando miradas amorosas á todos los 
carruajes y ansiando descubrir su cabeza 
venerable ante alguna duquesa ajamonada, 
sin fijar la atención en ellos; pero no es 
menos cierto que allí están para honra y 
gloria de Dios y regocijo de los villanos y 
pecheros que en tales lugares paseamos. 



170 



ARMANDO PALACIO VALDES 



La palabra cursi , que la magnanimidad 
nunca bastante loada de los señores de la 
calle de Valverde ha introducido en nues- 
tro diccionario, se emplea como proyectil 
mortífero contra aquellos rostros celestia- 
les. Todo sietemesino bien criado tiene 
en su carcaj una buena cantidad de tales 
flechas para arrojar á la primer belleza 
anónima que se presente en su camino. Si 
habéis gozado la honra de acompañar al- 
guna vez en sus expediciones gloriosas por 
la carrera de San Jerónimo á uno de estos 
jóvenes y habéis incurrido en la flaqueza 
de alabar la hermosura de alguna niña mo- 
desta , de seguro le habréis visto fruncir el 
noble entrecejo , alargar el labio inferior en 
testimonio de desdén y dejar caer estas ó 
semejantes palabras : 

— ¡ Pero , hombre , que siempre te has 
de fijar en estas cursilillas de media tostada! 

Efectivamente , tengo esa desgracia. Lo 
mismo me pasa con las flores : la rosa y el 
clavel , las más cursilonas de la j ardinería, 
son las que más me gustan. Pero no soy el 
único. Antes que yo el doctor Fausto fué 
decidido partidario de las cursis y por ellas 



AGUAS FUERTES 171 



vendió su alma al diablo. Los abonados al 
paraíso del Teatro Eeal saben muy bien 
que cuando Gayarre en el primer acto 
brama con voz atiplada la giovinezza, es 
con el objeto exclusivo de ir á decir terne- 
zas á Margarita en el tercero. ¿Y quién 
era Margarita? Una muchacha que hilaba, 
barría, lavaba la ropa de sus hermanos y 
paseaba los domingos por Eecoletos. Pues 
eso es precisamente lo que le seduce á Ga- 
yarre , y bien se le conoce cuando se queda 
tan abrazadito con ella al tiempo de caer 
el telón y suelta aquellas feroces carcaja- 
das el artista mallorquín señor IJetam. 

En general, bien se puede decir que 
Goethe no ha amado ni pintado más que 
cursis. Margarita, Federica Brion, Carlo- 
ta, Lili, Olimpia, eran mujeres muy boni- 
tas, pero absolutamente incapaces de mo- 
lestar con su charla desde las plateas del 
teatro Eeal á los abonados de las butacas, 
los cuales, si no oyen la ópera en paz, en 
cambio tienen el honor de ser molestados 
por alguna dama ilustre, descendiente de 
los guerreros de la reconquista. 

Tengo la seguridad, pues, de que Goethe 



172 



ARMANDO PALACIO VALDES 



se hubiera paseado los domingos por Reco- 
letos. Esto le habría enajenado las simpa- 
tías de los salones (si es que los salones 
pueden tener simpatías) y le colocaría en 
el concepto de los nobles sietemesinos ( si 
es que los sietemesinos pueden tener con- 
cepto) muy por bajo del señor Grilo. Yo 
creo que ha hecho muy bien en vivir en la 
corte de Weimar donde tales flaquezas se 
perdonaban fácilmente. 

Y para terminar con el paseo de Reco- 
letos. Ahora en la estación primaveral que- 
da cubierto por una bóveda de follaje que 
le presta frescura y belleza. Cualquier ciu- 
dadano pacífico , incluso los poetas líricos, 
puede pasar un rato agradable viendo des- 
filar una muchedumbre de Margaritas ru- 
bias y morenas con las cuales se pudieran 
empezar novelas tan amenas , si no tan fa- 
mosas, como la de Fausto. Además, en el 
centro del paseo hay un estanquillo. 



LA CASTELLANA 



La acera de Recoletos termina en la pla- 
za de Colón. A la derecha se encuentra la 
casa donde se fabrican las pocas pesetas 
buenas que hay en España. A la izquierda 
está la que proporciona las pocas novelas 
bellas; la casa de D. Benito Pérez Galdós. 
Todos los españoles saben lo primero : muy 
pocos somos los que tenemos noticia de lo 
segundo. Pero los que lo sabemos — dicho 
sea para nuestra honra y prez — solemos 
mirar con más atención á la izquierda que 
á la derecha. Al cabo , las monedas que se 
fabrican en aquel gran edificio de ladrillos 
irán como esclavas sumisas á procurar de- 
leites á los poderosos , á halagar sus torpes 
pasiones y sus vicios , mientras las novelas 
que se escriben en aquel alto y silencioso 
despacho, vendrán á posarse delante de 



174 



ARMANDO PALACIO VALDES 



nuestros ojos dándonos algunos instantes 
de placer honrado , elevando nuestro espí- 
ritu y esclareciéndolo. 

La inmensa mayoría, casi la totalidad 
de los hombres, guarda consideración y 
respeto á los ricos sólo por el hecho de 
serlo. Los grandes escritores solólo infun- 
den cuando ejercen un cargo oficial. Y , no 
obstante, el rico es un hombre que trabaja 
y se afana únicamente para proporcionarse 
goces, de los cuales no nos hace, bien se- 
guro, partícipes, mientras el escritor se 
priva de los suyos, gasta sus fuerzas, en- 
ferma del estómago ó la cabeza y acorta su 
vida para procurarnos deleite y cultura. 
Después , se da por satisfecho con un esti- 
pendio parecido al de un albañil y con que 
le digamos : « ¡ Amigo , qué bonito libro ha 
escrito usted ! » 

El paseo de la Castellana , que sigue á 
la plaza de Colón , consiste en una ámplia 
carretera para los caballeros y dos caminos 
estrechos á los lados para los peones. Hace 
unos cuantos años estaba concurridísimo 
por las tardes : la carretera se henchía de 
carruajes y los caminos de gente distinguí- 



AGUAS FUERTES 



175 



da y ordinaria. Hoy apenas va nadie hacia 
allí porque está á la moda el Eetiro. Sin 
embargo , bien puede asegurarse sin temor 
á engaño , que llegará un día en que la Cas- 
tellana recobre su antiguo esplendor: al 
cabo de los años mil, vuelven los coches 
por donde solían ir. 

En los buenos tiempos de la Castellana 
observábase un fenómeno que atestigua 
bien claramente de la exquisita delicadeza 
de sentimientos que suele existir en nues- 
tra sociedad distinguida. Como no había 
gente bastante para llenar los dos caminos 
que ciñen la carretera, acaecía que el pa- 
seo se fijaba en uno de ellos. Pues bien, las 
jóvenes distinguidas no pudiendo soportar, 
como es natural , el contacto de otras jó- 
venes menos distinguidas , empezaban á 
desertar del paseo acostumbrado yéndose 
por pelotones al otro camino. Desde allí, 
irguiendo la noble cabeza, miraban, al 
través de la red de carruajes, desfilar á sus 
enemigas naturales por el paseo de enfren- 
te. Que en esta mirada se advertía un so- 
berano desdén no hay para qué decirlo , y 
que este desdén se hallaba perfectamente 



176 



ARMANDO PALACIO VALDES 



justificado, tampoco creo necesario demos- 
trarlo. ¿Cómo ha de sufrir con paciencia, 
verbigracia, la hija de un auxiliar de la 
clase de primeros, que la de uno de la clase 
de cuartos pasee y disfrute de la vista del 
mundo en el mismo paraje que ella? Claro 
está que todos somos hermanos , pero no 
hay más remedio que atender un poco á 
los escalafones que de vez en cuando pu- 
blica el ministerio de la Gobernación, pues 
para algo se publican. Además, este deseo 
de separarse de la muchedumbre y del 
vulgo, señala en quien lo siente un espíri- 
tu fino y superior y temperamento aristo- 
crático. 

Sucedía, no obstante, que este tempe- 
ramento ó abundaba en demasía ó se fal- 
sificaba, como todas las cosas buenas, 
pues es lo cierto que unas tras otras , con 
más ó menos disimulo , todas las niñas del 
camino despreciado se iban pasando al ca- 
mino despreciador , quedando aquél al cabo 
de algún tiempo totalmente desierto. En- 
tonces las jóvenes del verdadero y genuino 
temperamento aristocrático se comunica- 
ban , no sé en qué forma , sus impresiones 



AGUAS FUERTES 



177 



dolorosas, y una tarde , cuando menos se 
pensaba, enderezaban. el paso, arrastradas 
por altos sentimientos, al camino abando- 
nado, donde permanecían hasta que de 
nuevo se veían molestadas y tornaban á 
ejecutar graciosamente la idéntica manio- 
bra. Cuando la Castellana vuelva á ser lo 
que antes , el paseo más concurrido de Ma- 
drid, confiamos en que se repetirá este 
fenómeno consolador hijo de una noble 
altivez , sin la cual no es posible el refina- 
miento de las costumbres ni el progreso 
de los pueblos. 

Aunque solitario, ó porque lo esté quizá, 
el paseo no deja de ofrecer atractivos, 
sobre todo para los melancólicos. No es 
frondoso y quebrado como el Retiro, ni 
presenta variación de ninguna clase; es 
una línea recta que se prolonga indefinida- 
mente con cierta severidad clásica y mu- 
nicipal convidando á los graves y tranqui- 
los sentimientos. La línea recta tiene tam- 
bién sus encantos , por más que yo prefie- 
ra la curva, como ya he tenido el honor de 
decir en tres distintas ocasiones. De noche, 
las dos hileras de faroles colocadas á en- 

12 



178 



ARMANDO PALACIO VALDES 



trambos lados de la carretera, ofrecen una 
perspectiva muy bella : son dos cintas pa- 
ralelas y luminosas que van á perderse en 
un fondo oscuro, donde una imaginación 
viva puede forjar, selvas dilatadas , abis- 
mos inmensurables ó un desierto poblado 
de monstruos. No sé hasta qué punto la 
comisión de alumbrado público ha hecho 
bien en buscar este nuevo aliciente para 
excitar la fantasía del vecindario. Sin em- 
bargo , fuerza es confesar que en esta oca- 
sión ha sabido herirla de un modo delicado 
y útil, revelando lo infinito por medio de 
una misteriosa é indefinida sucesión de 
faroles. 

Adornando los flancos del paseo, álzan- 
se un número considerable de hoteles y 
palacios de formas muy diversas, no siem- 
pre bellas, aunque sí caprichosas. Nues- 
tros banqueros y contratistas de obras pú- 
blicas no queriendo, como es natural, pagar 
tributo á lo prosáico de las construcciones 
modernas, han solicitado el concurso de 
las edades más poéticas de la humanidad 
y de las comarcas más pintorescas para le- 
vantar sus viviendas suntuosas. Se encuen- 



AGUAS FUERTES 



179 



tran allí, á poca distancia unos de otros, 
palacios egipcios , árabes , asirios , babiló- 
nicos, gallegos y catalanes. Por regla ge- 
neral están rodeados de jardines que la na- 
turaleza, secundada eficazmente por las 
mangas de riego, ha poblado de flores y 
verdor. He pasado muchas veces por allí y 
jamás he visto á nadie disfrutando de su 
amenidad, salvo los pájaros. Las ventanas 
de los palacios tienen las persianas echadas 
y reina tal silencio en sus inmediaciones, 
que cualquiera los creería deshabitados. 
Esto contribuye á despertar en la imagi- 
nación de los paseantes recuerdos ó sueños 
romancescos. Aquellos palacios deben de 
guardar seres bellos y felices que se alejan 
del ruido de la corte á fin de paladear con 
más tranquilidad su dicha. El amor debe de 
ser el dios á quien se rinde culto en tales 
nidos tibios y suntuosos. Algunas veces al 
través de sus persianas he oído los dulces 
acordes de un piano. ¡ Cuántas cosas bellas 
cruzaron entonces por mi mente ! ¡ Cuán- 
tas novelas interesantes se me presentaron 
de improviso ! 

Una mañana de primavera, impresiona- 



180 



ARMANDO PALACIO VALDES 



do por la reciente lectura de cierta novela 
de Octavio Feuillet, iba paseando distraí- 
do por aquellos silenciosos lugares gozan- 
do de la frescura y aroma de los árboles y 
de la grata soledad que allí imperaba. De 
pronto, al pasar por delante de uno de los 
palacios , creí percibir rumor de voces en 
el jardín. Al fin sorprendo á la enamorada 
pareja de este nido, me dije sonriendo; y 
con el corazón agitado y el paso cauteloso, 
me acerco á la verja revestida de una es- 
pesa cortina de madreselva y aplico el oído. 
Detrás del muro de verdura dos voces poco 
argentinas disputaban acaloradamente so- 
bre el proyecto de conversión de la deuda. 

Más allá de la Castellana se tropieza con 
el Hipódromo. Quisiera decir algunas pa- 
labras acerca del Hipódromo, pero creo 
que aún no ha llegado la época de juzgar 
con verdadera imparcialidad esta nueva 
institución. Las grandes reformas necesi- 
tan algunos años para desenvolverse y dar 
el fruto que el legislador ha buscado. Juz- 
gando hoy aquélla, temo incurrir en erro- 
res y apasionamientos, de los cuales me 
arrepentiría ya tarde. 



LOS MOSQUITOS LÍRICOS 



I 

milio Zola sostiene que los poetas 
líricos de ahora son pajaritos que 
cantan en el árbol de Víctor Hugo. 
Es la pura verdad. Carduci, ISlúñez de Ar- 
ce, Copee, Sully Prudhome, Campoamor 
y otros pocos no hacen más que glosar con 
dulzura el canto sublime del titán del si- 
glo xix, reflejar la luz gloriosa del astro 
que se está acostando entre vivas y esplen- 
dorosas llamaradas. 

Los grandes poetas gozan el privilegio 
de fundar ciclos donde van á reunirse los 
que cierta misteriosa simpatía y una evi- 
dente semejanza en la manera de sentir y 




182 



ARMANDO PALACIO VALDES 



pensar arrastra hacia ellos. Sin remontar- 
nos á tiempos antiguos, y fijándonos sola- 
mente en la época moderna, saltan á la 
vista ejemplos. Ahí está Goethe con su 
brillante falanje de poetas alegres, sere- 
nos, razonadores y sensibles. Ahí está By- 
ron con su numeroso cortejo de desgracia- 
dos, á quienes el mundo no comprende, 
almas doloridas, corazones que destilan 
sangre y versos lacrimosos. Y por último, 
vivo está todavía, por dicha nuestra, el 
egregio autor de las Orientales y la Hojas 
de Otoño , y viva también una gran parte 
de sus discípulos, cuyos trinos y gorgeos 
escucha el mundo con placer. 

Ni quiere decir esto que la circunstancia 
de estar comprendidos en un ciclo, prive á 
los poetas de originalidad. No hablamos 
aquí, ni valiera la pena de que habláse- 
mos, de aquellos que rastrean servilmente 
la pista del maestro para posar sus pies en 
las huellas que va dejando, porque no me- 
recen los tales nombre de poetas. Hace- 
mos referencia tan sólo á los que, recibien- 
do impulso y dirección de algún ingenio 
extraordinario, caminan solos y sin anda- 



AGUAS FUERTES 



183 



dores, representando cada cual dentro del 
ciclo un brillante color de los muchos en 
que la luz de la poesía puede descompo- 
nerse. Los que hemos citado más arriba 
pertenecen á ese número. Son poetas, por 
privilegio , de nacimiento , pero han naci- 
do bajo la influencia de un astro que aún 
resplandece sobre el horizonte , y no pue- 
den sustraerse á ella. Esto no les quita 
ningún mérito. Todos los objetos hermo- 
sos que existen en el mundo necesitan ab- 
solutamente la luz del sol , y , sin embargo, 
¿quién se acuerda de éste al contemplar 
su belleza? Además , en el firmamento las 
estrellas con luz refleja aparecen tan be- 
llas como las que la tienen propia. Algu- 
nas veces, cuando los astros de primera 
magnitud brillan muy lejos, no ostentan 
tanta hermosura como otros más peque- 
ños y cercanos; bien así como tal ó cual 
poeta de la antigüedad, con ser mucho 
más grande, no nos produce la impresión 
viva y profunda que otros modernos de 
importancia secundaria, pero que partici- 
pan de nuestra manera de sentir y pensar, 
y la reflejan. 



184 



ARMAND© PALACIO VALOÉS 



Adviértase también que los ingenios ex- 
traordinarios que comunican movimiento 
y señalan derrotero á un período literario, 
los que Juan Pablo Richter denomina ge- 
nios activos, son ó han sido muy pocos en 
el mundo. La mayor parte de los poetas 
que admiramos y nos deleitan pertenecen 
á la categoría de los que el mismo crítico 
llama genios pasiv os, si bien, á nuestro en- 
tender, incluye en este número á algunos 
que merecen ser colocados entre los pri- 
meros, como Rousseau y Schiller. 

Dejemos, pues, sentado que nos gustan 
todos los pájaros, ruiseñores, canarios, 
malvises y jilgueros que cantan en el árbol 
deque nos habla Zola. ¡Ojalá nos fuera 
permitido pasar la vida reclinados dulce- 
mente bajo su frondosa copa escuchándo- 
los! Pero todo el mundo se empeña en 
aconsejarle á uno que trabaje. Apenas nos 
distraemos un poquito con sus gorgeós, 
cuando nos dice la voz de cualquier fiscal 
municipal ó jefe de sección : « ¡ Hola ! ¿Ver- 
sitos, eh? ¡Vaya una gana que tiene V. de 
perder el tiempo ! » 

Y no es eso lo peor. Debajo del árbol no 



AGUAS FUERTES 



185 



se disfruta tampoco la paz y sosiego nece- 
sarios. Los mosquitos y moscones, las ara- 
ñas, los cínifes y bichos de todo linaje no 
dejan un instante de atormentarle á uno 
con su zumbido cuando no con sus pincha- 
zos. Excuso decir que me refiero á la nube 
de poetastros de todos sexos, edades y con- 
diciones que, para escarmiento de picaros, 
existe en la capital. 



IT 



Voy á hablar de algunos de nuestros 
mosquitos más distinguidos. Conviene de 
vez en cuando sacudirse las moscas. Diví- 
dense en cuatro grandes familias á cual 
más pervérsa y endemoniada. La primera 
es la de los mosquitos sentimentales, que 
son los de apariencia más inofensiva, aun- 
que en realidad haya motivo para guardar- 
se bien de ellos. Tienen un zumbido dulce 
y quejumbroso , que al principio no moles- 
ta gran cosa , pero que llega á hacerse in- 
soportable. Pe estos mosquitos, algunos 
empiezan á disgustarse de la vida así que 
entran á cursar la segunda enseñanza; sa- 
len generalmente suspensos en los exáme- 
nes , reciben innumerables coscorrones del 



188 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



jefe de la familia y se enamoran perdida- 
mente y en secreto de una mujer de trein- 
ta años. Hasta aquí sus extragos no pasan 
del círculo de la familia; mas al llegar á 
los diez y seis años comienzan á hacer co* 
pías amargas como la hiél, inspiradas por 
lo común en La desesperación de Espron- 
ceda, un estúpido y obsceno poema fabri- 
cado por algún estudiante de medicina para 
deshonrar el nombre del ilustre poeta. Es- 
tas coplas se escriben con lápiz mientras 
los papás se figuran que está allá en su 
cuarto enfrascado en el estudio , y sólo son 
admiradas de algún amigo discreto que re- 
cíprocamente presenta á su admiración 
otras coplas no menos amargas. Tal vez 
que otra estas coplas , que ruedan por los 
bolsillos de los pantalones hasta que se pu- 
dren , caen en manos de la mamá al tiem- 
po de coser ó acepillar la ropa : la mamá, 
claro es , no sabe lo que aquello significa, 
pero corre á mostrárselo al papá, ¡y aquí 
fué Troya! Este considera á su hijo sumi- 
do en un piélago de liviandades, se pone 
lívido , lanza profundos suspiros de congo- 
ja, y después de un enérgico discurso, en- 



AGUAS FUERTES 



189 



la culpable cierra bajo llave durante ocho 
días. La mamá, más dispuesta como mu- 
jer á los sentimientos dulces, acude á la 
religión y le lleva á confesar con un sabio 
jesuíta, no sin que el joven poeta proteste 
sordamente , pues ya han huido de su ator- 
mentado espíritu las consoladoras creen- 
cias de los primeros años. Aunque pide per- 
dón á su mamá y le promete no volver á 
escribir porquerías , el mosquito sentimen- 
tal no puede prescindir de continuar zum- 
bando á escondidas de su familia : las per- 
secuciones, lejos de abatirle, encienden 
más y más el horno de su inspiración y le 
acaban de persuadir de que la copa de la 
vida está llena hasta los bordes de cierto li- 
cor ponzoñoso , y que él se encuentra obli- 
gado á apurarla hasta las heces. Un perió- 
dico semanal de la población se encarga de 
comunicar este su convencimiento al pú- 
blico, expresado en términos solemnes, 
aunque sin gramática. Desde esta fecha, 
nuestro mosquito comienza á gozar de una 
envidiable reputación que se extiende co- 
mo mancha de aceite por toda la provincia. 
No obstante , por más que la opinión fa- 



190 



ARMANDO PALACIO VALDES 



vorable de sus paisanos sea un bálsamo 
precioso para cicatrizar las heridas del co- 
razón , todavía no está satisfecho y medita 
seriamente un día y otro en venir á zum- 
bar á Madrid, á fin de que se le oiga en 
todos los ámbitos de la península. El papá, 
que ya se va convenciendo de que su hijo, 
aunque haya salido suspenso en la mayor 
parte de las asignaturas, llegará á ser hom- 
bre célebre , consiente en hacer un sacrifi- 
cio. Ya le tenemos en la Corte. A los cua- 
tro meses justos publica una composición 
en cierta revista literaria ; á los quince días 
otra , á los quince días otra , y así sucesi- 
vamente sigue zumbando periódicamente 
durante dos años. Al fin se decide á colec- 
cionar sus poesías en un tomo. El papá 
vende una finca y le remite dinero. Pide 
un prólogo á Cañete, y este señor, que ja- 
más se niega á tales cosas , dice al frente 
del libro en lenguaje castizo que hay en él 
composiciones muy lindas, y las cita; que 
el autor muestra por lo general mucha «ele- 
gancia, donaire y estro», y que el joven 
mosquito, si no se desgracia, llegará á ser 
un moscón insigne. Desgraciadamente, es- 



AGUAS FUERTES 



191 



ta profecía permanece guardada como san- 
ta reliquia en el almacén de algún librero 
que ha aceptado eltomo en comisión. Trans- 
curren meses sin que ningún humano ven- 
ga en demanda del tomo de Preludios (es- 
tos mosquitos casi siempre ponen á sus 
zumbidos algún nombre musical : prelu- 
dios, arpegios, acordes, calderones, etc.), 
hasta que el libiero se cansa de tener tan- 
to papel inútil en el almacén y decide vol- 
vérselo á su dueño ó comprarlo al peso. 
Esta es una de las soluciones. Otra consis- 
te en que D. Modesto Fernández y Gonzá- 
lez interponga su influencia para que el 
Ministerio de Fomento le tome quinientos 
ejemplares con destino á las bibliotecas pú- 
blicas. Los súbditos españoles que las fre- 
cuentan no podrán menos de agradecer al 
Ministro el interés con que mira el cultivo 
de sus facultades imaginativas : todos los 
años les remite algunos miles de quintales 
de ternezas rimadas. 

De todos modos, la falta de dinero es 
una de las causas primeras de mortandad 
en la familia de los mosquitos sentimenta- 
les. Los que consignen sobrevivir á tal cau- 



192 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sa y llegan á dar una velada en el Ateneo 
de Madrid, están salvados. El Ateneo es 
para los mosquitos el oxígeno. Cuando al- 
guno anda alicaído , asfixiado por la indife- 
rencia del público y á medio morir , no tie- 
ne más que venir á leer ante esta docta 
corporación, y se le verá inmediatamente 
revolotear lleno de vida y alegría. El Ate- 
neo , en achaque de versos , es de una po- 
tencia digestiva superior á la de los tiburo- 
nes y avestruces. Los botones de metal y 
los pedazos de vidrio que dicen que estos 
animales digieren, no son nada compara- 
dos con los versos que yo he visto tragar 
en el Ateneo ; un padre cariñoso no haría 
más por su hijo que lo que suele hacer este 
cuerpo docente por los mosquitos de que 
acabo de hablar. 



III 



Otra de las grandes familias en que se 
divide la especie de los mosquitos líricos, es 
la de los filósofos ó trascendentales. No tie- 
ne la misma fuerza reproductiva , y por con- 
secuencia no es tan numerosa, pero en cam- 
bio es infinitamente más devastadora. El 
mosquito filosófico suele leer mucho, y es- 
tá, por lo general, bastante enterado de las 
literaturas extranjeras; apunta cuidadosa- 
mente en un libro de memorias las frases 
brillantes y los pensamientos profundos. y 
esmalta con ellos sus híbridos engendros; 
no es partidario del arte por el arte, ni gus- 
ta de la literatura frivola que sólo aspira á 
conmover y recrear ; de las tres dimensio- 
nes de los cuerpos , longitud , latitud y pro- 
ís 



194 



ARMANDO PALACIO VALDES 



fundidad , no admite más que la última. Es 
mucho más objetivo que sus colegas los 
sentimentales, y aun cuando manifiesta 
tendencias muy marcadas hacia el pesimis- 
mo, no llega á él por el camino puramente 
subjetivo y personal de aquéllos sino me- 
diante el estudio reflexivo de los fenómenos 
y las leyes, por lo cual su pesimismo es 
siempre más lúgubre, más desgarrador, 
como que es el resultado lógico de un sis- 
tema , de un vasto y profundo concepto de 
la existencia. Desde niño se observa en él 
gran amor á lo general y mucho desdén por 
lo particular. Estas nobles aficiones le han 
perdido á menudo en los exámenes duran- 
te la segunda enseñanza : se empeñaba en 
contestarlo todo á ratione y en resolver las 
más árduas cuestiones de plano y según le 
dictaba su alto entendimiento. En historia 
natural salió suspenso , porque habiéndole 
preguntado las clasificaciones, contestó que 
él no admitía clasificaciones en la natura- 
leza, que el mundo debía considerarse siem- 
pre en su unidad indivisible y permanente, 
y que todas las clasificaciones estaban su- 
jetas á cambios incesantes, según los pro- 



AGUAS FUERTES 



195 



gresos que se hicieran en el estudio de la 
materia. Los profesores de instituto (salvo 
honrosas excepciones) , son más dados álo 
temporal que á lo permanente, y el mos- 
quito filósofo padece por esta causa muchos 
vejámenes en los albores de la vida. 

Después de formada su opinión en lo 
que atañe á la existencia, al amor, á la re- 
ligión, á la muerte, etc., etc., nuestro mos- 
quito adopta la manera que le parece más 
interesante para zumbarla al oído del pú- 
blico. Unas veces se presenta con un ex- 
cepticismo risueño y paradógico que pare- 
ce decir á los lectores: «Yo no creo en 
nada, ni en Dios, ni en los hombres, ni 
en la madre que me parió, pero me gusta 
aprovecharme de las cosas buenas que en 
el mundo nos encontramos , como el amor, 
los buenos vinos, los paisajes bonitos, et- 
cétera, etc., y vamos viviendo. » Su maes- 
tro es Campoamor, á quien imita no tan 
sólo en el pensamiento sino en la frase, ex- 
presando las ideas elevadas y abstrusas en 
forma llana y corriente, y así como el ilus- 
tre poeta , también él desciende á los por- 
menores vulgares de la existencia y se com- 



196 ARMANDO PALACIO VALDES 



place en describir lo pequeño é insignifi- 
cante. 

« Yo no voy á la escuela 
aunque me pegue mi señora abuela. » 

¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué 
amable sencillez se advierte en esta y en 
otras frases que se encuentran esparcidas 
por una muchedumbre de poemas no bas- 
tante apreciados del público ! 

Otras veces prefiere envolver sus vastas 
concepciones poéticas y metafísicas, en un 
misterioso simbolismo atestado de laberin- 
tos. Su modelo entonces es el Fausto de 
Goethe, ó el Manfredo de Byron. Pasa 
unos cuantos años escribiendo un grandio- 
so poema, del cual lee solamente de vez 
en cuando, en Academias y Ateneos algu- 
nos fragmentos que dejan en suspensión y 
espanto el ánimo de algunos amigos. En 
este poema todos los seres animados ó in- 
animados del universo expresan su opinión 
acerca del misterio de la existencia; y de 
la suma de estas ideas se propone el autor 
que resulte la clave de todo. Las diversas 
opiniones se expresan en el poema del mos- 
quito filósofo por medio de voces que van 



AGUAS FUERTES 



197 



sucesivamente gritando por las páginas del 
libro. Cuanto existe y cuanto ha existido 
tiene voz y voto en el poema: la voz de la 
esclavitud, la vos de la libertad, la voz de 
las ciudades, la voz de los campos, la voz 
de la iglesia, la voz de la administración, 
la voz de los colegios electorales, la voz de 
los tribunales colegiados, la voz de los edi- 
ficios del Estado, etc., etc. Pero las cosas 
mejores las dice siempre una voz anónima, 
que debe de ser la del autor. De todo ello 
resulta que la vida es un lazo insidioso que 
nos ha tendido una voluntad perversa, y 
que para vencer á esta voluntad no hay 
otro medio que el suicidio, el suicidio de la 
humanidad entera. 

A pesar de estas lúgubres y espantosas 
conclusiones, y del pesimismo que mina 
su preciosa existencia, el mosquito filósofo 
gusta extremadamente de que El Impar- 
cial y El Globo digan en su hoja literaria 
que zumba con corrección y elegancia. 

Viene después la familia de los legenda- 
rios, que estaba á punto de desaparecer de 
la fauna, y que merced á ciertos trabajos 
misteriosos de la naturaleza poderosamen- 



198 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te secundada por la sección de literatura 
del Ateneo de Madrid , ha vuelto á cobrar 
vida en estos últimos años. • 

Los legendarios aborrecen la edad mo- 
derna y desprecian la antigua. La única 
época histórica que les seduce es la com- 
prendida entre la irrupción de los bárbaros 
y el Renacimiento. Dentro de esta época 
la institución que despierta en su juvenil 
fantasía mayor copia de romances octosíla- 
bos y endecasílabos, es el feudalismo. El 
mosquito legendario no comprende cómo 
se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, 
puentes levadizos, cascos y cimitarras. 
El amor no tiene atractivo para él , sino 
cuando la dama aguarda toda la noche á 
su galán en una ventana del castillo, sin 
miedo á catarros ni á reumatismos, y el 
galán despacha al otro barrio media doce* 
na de deudos para llegar hasta ella. Los 
combates, las emboscadas, los asaltos, los 
pisos que se hunden para sumirle á uno en 
profunda mazmorra, los fosos, los despe- 
ñaderos, etc., etc., son las únicas cosas 
que entusiasman á nuestro mosquito. En 
su concepto, no se puede vivir á gusto, sino 



AGUAS FUERTES 



199 



con el alma en un hilo. Sus poemas, por 
consiguiente, están saturados de aquellos 
elementos que admiten muchas y variadas 
combinaciones , según puede verse en las 
infinitas leyendas que los lectores habrán, 
sin duda, oído recitar en su vida. 

El argumento es lo único permanente ó 
inalterable en estas leyendas; un amor 
desgraciado por la enemistad tradicional 
de los papás de los novios; dos señores 
feudales de coitos alcances y que padecen 
de atrabilis ; los chicos que no se resignan 
á ser desgraciados y continúan sus relacio- 
nes hasta que una noche los sorprenden 
juntos y les arman un belén; el padre de 
la niña que encierra á su presunto yerno 
en una mazmorra , y le tiene á pan y agua 
sujeto con cadenas; el novio que se escapa 
ayudado por la niña, y viene después con 
su mesnada á dar un asalto á su suegro; 
rapto de la novia; el papá suegro que no 
se resigna, arma su mesnada y va á dar 
otro asalto á su yerno y le lleva la novia; 
el yerno, que tiene muy malas pulgas y 
arma de nuevo su mesnada y vuelve á ro- 
bar la chica, etc., etc. Los asaltos se pro- 



200 



ARMANDO PALACIO VALDES 



longan hasta que la novia, fatigada de tan- 
to trasiego de un castillo á otro , se decide 
á espirar. 

Con este sencillo argumento, que mu- 
chos años de uso han consagrado, lograron 
triunfos imperecederos una muchedumbre 
de mosquitos, cuyos nombres guardará 
tan cuidadosamente la historia, que nadie 
los averiguará jamás. Dentro de él caben 
infinitas combinaciones, bellas é intere- 
santes , según el número y distribución de 
los asaltos y lo sangriento de la lucha; se- 
gún la calidad del novio , que puede ser ca- 
ballero y trovador ó caballero solamente; 
el carácter del paisaje, que puede estar 
cerca del océano ó en lo interior de la sie- 
rra; el corcel del amante, que puede ser 
blanco, negro ó alazán, etc., etc. De todos 
modos, yo aconsejo á los jóvenes líricos 
que no se aventuren por ninguna conside- 
ración á cambiarlo, pues al romper con los 
usos establecidos se corre grave peligro , y 
no en vano está sancionado desde tiempo 
inmemorial por cien generaciones de mos- 
quitos. 

Por último, hablaré del mosquito clási- 



ACxUAS FUERTES 



201 



co. Lleva la ventaja á sus compañeros de 
que ha estudiado regularmente la segunda 
enseñanza y conoce la retórica de Hermo- 
silla. Ha obtenido siete escribanias de pla- 
ta en otros tantos certámenes poéticos 
abiertos en varias provincias de España, y 
en todas partes se han hecho lenguas de 
su forma, que los periódicos califican cons- 
tantemente de gallarda. Como es natural, 
desprecia profundamente el fondo, en el 
cual no ha brillado ni brillará, y admira 
en primer término, tratándose de poesía, 
la paciencia, que es la facultad que todo 
clásico debe cultivar con predilección. Así 
que , cuando habla de alguna composición 
poética, nunca se mete á averiguar si es 
elevada ó rastrera, original ó vulgar, si tie- 
ne ó no tiene inspiración : lo único que 
aprecia en ella es si está ó no está bien 
trabajada. No puede ver á un buen eba- 
nista dando los últimos toques á una cómo- 
da sin exclamar para sus adentros : ¡ Qué 
lástima de poeta! 

Por lo general viene á Madrid recomen- 
dado á D. Aureliano Fernández Guerra ó á 
Barrantes, á quienes admira de buena ó 



202 



ARMANDO PALACIO VALDES 



de mala fe , que eso no importa , y les lee 
unos cuantos sáficos adónicos y algunas 
espinelitas : los académicos se dignan de- 
cirle que es muy «donoso y maleante», y 
que sus composiciones están llenas de «sen- 
tencias briosas y sales irónicas». Abroque- 
lado con este juicio nuestro mosquito, da 
algunas lecturas en la Juventud Católica 
y publica varios fragmentos en La defen- 
sa de la Sociedad, hasta que, por con- 
sejo de sus amigos académicos, deja repen- 
tinamente de zumbar. Escribiendo y pu- 
blicando no se va á ninguna parte. Para 
que un literato alcance respetabilidad y 
obtenga la admiración de la gente, es con- 
dición ineludible que no escriba poco ni 
mucho. 

Entonces el mosquito clásico se dedica 
á despellejar á Echegaray, á Castelar, á 
Pérez Galdós, y en general á los escritores 
que son leídos y aplaudidos. Al mismo 
tiempo se deshace en elogios de todo lo 
ñoño , pobre y ridículo que se publica ó se 
representa, con lo cual satisface sus ins- 
tintos y á la vez regocija á los astros lite- 
rarios que le iluminan en su carrera. 



AGUAS FUERTES 



203 



Es el peor intencionado de los mosqui- 
tos que hemos estudiado, y por eso es el 
único que tiene buen paradero. Sus com- 
pañeros arrastran una vida miserable y 
triste; ó vuelven á vejetar á su pueblo, ó se 
distribuyen por los ministerios de auxilia- 
res y escribientes , ó entran de factores en 
alguna compañía de ferrocarriles, ó mue- 
ren en el hospital. Pero el mosquito clási- 
co ¡ni por pienso! Ahí están sus protecto- 
res, que le hacen archivero-bibliotecario, 
ó le dan una comisión lucrativa en país ex- 
tranjero, ó le ayudan á salir diputado y á 
ser director general y ministro. Después 
de algunos años de mantenerse firme en 
no escribir, de frecuentar los salones aris- 
tocráticos y de despellejar sin piedad á 
cualquier escritor que muestre talento y 
fantasía poco comunes, el mosquito clási- 
co como recompensa de su brillante cam- 
paña, es conducido en triunfo á la Acade- 
mia de la Lengua. Que á todos mis lecto- 
res deseo. Amén. 




EL ÚLTIMO BOHEMIO 



o hace todavía dos años que pasan- 
do por la Carrera de San Jerónimo 
di con un amigo periodista, que 
me dijo al tiempo de saludarme : — Vaya us- 
ted por la calle de Sevilla y verá V. á Pe- 
layo del Castillo acostado en la acera. 

Había oído hablar muchísimo de este 
personaje y tenía la cabeza llena de sus 
extravagancias y proezas tabernarias : ha- 
bía visto en los teatros una pieza suya ti- 
tulada El que nace para ochavo , no des- 
provista enteramente de gracia: no quise, 
pues , perder la ocasión de conocerle. A los 
pocos pasos encontré á Urbano González 
Serrano, conocido seguramente de todos 




206 



ARMANDO PALACIO VALDES 



mis lectores, y le invité á venir conmigo, 
lo que aceptó con gusto. Ambos nos dirigi- 
mos al lugar que me habian designado, ó 
sea, la acera de la calle de Sevilla colocada 
en el sitio de los recientes derribos , donde 
tumbado boca arriba, con la cabeza apo- 
yada en una piedra y expuesto á los rigo- 
res del sol, vimos á un mendigo sucio y 
desarrapado. ¡Cómo se nos habia de ocu- 
rrir que aquel hombre fuese Pelayo del 
Castillo ! Tenía la cabeza enteramente des- 
cubierta y llena de greñas , el rostro en- 
cendido , el cuerpo envuelto en un andrajo 
que parecía el residuo de una capa, los 
pies metidos en dos cosas asquerosas que 
en otro tiempo habían sido alpargatas. 

Todo nos volvíamos mirar á un lado y 
á otro explorando la calle en busca de 
nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin 
nuestros ojos se encontraron y le pregunté 
recelosamente designando al mendigo: 

— ¿ Será ese? 

— ¡Imposible! — replicó Serrano. 

No obstante, en la frente de aquel hom- 
bre había algo que no suele verse en las de 
los braceros; era una frente degradada , pe- 



AGUAS FUERTES 



207 



ro era una frente donde se había pensado. 
Insistí en que lo averiguásemos, y acer- 
cándonos á él, Serrano le sacudió leve- 
mente ; 

— Oiga V ¿es V. D. Pelayo del Cas- 
tillo? 

El mendigo se incorporó lentamente y 
restregándose los ojos y abriéndolos con 
dificultad á causa de la gran irritación de 
los párpados, contestó mal humorado : 

— -No señor, yo no soy ese Pelayo del 
Castillo. 

Serrano se quedó un instante suspenso. 
Los dos comprendimos, sin embargo, que 
era él. 

— ¿De veras no es V. Pelayo del Castillo? 
— No señor. 

Después de comunicarnos en voz baja 
nuestra opinión contraria, sacamos cada 
cual una moneda del bolsillo. 

—Tome V. 

— No señor — repuso rechazándolas con 
la mano y el gesto — yo no puedo aceptar 
eso yo no les conozco á ustedes. 

— Somos dos aficionados á las letras; 
tome V. 



208 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Con algún trabajo hicimos que al fin las 
aceptase. Levantando entonces la cabeza 
que tenía doblada sobre el pecho , nos pre- 
guntó. 

— ¿A quién debo dar las gracias?... 

— Nuestros nombres no importan nada: 
somos dos amigos de la literatura: quede 
V. con Dios. 

Y nos alejamos apresuradamente mien- 
tras él repetía esforzando la voz. 

— Gracias, caballeros... yo quisiera sa- ' 
ber... 

A los pocos pasos volví la cara. Estaba 
mirando las monedas. Al verle de aquella 
suerte, sentado en el suelo, cubierto de an- 
drajos y la cabeza desnuda al sol, me 
sentí conmovido. ¡Será posible que ese 
desdichado sea un literato; que haya escu- 
chado los aplausos del público y alternado 
con los hombres más distinguidos de Espa- 
ña! Y en aquel instante se me ocurrió es- 
cribir algo acerca del estado en que se ha- 
llan los literatos y artistas en nuestra na- 
ción. Celebro no haberlo hecho, porque 
desde entonces hasta ahora se han modifi- 
cado bastante mis opiniones en este asunto. 



AGUAS FUERTES 



209 



Impresionado por el espectáculo que aca- 
baba de presenciar, no pude menos de di- 
rigir in mente amargas recriminaciones á 
la patria que deja perecer de hambre á to- 
do el que se dedica al cultivo de las letras 
y las artes y ensalza y pone sobre su ca- 
beza á cualquier necio que se engolfa en la 
política sin más equipaje que su desver- 
güenza. Algo, y aun mucho de esto, es 
verdad; pero no es toda la verdad. Para 
resolver un problema es necesario exami- 
narlo en todos sus aspectos. 

Primeramente, la nuestra, es una na- 
ción de diez y seis millones de habitantes: 
por lo mismo , es absurdo pretender que 
el literato que vive del público, sea aquí 
remunerado como en Francia ó Inglaterra, 
donde la población es más del doble. A 
más de ser el número de lectores menor 
en absoluto, lo es también relativamente: 
si en Francia leen diez por cada ciento , en 
España no lee siquiera uno, entre otras 
razones , porque no saben , y es fuerza , por 
lo tanto, que este uno ó este medio por 
ciento eche sobre sus hombros la carga de 
alimentar á todos los que con razón ó sin 

14 



210 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ella nos dedicamos á escribir para el públi- 
co. Harto hace, á mi entender, con ayu- 
darnos á vivir modestamente : no le pida- 
mos hoteles , coches y alfombras como en 
Francia ó Inglaterra porque no puede dár- 
noslos. 

Claro es que el número insignificante de 
lectores depende del atraso del país, del 
detestable gobierno que nos ha regido , nos 
rige y nos regirá , de la influencia veneno- 
sa de la política y de otras mil causas enu- 
meradas á la continua en libros y en pe- 
riódicos. Aquí está la parte de culpa de la 
nación, que realmente no es menuda. 

Mas también los artistas y literatos ayu- 
dan con su conducta al estado miserable 
en que se hallan. En España se ha enten- 
dido hasta ahora que el poeta ó el artista 
es un sér mitad humano mitad angélico á 
quien no sientan bien los deberes y hábitos 
exigidos á los demás hombres. Todo hom- 
bre debe trabajar para ganarse el sustento; 
pues el literato no. Todo hombre debe ser 
previsor y separar de lo que gana una par- 
te para mañana; pues el literato está exen- 
to de tal carga. Pasar la vida holgando y 



AGUAS FUERTES 



211 



tomar la pluma en los momentos de inspi- 
ración (que no suelen venir precisamente 
cuando se está ayuno) ; vender los produc- 
tos del ingenio al primer editor usurero con 
quien se tropieza; gastarse el dinero ale- 
gremente en un día y pasar el resto del 
mes viviendo del crédito, si es que lo hay; 
tal ha sido hasta la fecha el proceder de 
la mayor parte de nuestros literatos. En 
algo se han de distinguir los seres inspi- 
rados de los que no lo son. 

Y si esta era la conducta de los gran- 
des ingenios , de los hombres más eminen- 
tes, calcúlese cuál sería la de los adoce- 
nados , los que no pudiendo elevarse has- 
ta ellos por la belleza de las obras imitan 
su vida exterior y hasta pretenden oscu- 
recerla (y á veces lo consiguen) por me- 
dio de enormes extravagancias y atroci- 
dades. Hubo una época en que la bohe- 
mia invadió toda la literatura. Para ser 
literato era preciso no sólo ser un perdulario 
sino afectarlo; vivir á la ventura, no pa- 
gar á la patrona (este era el artículo pri- 
mero del código bohemio), dormir algu- 
nas veces al aire libre, rodar noche y día 



212 



ARMANDO PALACIO VALDES 



por los cafés , pedir dinero á todo el mun- 
do con resolución de no devolverlo, po- 
nerse las camisas y las botas de los ami- 
gos, dar mico al sastre, jugar, emborra- 
charse, etc., etc. Los que tenían gracia 
solían emplearla, en estas cosas y se ha- 
cían célebres. Todavía se cuentan con en- 
tusiasmo las pasadas que á sus patronas, 
sastres y zapateros han jugado algunos es- 
critores de menor cuantía, y hay quien les 
admira por ellas más que por sus obras: 
quizá tengan razón , porque estos literatos 
tan chistosos para no pagar, no solían ser- 
lo tanto para escribir. 

De la falange délos bohemios, que repi- 
to comprende la mayor parte de los escri- 
tores que han parecido de treinta ó cua- 
renta años á esta parte , algunos , muy po- 
cos por supuesto , han conseguido inmor- 
talizarse con sus escritos; otros abando- 
nando la literatura se han hecho personas 
formales y han entrado en la política ó los 
negocios: éstos son los que mejor han li- 
brado; pero uno que otro, ó más viciosos 
ó más soberbios ó menos aptos han per- 
sistido con extraña tenacidad en su vida 



AGUAS FUERTES 



aventurera y en sus costumbres abyectas 
que los han conducido rápidamente á un 
abismo de degradación. El representante 
genuino de estos últimos, el más empeder- 
nido, el que gozaba de más notoriedad 
era Pelayo del Castillo, fallecido recien- 
temente en el hospital. Este desgraciado 
fué victima de su indolencia y de sus vi- 
cios, pero en parte también de las ideas 
dominantes en su tiempo acerca del papel 
que en el mundo debe el literato represen- 
tar. Si en vez de celebrarse como chistes 
los vicios , el desaseo, la desvergüenza y el 
desarreglo de las costumbres , se conside- 
raran como graves y repugnantes defectos, 
ni éste ni otros desdichados hubiesen lle- 
gado á tal extremo de miseria. Nada hay 
tan funesto como presentar al hombre un 
ideal que no esté de acuerdo con los pre- 
ceptos de la virtud y halague al «propio 
tiempo sus malas propensiones. 

Por fortuna el ideal ha desaparecido y 
sus representantes no tardarán en desapa- 
recer. El literato ya no pide á la sociedad 
privilegios inmorales: es un hombre que 
debe trabajar como los demás y sacar el 



214 



ARMANDO PALACIO VALDES 



mejor partido posible de sus productos. Si 
no puede vivir de la pluma, porque en Es- 
paña no existan todavía medios de remu- 
nerarle cumplidamente , debe alternar sus 
ocupaciones literarias con otras de diversa 
índole. Si puede vivir , aunque sea modes- 
tamente, debe trabajar diariamente como 
cualquier otro obrero. Claro es que no se 
le han de exigir las mismas horas de tra- 
bajo que á un covachuelista, porque el del 
escritor es más intenso; pero se marcará las 
que sin detrimento de la salud pueda lle- 
nar. La teoría de la inspiración es falsa y 
ridicula: la inspiración acude delante de 
las cuartillas y de los libros , no en las me- 
sas de los cafés ni en las salas de juego: 
cuando no gusta lo que se ha escrito , se 
rompe y se escribe de nuevo preparándose 
convenientemente con el estudio y la me- 
ditación; pero no se van á buscar ideas á 
la ruleta. 

Hay ejemplos irrecusables que comprue- 
ban la verdad de lo que acabo de manifes- 
tar. El hombre más inspirado del siglo 
xix, Víctor Hugo, el inmortal autor de 
las Hojas de Otoño, trabaja diariamente 



AGUAS FUERTES 



215 



un número crecido de horas. Balzac, el 
coloso que rivaliza con él, trabajó más que 
nadie en el mundo. Ni uno ni otro han ne- 
cesitado esperar la inspiración jugando á 
las siete y media. No obstante , es fuerza 
declarar que para hacer lo que estos hom- 
bres , además de su ingenio soberano , se 
necesita un gran vigor corporal que pocos 
poseen : mas á nadie se le pide sino lo que 
puede ejecutar buenamente. En España 
tenemos dos ejemplos notabilísimos : uno 
es el del primero de los oradores contem- 
poráneos, D. Emilio Castelar, el cual se 
puede decir que trabaja de la salida á la 
puesta del sol como el último obrero , ha- 
ciendo sudar á todas las prensas del orbe 
y atendiendo al propio tiempo á sus ta- 
reas políticas: es de la raza de los atletas 
como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el 
ilustre novelista D. Benito Pérez Galdós, 
embebido noche y día en un iníenso tra- 
bajo literario , aprovechando todos los mo- 
mentos de la existencia para preparar y 
escribir sus obras inmortales. 

Abandonemos, pues, para siempre el 
romanticismo bohemio, plaga de nuestra 



216 



ARMANDO PALACIO VALDES 



literatura , que degrada al escritor y lo po- 
ne á merced de los intrigantes políticos y 
de los especuladores avaros. El literato 
necesita independencia , un relativo bien- 
estar y sosiego para entregarse á su traba- 
jo , el cual de esta suerte se hace leve y 
ameno. Nada me aflige tanto como ver á 
un hombre ilustre y respetado en la repú- 
blica de las letras , arrastrarse á los pies de 
cualquier político estólido en demanda de 
un destino ó una pensión : me parece que 
aún subsiste aquel doloroso estado del tiem- 
po de Cervantes , en que los literatos eran 
los domésticos de los magnates; aún peor 
hoy, pues que tienen que adular á los que 
han sido sus compañeros, á quienes han 
aventajado siempre en el talento, y que 
por dedicarse á la política, maltrechos 
quizá en la literatura , ocupan altas posi- 
ciones y otorgan mercedes. 

Pero si todavía es poco lisonjera la si- 
tuación del escritor en España, en el hori- 
zonte se divisan ya señales de un nuevo y 
mejor estado. De algunos años á esta par- 
te ha mejorado notablemente el aspecto 
económico de las letras : ya los autores ó 



AGUAS FUERTES 



217 



poetas que abastecen el teatro, pueden 
vivir de sus obras, y dentro de algunos 
años tal vez los que escriben libros y ar- 
tículos puedan hacer lo mismo. Se fundan 
casas editoriales serias y acaudaladas en 
sustitución de los editores sórdidos é inep- 
tos que antes se lucraban con la miseria 
del escritor ; muchos literatos administran 
sus obras con acierto, otros se hacen pagar 
dignamente, y casi han desaparecido los 
necios que por verse en letras de molde es- 
criben de balde. En este respecto , preciso 
es confesar que la población de España que 
más está haciendo para procurar indepen- 
dencia al literato, beneficiando sus obras 
con habilidad en la península , explotando 
los mercados de América para nosotros ce- 
rrados hasta ahora y arriesgando fuertes 
capitales en este negocio , es Barcelona. Si- 
guiendo de tal suerte , y si Madrid no tra- 
baja algo más en pro de las artes y las letras 
patrias, barrunto que pronto será Barcelo- 
na el centro intelectual de España. 



LOS AMORES DE CLOTILDE 



(novela) 



' N el cuarto de Clotilde , primera ac- 
r triz de uno de los teatros más im- 
; portantes de la capital, se reúnen 
todas las noches hasta media docena de 
amigos. La tertulia dura casi siempre tan- 
to como la representación; pero tiene al- 
gunos paréntesis. Cuando la actriz necesi- 
ta cambiar de traje se dirige á sus tertulios 
con sonrisa graciosa y ojos suplicantes : 

— Señores, ¿me dejan ustedes un mo- 
mentito?... un momentito nada más. 

Todos se van al saloncillo y aguardan 
con paciencia : me he equivocado , no to- 
dos, porque el más joven de ellos , que es- 



220 



ARMANDO PALACIO VALDES 



tudia hace tres años el doctorado de medi- 
ciña , aprovecha la ocasión y va á dar una 
vuelta por los bastidores á estirar un poco 
las piernas y á pescar algún beso desca- 
rriado. Pero en fin, la mayoría espera pa- 
seando ó sentada á que Clotilde entre- 
abra la puerta y asomando su cabeza de 
reina ó de villana , según el papel que va á 
representar, les grite: 

— Adelante, caballeros... ¿He tardado 
mucho? 

Para D. Jerónimo siempre. Es el último 
que sale refunfuñando y el primero que en- 
tra en el cuarto. No acaba de transigir con . 
esta púdica costumbre: y aunque no se 
atreva á expresarlo , allá en el fondo de su 
pensamiento encuentra poco cortés que se 
le eche de su asiento para que aquella mo- 
cosita se vista: ¡ á él que hace treinta años 
pasa la vida entre bastidores y ha sido el 
íntimo de todas las actrices y actores anti- 
guos y modernos ! 

Tiene cincuenta y cuatro años, y es em- 
pleado en el Ministerio de Ultramar desde 
los veinticinco. Todos los Gobiernos le han 
respetado como una rueda indispensable 



AGUAS FUERTES 



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de la maquinaria administrativa de las 
colonias: soltero y mártir de las patronas. 
Allá en su juventud se cuenta que escri- 
bió un drama que le valió una silba y la 
entrada por toda la vida en el escenario 
de los teatros. Besignado ó no resignado 
con el fallo del público, dejó de escribir 
dramas y adoptó el noble papel de protec- 
tor de autores y artistas desconocidos y de 
empresas arruinadas. El joven provincia- 
no que llegase á Madrid con un drama en 
el bolsillo, no podia emprender camino 
mejor para verlo representado que el de la 
casa de D. Jerónimo. Todo lo acogía con 
los brazos abiertos, malo y bueno. Sin em- 
bargo, como era asaz rudo en sus moda- 
les, no escatimaba á los autores noveles 
que se confiaban en él y le leían sus pro- 
ducciones , las censuras fuertes y hasta los 
insultos: — «Toda esa relación es puro fá- 
rrago; eche V. tinta sobre ella. — Pero ven- 
ga V. acá , alma de Dios , ¿cómo quiere us- 
ted que un hombre que está á punto de 
matar á otro, suelte diez y siete décimas 
sin respirar! — ¡Jesús qué disparate! ¡Amor 
platónico á una prostituta! ¡Usted se ha 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



caído de un nido , joven ! » El que entendía 
un poco la aguja de marear no se incomo- 
daba , seguía adelante y al terminar depo- 
sitaba el manuscrito en manos de D. Je- 
rónimo. Y era bien seguro que el drama se 
ponía en escena. El veterano de los basti- 
dores ejercía mucho ascendiente con ribe- 
tes de miedo sobre empresas y cómicos: 
cuando se incomodaba ¡ tenía una lengua! 
Si el drama era silbado , protestaba lleno 
de ira contra el juicio del público y seguía 
protegiendo con más fuerza al autor. Si lo- 
graba buen éxito , callaba y sonreía volup- 
tuosamente, pero no volvía á acercarse al 
poeta aplaudido. Cuando éste se quejaba 
de su desvío, respondía: «Usted ya ha de- 
mostrado que tiene alas ; vuele V. , amigo 
mío , vuele V. , que yo tengo que soltar á 
otros pobrecitos ». 

Su vida privada ofrecía muy poco de 
particular. Todas las noches , al salir del 
teatro , se iba al café Habanero , donde ce- 
naba constantemente un beefsteak con una 
chica de cerveza. Y, según cierto amigo 
que le había observado repetidas veces, 
combinaba siempre su refacción con tal ar- 



AGUAS FUERTES 



223 



te, que había de concluir al mismo tiem- 
po con el último bocado de carne, el úl- 
timo de pan y el último sorbo de cerveza. 

Esta noche la tertulia se presenta muy 
animada. Los amigos de la actriz charlan 
y ríen más que de costumbre. Don Jeróni- 
mo, embozado en su capa (es privilegio), 
arrellanado en el sillón de la esquina y con 
un empedernido cigarro en la boca (es pri- 
vilegio también), deja escapar famosos 
chistes, que á veces obligan á los tertulios 
á dirigir la vista hacia Clotilde y á colo- 
rearse levemente las mejillas de ésta. Don 
Jerónimo no lo echa de ver; la ha conoci- 
do tan niña, que se cree con derecho á 
prescindir de ciertos miramientos debidos 
á las damas; suponiendo que se los haya 
tributado en su vida á alguna, que no lo 
creemos. La ha conocido muy niña y la ha 
encaminado al teatro : cuando tropezó con 
ella vivía muy estrechamente aprendiendo 
el oficio de florista : hoy , merced á su ta- 
lento , gana lo bastante para mantener con 
decoro á su madre y sus hermanas. 

Es agraciada y simpática más que her- 
mosa; la tez morena, los ojos rasgados y 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



negros , lo más bonito de su rostro ; la boca 
un poco grande, pero fresca con dentadu- 
ra admirable. Está vestida de dama del 
tiempo de Luis XV, con una peluca blan- 
ca que le sienta á maravilla. No toma par- 
te apenas en la conversación. Parece muy 
satisfecha con escuchar solamente , giran- 
do sin cesar sus ojos serenos de uno á otro 
interlocutor y sonriendo á menudo cuando 
se dirigen á ella. 

Al llegar á cierto punto, se oye la voz 
del traspunte. 

— Señorita Clotilde, cuando V. guste... 
— Vamos allá — dice levantándose. 

Se dirige al espejo, se da los últimos to- 
ques á las cejas y pestañas con el pincel, 
arregla con mano un poco nerviosa los ti- 
rabuzones de la peluca, la cruz de brillan- 
tes que lleva al cuello y los pliegues del 
vestido. Sus amigos guardan un instante 
silencio y contemplan estas maniobras dis- 
traídamente. 

— Señores, hasta luego. 

Y sale del cuarto seguida de su donce- 
lla, que le lleva recogida la cola, una es- 
pléndida cola de raso color crema. 



AGUAS FUERTES 



225 



— ¡Cada día va estando más linda esta 
Clotilde! — dice el estudiante del doctora- 
do, dejando escapar un imperceptible sus- 
piro. 

D. Jerónimo da una enorme chupada al 
cigarro y queda envuelto instantáneamen- 
te en una nube de humo. Por eso nadie 
advierte la sonrisa de triunfo con que aco- 
ge la observación. 

— A mí también me parece más bonita 
cada día — dice otro tertulio; — pero creo 
que se ha modificado mucho su genio de 
algún tiempo á esta parte... Usted, pollo, 
no la ha conocido como nosotros. . . Era una 
loquita encantadora, ¡tan alegre! ¡tan tra- 
traviesa!... Nadie podía estar á su lado de 
mal humor... Ahora la encuentro grave, 
triste casi siempre... 

— Es verdad que me ha chocado la me- 
lancolía que hay en sus ojos... 

D. Jerónimo dio otra enorme chupada al 
cigarro. Nadie vio el relámpago de ira que 
pasó por su rostro. 

— Estos cambios , pollo, solamente los 
opera el amor. 

— ¿Algún novio? 

15 



226 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Eso... D. Jerónimo conoce bien la his- 
toria... 

— Voy á contarla — dijo sordamente aquél 
desde el fondo de su embozo , — y crean us- 
tedes que no es plato de gusto contar estas 
niñerías... Pero se trata de una chica á 
quien todos queremos y cuanto á ella se 
refiere debe interesarnos. 

Hará cosa de tres años se presentó al 
director de este teatro un joven elegante- 
mente vestido, con el manuscrito de un 
drama bajo el brazo. No hay nada en el 
mundo más imponente y aterrador que un 
joven bien vestido que lleva debajo del 
brazo el manuscrito de un drama. El di- 
rector procuró escurrir el bulto, le dio al- 
gunos quiebros con maestría y varios pa- 
ses, pero al fin fué cogido en la misma cu- 
na; quiero decir, que el joven le convidó 
un día á almorzar, le llevó engolosinado 
ofreciéndole la perspectiva de unas cuantas 
docenas de ostras empapadas en Sauterne, 
y como postre le descerrajó el drama á que- 
ma ropa. 

El drama era efectivamente un tiro. Pe- 
pe hizo lo que ustedes saben que se hace 



AGUAS FUERTES 



227 



en estos casos; se admiró profundamente 
de la versificación, dijo ¡bravo! al llegar á 
ciertos pensamientos enrevesados, y por 
último propuso algunas reformitas en el 
acto segundo, con las cuales quedaría la 
obra que ni pintada. 

El poeta incauto se fué á su casa muy 
complacido y se puso á trabajar con ardor 
en las reformas. Al cabo de quince días 
volvió á presentarse á Pepe; pero éste ha- 
lló entonces el acto primero un poco lán- 
guido y le aconsejó que á todo trance le 
diera más movimiento y lo acortase un po- 
quito. En mover el acto primero tardó el 
poeta un mes: cuando se presentó de nue- 
vo , el director , mostrándose muy admira- 
do siempre de la versificación y de algunos 
pensamientos , manifestó algunas dudas 
respecto á que la obra fuese teatral. Que 
fuese literaria no tenía ninguna,^ al con- 
trario , le parecía que en ese concepto po- 
día competir con las mejores de Ayala... 
pero teatral... realmente teatral... eso ya 
era otra cosa. 

— ¿Qué diferencia es esa, D. Jerónimo?... 
No entiendo... 



228 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— Pues se la explicaré á V., pollo. Lla- 
mamos entre bastidores, teatrales á las 
obras buenas y literarias á las malas. 

— ¡Ah! 

Después de manifestar estas dudas, con- 
cluyó por proponer otras cuantas reformi- 
tas en el acto tercero. 

Al fin el poeta comprendió, cosa verda- 
deramente maravillosa, porque los poetas, 
que todo lo comprenden, que saben por 
qué vuela tan alto el cóndor, ascienden á 
los cielos y bajan á los abismos y penetran 
el sentido íntimo de todas las cosas crea- 
das, no son capaces de entender que sus 
obras á veces no gustan á los que las escu- 
chan. Nuestro joven, á quien llamaremos 
Inocencio , recogió no poco mohíno su ma- 
nuscrito y estuvo algún tiempo sin dar 
cuenta de sí; mas al fin, sin duda después 
de haber meditado profundamente, se pre- 
sentó cierta mañana en casa de Clotilde. 
Excuso decirles á ustedes que llevaba el 
manuscrito debajo del brazo. 

Esperó con paciencia en la sala á que 
nuestra amiga hiciese su toilette, y cuando 
ésta se presentó al cabo , vio delante de sí 



AGUAS FUERTES 



229 



á un joven ruboroso, confundido, pero sim- 
pático y elegante, que la rogó con labio 
balbuciente le otorgase el favor de escuchar 
la lectura de un drama. Deben ustedes sa- 
ber que á las mujeres les gusta mucho 
ejercer protectorados, muy singularmente 
sobre los jóvenes simpáticos y elegantes; 
así que no les sorprenderá que Clotilde es- 
cuchase con paciencia el drama y hasta lo 
hallase muy aceptable. El joven se confió 
á ella enteramente, depositando en sus 
hermosas manos el manuscrito, cual si fue- 
se un niño recién nacido, y ella lo recogió 
como madre cariñosa y lo tomó bajo su 
amparo, prometiendo velar por su precio- 
sa existencia y presentarlo en el mundo. 
El joven manifestó que esa resolución era 
digna de un noble corazón cuya fama ha- 
bía llegado ya a sus oídos. Clotilde contes- 
tó que no era bondad de su parte el traba- 
jar porque el drama se representase, sino 
un acto de justicia. El joven dijo que le ha- 
lagaba muchísimo esa idea, porque el in- 
menso talento de Clotilde y el acierto de 
sus juicios estaban bien reconocidos por 
todos, pero que no osaba forjarse tal ilu- 



230 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sión. Clotilde declaró que había muchas 
reputaciones usurpadas en el mundo y que 
una de ellas era la suya, pero que en esta 
ocasión creía estar en lo firme. El joven 
replicó que cuando el río suena, agua lle- 
va , y que cuando todo el mundo se empe- 
ña en admirar no sólo la singular belleza 
y la inspiración artística de una persona, 
sino también su claro ingenio y su brillan- 
te ilustración, era necesario bajar la ca- 
beza. Clotilde dijo que no la bajaría en 
esta ocasión porque estaba bien persuadi- 
da de que el mundo se engañaba mucho 
acerca de lo que llamaba su talento y que 
no era otra cosa que un puro instinto. El 
joven puso el grito en el cielo contra es- 
ta mistificación, que no tenía absoluta- 
mente ninguna razón de sér; pero dulci- 
ficándose de pronto, mostróse profunda- 
mente conmovido ante la modestia de su 
protectora, y juró por todos los santos del 
cielo que jamás había conocido otra se- 
mejante. En fin, que el manuscrito fué 
ganando por momentos terreno en el co- 
razón de nuestra simpática amiga, y que 
el joven se despidió de ella, embargado 



AGUAS FUERTES 



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por la emoción, hasta el día siguiente. 

Al día siguiente Clotilde se presentó al 
empresario y le arrancó , mediante la ame- 
naza de rescindir el contrato , la promesa 
de llevar á la escena lo más pronto posible 
el drama de Inocencio. Este dio las gra- 
cias aquella misma tarde á su protectora y 
la hizo además su confidente. Pertenecía 
á una familia distinguida de provincia, 
aunque sin grandes recursos de fortuna; á 
probarla había venido él á Madrid, confia- 
do únicamente en su ingenio. En el pue- 
blo decían que tenía talento , y que si pu- 
blicase en Madrid los versos que había in- 
sertado en El Eco del Tajo , hablarían de 
él como de Núñez de Arce y Grilo : no sa- 
bía si esto era cierto , pero sentía su cora- 
zón lleno de nobles propósitos , y amaba al 
teatro más que á las niñas de sus ojos. 
¿Llegaría á ser un Ayala ó un Tamayo? 
¿Sería rechazado por el público? Era un 
misterio inextricable para ei. 

En esta sesión Clotilde averiguó dos co- 
sas importantísimas; á saber: que Inocen- 
cio tenía un talento que no le cabía en la 
cabeza y que no había en Madrid quien se 



232 



ARMANDO PALACIO VALDES 



pusiera con más gracia la chalina. Excuso 
decirles que menudearon las sesiones con- 
fidenciales, y como resultado de ellas, que 
Clotilde sufrió todos los días la influencia 
fascinadora de esta chalina sobrenatural; 
á la postre se declaró vencida, entregándo- 
se á ella atada de pies y manos. La chali- 
na se dignó alzarla del suelo y otorgarle la 
merced de su cariño. 

— ¿Cómo la chalina? — preguntó uno 
que dormitaba. 

Don Jerónimo dio una inmensa , infer- 
nal chupada al cigarro en testimonio de 
desagrado , y prosiguió sin hacer caso : 

— Por entonces empezaron los ensayos 
del drama de Inocencio, que se titulaba, 
si mal no recuerdo Subir bajando)... callen 
ustedes , me parece que era al revés ; Bajar 
subiendo... En fin, de todos modos, era un 
gerundio y un infinitivo. Yo vi en seguida 
que se habían entablado relaciones amoro- 
sas entre nuestra amiga y el autor , y co- 
mo realmente , pctf más que Inocencio fue- 
se un mal poeta, según los informes de Pe- 
pe, parecía un buen muchacho, me alegré 
de ellas y las alenté en lo que pude. Clotilde 



AGUAS FUERTES 



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se confesó conmigo , declarándome que es- 
taba perdidamente enamorada; que sus as- 
piraciones ya no tenían nada que ver con 
el arte escénico , el cual le parecía una es- 
clavitud insoportable ; que su ideal era vi- 
vir tranquilamente , aunque fuese en una 
guardilla, unida al hombre que adoraba; 
que la mujer había nacido para ser el ángel 
custodio del hogar y no para divertir al 
público, y que estimaba ella más el reinar 
en una humilde vivienda iluminada por el 
amor que todos los aplausos de la tierra. 
En fin, caballeros, nuestra amiga se en- 
contraba en pleno idilio. 

Inocencio no estaba menos enamorado, 
al parecer. A menudo los encontraba pa- 
seando por los parajes solitarios del Retiro, 
á distancia respetable de la mamá, que se 
detenía oportunamente á contemplar los 
primeros botones de las flores ó algún in- 
secto curioso: las mamás, en esta época 
de crisis marital, tienen la obligación de ser 
admiradoras de las obras de*la naturaleza. 
La parejita de tórtolas se detenía al verme 
y me saludaba ruborizada. No les puedo 
ocultar á ustedes, que aunque lo sentía por 



234 



ARMANDO PALACIO VALDES 



el arte, me alegraba de que Clotilde se casa- 
ra: la mujer siempre necesita el amparo del 
hombre. Y lo cierto es, que eran dignos el 
uno del otro por la figura : Inocencio tenía 
una presencia muy simpática. 

En el teatro no se hablaba de otra cosa 
más que de este matrimonio en ciernes. 
Todo el mundo se alegraba, porque Clo- 
tilde es la única artista desde el principio 
del mundo , que ha llevado á cabo la em- 
presa, hasta ahora juzgada insuperable, de 
hacerse querer de sus compañeras. 

Observé, no obstante... ya saben uste- 
des que soy observador; es la única cuali- 
dad que tengo ; la observación , á la cual 
no dan importancia los autores ahora; hoy 
todo es hojarasca en los dramas, muchos 
rayos de luna, que se quiebran al pasar 
por el follaje de los árboles, mucha des- 
cripción de alboradas y crepúsculos, mu- 
chos símiles retorcidos... ¡Todo eso es!... 
Cuando algún autorcillo me viene con ta- 
les monadas yo le digo: ¡al grano, al gra- 
no!... El grano es el drama, que no existe 
en la mayor parte de los idem... 

— ¿Se enfada V. , D. Jerónimo? 



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— Pues, como decía á ustedes, observé, 
que según los ensayos iban adelantando, 
crecía el ascendiente de Inocencio sobre 
nuestra amiga. El tono en que se dirigía á 
ella ya no era el humilde y cortesano del 
principio : corregíala á menudo en la ma- 
nera de decir , señalábala las actitudes y el 
gesto que debía adoptar , y á veces , cuan- 
do la actriz no comprendía bien sus de- 
seos, llegaba á dirigirla públicamente pa- 
labras severas y miradas más severas aún. 
Nuestro poeta tronaba y relampagueaba 
ya como amo y señor. Clotilde lo aceptaba 
de buen grado : ella tan desdeñosa con los 
autores más eminentes, se estiraba y se 
encogía ahora como blanda cera en las 
manos de este muñeco insulso. Era de ver 
la humildad con que aceptaba sus correc- 
ciones, y la inquietud que la causaban 
las censuras: mientras duraba el ensayo 
tenía los ojos puestos constantemente en 
él, espiando como esclava sumisa los de- 
seos de su dueño. El poeta, arrellanado 
en una butaca, con el brasero delante, di- 
rigía la escena en la forma dictatorial que 
pudiera hacerlo García Gutiérrez ó Ayala: 



236 



ARMANDO PALACIO VALDES 



una mirada suya bastaba para ruborizar ó 
poner pálida á Clotilde : los demás no pro- 
testaban por respeto á ella. Cuando salía 
de la escena, venía presurosa á sentarse al 
lado de su novio, que se dignaba acogerla 
á veces con una sonrisa soberana, otras 
con indiferencia olímpica. Yo estaba escan- 
dalizado. 

Una vez me acerqué por detrás y escu- 
ché lo que hablaban. Clotilde llevaba la pa- 
labra sosteniendo con calor que el Subir 
bajando ó el Bajar subiendo de Inocencio 
era mejor que Un drama nuevo. El joven 
se defendía débilmente. Otra vez hablaba 
acerca de su futuro enlace. Clotilde pinta- 
ba con frase apasionada el retiro donde 
irían á esconder su felicidad : un cuarto al- 
to del barrio de Salamanca, lleno de luz 
un nido risueño donde Inocencio trabaja- 
ría en su despacho, escribiendo comedias, 
mientras ella bordaría á su lado en el ma- 
yor silencio: cuando se fatigase, charlarían 
un instante para descansar y después le 
daría un beso y emprendería de nuevo su 
tarea: por la noche saldrían cogidos del 
brazo á dar una vuelta y á casa otra vez: 



AGUAS FUERTES 



237 



nada de teatro; lo aborrecía con toda el 
alma : en la primavera irían á pasear por 
las mañanas al Eetiro y tomarían choco- 
late entre los árboles ; en el verano á pasar 
un mes ó dos á la provincia de Inocencio 
á proveerse en el campo de buen color y 
de salud para el invierno. 

La descripción de este tierno idilio, que 
á mí, con ser machucho, me hacía bai- 
lar el corazón dentro del pecho, no pro- 
ducía en el autor novel más que una im- 
pertinente soñolencia que sólo desapare- 
cía repentinamente cuando dirigía con voz 
imperiosa alguna advertencia á los cómi- 
cos. 

Llegó, por fin, el día del estreno. Todos 
estábamos ansiosos por ver el resultado: 
la opinión corriente era que el drama ofre- 
cía poco de particular; pero como Clotilde 
había puesto en el desempeño toda su al- 
ma, teníase como seguro un gran éxito. En 
el ensayo general nuestra amiga había he- 
cho verdaderos prodigios : hubo un instan- 
te en que los pocos curiosos que asistía- 
mos á él nos levantamos electrizados, con- 
vulsos, gritando desaforadamente. No pue- 



238 



ARMANDO PALACIO VALDES 



den ustedes figurarse qué á maravilla de- 
cía su parte. Entonces me vino de golpe 
una idea á la cabeza: relacionando todas 
mis observaciones sobre los amores de Clo- 
tilde me convencí hasta la evidencia de que 
Inocencio al enamorarla no se había pro- 
puesto otra cosa que adquirir una interpre- 
tación excepcional para el papel de la pro- 
tagonista de su drama y asegurar el éxito 
lisonjero de esta suerte. No quise comuni- 
car mis sospechas á nadie; callé y esperé; 
pero declaro que el chico me fué desde en- 
tonces muy antipático. 

El ruido que los amigos de Inocencio 
habían hecho con motivo del drama, el 
haberlo elegido Clotide para su beneficio y 
la voz esparcida de que la celebre actriz 
iba á obtener en él un triunfo señaladísimo 
hizo que los revendedores expendiesen to- 
das las localidades á precios fabulosos : co- 
nozco un marqués que dio once duros por 
dos butacas. Este cuarto donde nos halla- 
mos se llenó, como todos los años, de flo- 
res y baratijas; no se podía andar en me- 
dio de tanta chuchería de porcelana, libros 
preciosamente encuadernados, estuches de 



AGUAS FUERTES 



239 



ébano , marcos de retrato y un sin fin de 
objetos de bazar. 

La sala estaba brillante : las damas más 
encopetadas , los hombres ilustres de la po- 
lítica, la literatura y la banca; en fin, la 
high Ufe, como ahora se dice. Pero más 
brillante y más radiante estaba aún Ino- 
cencio ; radiante de gloria y felicidad, reci- 
biendo con agrado á cuantas personas ve- 
nian á ver los regalos , dictando órdenes á 
los traspuntes y tramoyistas para el conve- 
niente decorado de la escena y multipli- 
cando las sonrisas y los apretones de mano 
hasta lo infinito. Clotilde, igualmente, 
aparecia más bella que nunca , revelando 
en su rostro expresivo la dulce emoción 
que la embargaba y el ansia de ganar lau- 
reles para su dueño. 

Abrióse el telón, y todos se fueron á ocu- 
par sus asientos. En las cajas sólo nos que- 
damos el autor y cuatro ó seis amigos. Las 
primeras escenas fueron como siempre re- 
cibidas con indiferencia ; las segundas con 
algún agrado ; la versificación era flúida y 
elegante, y el público, como ustedes sa- 
ben, se paga de las frasecillas de bombo- 



240 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ñera. Llegó el momento de entrar Clotilde 
en las tablas y hubo en el público un mur- 
mullo de curiosidad y espectación. Dijo su 
parte discretamente, pero sin gran calor, 
se adivinaba que estaba poseida de miedo. 
Bajó el telón en silencio. 

Al instante poblóse el saloncillo y los pa- 
sillos de amigos de Inocencio , que venían 
presurosos á decirle que la exposición de 
su drama era lindísima. — ¿Pero qué tiene 
Clotilde ?. . . Apenas se mueve en la escena. . . 
¡ ella tan viva y tan suelta ! — Nuestra ami- 
ga confesaba, en efecto, que había sentido 
mucho miedo y que esto la embarazaba ex- 
tremadamente. El autor , sobresaltado por 
el éxito de su obra , 'trataba de persuadir- 
la á que abandonara todo temor , que se 
mostrase como ella era y que no pensa- 
se para nada en él, mientras dijese los par- 
lamentos. — No puedo remediarlo, contes- 
taba Clotilde , estoy hablando y pienso al 
mismo tiempo en que eres tú el autor y 
me imagino que no va á gustar el drama y 
me .asusto. — Inocencio se desesperaba; di- 
rigíale ruegos , advertencias , argumentos, 
la acariciaba, sin tener en cuenta que le 



AGUAS FUERTES 



241 



veían: trataba de infundirle valor, excitan- 
do su amor propio de artista; en fin , hacía 
todo lo imaginable para salvar su obra. 

Dio comienzo el acto segundo. Clotilde 
tenía algunas escenas patéticas : al comen- 
zarlas se produjo un poco de ruido en el 
público y esto bastó para que se desconcer- 
tase y lo hiciese rematadamente mal, co- 
mo nunca lo había hecho en su vida. Oyé- 
ronse no pocas toses y fuertes murmullos 
de impaciencia. Al finalizar el acto , algu- 
nos amigos indiscretos quisieron aplaudir, 
pero el público se les vino encima con un 
inmenso y aterrador chicheo. El autor, que 
estaba á mi lado, pálido como un muerto, 
se desahogó con algunas palabrotas grose- 
ras y se fué al cuarto de Pepe en vez de el 
de Clotilde , donde sus amiguitos le conso- 
laron, echando la culpa del fracaso á aqué- 
lla y encendiendo más y más la ira que re- 
bosaba de su corazón. Mientras tanto, nues- 
tra pobre amiga se encontraba muy afec- 
tada y abatida , preguntando á cada ins- 
tante por su Inocencio. Yo, para no afli- 
girla más, le dije que el autor lo había to- 
mado con resignación y se había salido del 

16 



242 



armando Palacio valdés 



teatro á respirar un poco el fresco. La in- 
feliz se revolvía contra sí misma echándo- 
se toda la culpa. 

Se alzó el telón para el acto tercero: to- 
dos acudimos á las cajas con afán. Clotilde 
se mostró al principio , por un esfuerzo po- 
deroso de la voluntad , más serena que an- 
tes; pero ya la gente se encontraba dis- 
puesta á la broma y. no valió ningún re- 
curso para ponerla seria. El público, cuan- 
do presiente el jaleo , es lo mismo que una 
fiera cuando huele la sangre : no hay quien 
lo ataje , y es necesario darle carne á toda 
costa. Y la verdad es, que en aquella oca- 
sión se cebó de lo lindo ; toses, risas , estor- 
nudos, patadas, silbidos; de todo hubo. 
A nuestra pobre amiga se le saltaron las 
lágrimas y estuvo á punto de desmayarse. 
Cuando bajó el telón buscó con la vista á 
su amante, pero había desaparecido. En 
el cuarto, á donde yo la seguí, gimió, pa- 
teó, se desesperó, se llamó estúpida, dijo 
que se iba á marchar á una aldea á cuidar 
gallinas, etc. , etc. Me costó mucho traba- 
jo sosegarla, pero al fin lo conseguí, si 
bien quedó en un gran abatimiento. En la 



AGUAS FUERTES 



243 



tristeza que sus ojos revelaban, advertí 
que le atormentaba horriblemente la des- 
aparición de Inocencio. 

La puerta del cuarto se abrió repentina- 
mente; el poeta silbado se presentó; esta- 
ba pálido , pero tranquilo al parecer : á pri- 
mera vista comprendí, no obstante, que 
aquella tranquilidad era ficticia y que la 
sonrisa que contraía sus labios tenía mu- 
cha semejanza con la de los ajusticiados 
que quieren morir serenos. 

Un relámpago de alegría iluminó el sem- 
blante de Clotilde : alzóse velozmente y le 
echó los brazos al cuello , diciéndole con 
voz conmovida : 

— ¡ Te he perdido , mi pobre Inocencio, 
te he perdido!.. ¡Qué generoso eres!.. Pe- 
ro mira... yo te juro, por la memoria de mi 
padre, que te he de desquitar de la humi- 
llación que acabas de sufrir... 

— No hace falta que me desquites, que- 
rida — repuso el poeta con tono sosegado, 
donde se advertía la ira desdeñosa, — mi 
familia no ha conquistado un nombre ilus- 
tre por la intercesión de ningún cómico; 
renuncio desde ahora , de buen grado , al 



244 



ARMANDO PALACIO VAL DES 



teatro y á todo lo que con él se relaciona... 
Con que... hasta la vista. 

Y separando nuevamente los brazos que 
le aprisionaban y sonriendo sarcástocamen- 
te, retrocedió algunos pasos y se fué. Clo- 
tilde le miró estupefacta: después cayó des- 
mayada en el diván. 

Al verla en tal estado se me encendió la 
sangre y salí detrás del chico: alcancéle 
cerca de la escalera, y agarrándole por la 
muñeca le dije: 

— Oiga V... Lo primero que un hombre 
debe ser , antes que poeta, es caballero... 
y V. no lo es... El drama se ha silbado, 
porque le falta lo mismo que á V... el cora- 
zón... Aquí tiene V. mi tarjeta. 

— ¿Y le mandó los padrinos , D. Jeróni- 
mo? — preguntó el estudiante del docto- 
rado. 

— ¡ Silencio , silencio ! — exclamó un ter- 
tulio — aquí llega Clotilde. 

La simpática actriz apareció efectiva- 
mente en la puerta, y sus grandes y tristes 
ojos negros que resaltaban bellamente de- 
bajo de la blanca peluca á lo Luis XV, 
sonrieron con dulzura á sus fieles amigos. 



EL PROFESOR LEÓN 



A otra noche en el cafó donde ten- 
go costumbre de asistir, versó la 
conversación sobre los maestros y 
catedráticos que habíamos tenido los que 
en torno de la mesa nos juntábamos. Cada 
cual dio cuenta de los talentos , las manías 
y los rasgos más ó menos donosos de los 
suyos, sazonando la descripción con anéc- 
dotas graciosas ó desabridas , según el nu- 
men del narrador. 

Mi amigo Duarte , notario , persona dis- 
tinguida, de carácter observador y muy 
cursado en letras clásicas , se llevó la pal- 
ma. Nos hizo la pintura de un antiguo pro- 
fesor suyo , tan original y chistoso , que me- 




246 



ARMANDO PALACIO VALDES 



rece la pena de darlo á conocer al público. 
Con permiso de mi ilustrado amigo , voy á 
hacerlo, adoptando en cuanto sea posible 
las mismas palabras con que él nos lo des- 
cribió. 

Llamábase León, ó se apellidaba, que 
esto muy pocos lo sabían de cierto — nos 
decía Duarte. Unos le llamaban D. León 
y otros Sr. León, y á todos contestaba; 
era militar retirado aunque no muy viejo, 
no pasando de los cincuenta á mucho esti- 
rar: su graduación en el ejército era mate- 
ria de arduas y prolongadas discusiones en 
el colegio : mientras unos le hacían capitán 
ó comandante, otros no le dejaban pasar 
de sargento, y estaban en lo firme. Gasta- 
ba grandes bigotes retorcidos y perilla de 
cazo; la estatura elevada, el porte marcial, 
cabellos grises cortados á punta de tijera, 
levita negra, prolongada, más limpia y re- 
luciente que un espejo, bastón de hierro que 
hacía estremecer el suelo, advirtiendo de 
su presencia desde muy lejos, pantalones 
cortos y botas de campana escrupulosa- 
mente charoladas. Era bueno y afable con 



AGUAS FUERTES 



247 



los discípulos , y hombre de mucha volun- 
tad en el cumplimiento de su deber : susci- 
tábanse dudas entre nosotros acerca de sus 
conocimientos filológicos y literarios , que 
le hubiesen quizá acarreado nuestro des- 
dén si una especie muy grave que unos á 
otros nos decíamos en secreto al oído no 
le sirviese de respetuosa salvaguardia. Afir- 
mábase como cosa segura que D. León ó 
el Sr. León era un revolucionario. Contá- 
base que había sido en su juventud amigo 
y edecán de Eiego , que había servido des- 
pués bajo las órdenes de Espartero, y al- 
gunos añadían que había estado en capilla 
para ser fusilado como conspirador. Nadie 
puede figurarse lo que tales insinuaciones 
influían en el respeto que generalmente se 
le tributaba: la aureola de revolucionario, 
conspirador , y singularmente la de senten- 
ciado á muerte , le guardaban de las bur- 
las , tretas y malas pasadas que de otra 
suerte no le hubieran sus discípulos escati- 
mado. 

El sueldo con que en el colegio remune- 
raban sus buenos oficios, no pasaba de 
veinte duros mensuales ; y como no se le 



248 



ARMANDO PALACIO VALDES 



conocía otro, pues no había podido reca- 
bar retiro , según se decía , á causa de sus 
peligrosas opiniones, teníase por seguro 
que con las cien pesetas se mantenía á sí 
y á su familia; el cómo no he de decirlo 
ahora, aunque bien lo sé; lo reservo para 
otra ocasión. Tienen el ahorro y la fruga- 
lidad héroes tan grandes y admirables co- 
mo los de la guerra de Troya y tan dignos 
de ser pintados ; mas como les faltan Ho- 
rneros y Virgilios , viven y mueren oscu- 
ros y quedan sepultadas eternamente sus 
hazañas. Entre dar la muerte á Héctor 
(teniendo fuerzas para ello) y vivir en Ma- 
drid con cuatrocientos reales al mes, man- 
teniendo mujer é hijos, vistiendo decente- 
mente y no debiendo un cuarto á nadie, 
lo segundo es infinitamente más^ maravi- 
lloso. Digo, pues, que á D. León no se le 
conocieron en la vida más que un par de 
botas, unos pantalones de color de ceniza 
muy sufridos , una levita y un enorme som- 
brero de copa, todo ello tan limpio, tan 
planchado y reluciente que siempre pare- 
ció que acababa de salir de la tienda. Cier- 
to día en que se celebraba el santo del di- 



AGUAS FUERTES 



249 



rector, un criado, azorado en demasía, dejó 
caer sobre nuestro profesor una bandeja 
de vasos llenos de vino tinto. Todo el mun- 
do se preguntó: ¿En qué traje veremos á 
D. León mañana? Mas al día siguiente, 
con grande admiración y sorpresa del cole- 
gio, apareció con la misma levita, más fres- 
ca y más galana que nunca lo había sido. 
Por esta y otras razones se la llamó la le- 
vita del desierto; porque segundaba el mi- 
lagro de los israelitas viajando por los de- 
siertos de la Arabia durante cuarenta años, 
sin menoscabo de sus vestidos. 

Aunque pudiera ponerse en tela de jui- 
cio la solidez y extensión de sus conoci- 
mientos literarios , bien puedo asegurar sin 
rebozo que nadie aventajaba á D. León en 
amor y decidida inclinación á las letras , y 
en particular á las clásicas : las modernas 
y románticas teníalas en poco. Rayaba en 
locura el entusiasmo con que hablaba de 
los grandes poetas de la antigüedad , y la 
fruición con que los leía en los Trozos esco- 
gidos. Decía del griego que era la lengua 
más rica, flexible y armoniosa que hubie- 
ra existido, y que las modernas, tales co- 



250 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mo el francés, el italiano, el alemán, no 
eran sino dialectos rudos y primitivos com- 
parados con ella, lo cual era tanto más me- 
ritorio cuanto que D. León sólo conocia 
del griego las declinaciones y tal cual pa- 
labra desperdigada, como Zeos (Júpiter), 
oicos (cosa), logos (tratado), eros (amor), y 
asi hasta unas tres ó cuatro docenas; en 
cuanto á los idiomas modernos tenía á 
mucha honra el no saber más que el pa- 
trio. Sentía un desprecio sin límites hacia 
su compañero el profesor de francés que 
una hora antes que él ponía clase en la 
misma aula y que era de origen marsellés, 
marido , á la sazón , de una corsetera de la 
calle de la Luna , antiguo barítono de ope- 
reta bufa, que había dejado el canto por 
debilidad del pecho. Cuando se tropezaban 
en la puerta, D. León le miraba desde lo 
alto de su clasicismo y le decía sonriendo: 
bon jour monsieur , con acento que rebo- 
saba de ironía. «Estos franchutes, decía 
al tiempo de sentarse, son todos afemina- 
dos ; no sirven más que para tenores y bai- 
larines.» Amaba la virilidad y la energía 
en sus discípulos y gustaba de que tuvie- 



AGUAS FUERTES 



251 



sen rasgos de independencia , aunque fue- 
se á expensas de la disciplina: cuando un 
muchacho sufría impasible los golpes y se 
negaba por terquedad á ejecutar cualquier 
cosa , esto era lo que le encantaba á don 
León. « ¡ Bien , hombre , bien ! exclamaba, 
así me gusta ; los hombres no deben llorar 
aunque se vean con las tripas en la mano; 
has faltado á la obediencia pero has sufri- 
do el castigo con entereza; á tí no te hu- 
bieran arrojado en Esparta de la roca co- 
mo á otras mujerzuelas que hay en la cla- 
se! » Y echaba miradas de soberano desdén 
á ciertos individuos. Si quisiera vérsele en- 
cendido, colérico, fuera de si, no había 
más que traer alguna eserícia en el pañue- 
lo ó la cabeza perfumada con algún aceite; 
así que llegaba á su nariz el malhadado 
perfume , ya se le subía la sangre á la ca- 
beza, marchaba derecho hacia el culpable, 
y después de alborotarle los cabellos, le 
molía los cascos á coscorrones. «¡Corrom- 
pido! (un coscorrón). ¡Desgraciado ! ( otro 
coscorrón) ... ¡Con que en vez de estudiar su 
lección se entrega V. ala molicie! (¡ zas!)... 
No sabe V. que yo quiero en mi clase 



252 



ARMANDO PALACIO VALDES 



hombres y no cortesanas, eh? (coscorrón) . 
Los romanos de la república, los que 
vencieron á los germanos y a los galos, y 
á los escytas , y á los parthos , y destruye- 
ron á Cartago , no se daban con ungüentos 
(¡zas!..) pero los vasallos envilecidos de 
Calígula y Nerón gastaban las riquezas 
que sus mayores les habían adquirido en 
tarros de pomadas, en aceites olorosos, y 
se dejaban vencer por los extranjeros y 
azotar por los tiranos (¡zas!). Hijos míos 
(dirigiéndose á nosotros), huyan ustedes de 
los afeites , no se dejen aprisionar por la 
molicie, por los placeres muelles que afe- 
minan y debilitan. Un pueblo vigoroso es 
un pueblo libre... Vamos á ver, siga V. hijo 
mío... habeo , transitivo...» 

No gustaba de que le diesen la traduc- 
ción literal de los pasajes culminantes; an- 
tes se complacía en que sus discípulos ha- 
llasen modo de trasladarlos á nuestro idio- 
ma sin hacerles perder de su vigor y gala- 
nura. Por ejemplo , traduciendo en Tito 
Libio, el episodio del combate habido entre 
Horacios y Curiacios al llegar al punto en 
que el autor dice que el último Horacio 



AGUAS FUERTES 



253 



tiró al suelo á su adversario, D. León no 
quiso pasar por la interpretación ajustada 
al texto que un alumno le daba. «No, no, 
eso de tirar al suelo es muy poco ; busque 
V. otra frase más enérgica. — Le volcó en 
tierra. — Tampoco, eso es muy flojo... algo 
más duro. — Le tiró rodando por el suelo. — 
¡ Más fuerte , más fuerte aún ! » El mucha- 
cho no hallaba nada más fuerte que echar- 
le á uno á rodar; no obstante se aventuró 
á decir: «Le estrelló contra el suelo. ¡Más 
fuerte todavía!.. Sí, hombre, sí, más fuer- 
te... ¡Le hi-zo-mor-der-el-pol-vo ! » Y re- 
calcó de tal manera las sílabas que, en 
efecto, no podía darse nada más feroz é 
imponente que esta frase en sus labios. 

Traduciendo la famosa catilinaria de 
Cicerón que comienza con aquel exa- 
brupto: 

Quousque tándem abutere, Catilina, pa- 
tientid nostrá, nadie consiguió darle gus- 
to: todos los hallaba tímidos, encogidos, 
cobardes, al pronunciar los vehementes 
ataques del Senador romano: «Hijos, pa- 
ra comprender bien lo que sería este mo- 
delo de exabruptos en boca del príncipe de 



254 



ARMANDO PALACIO VALDES 



los oradores , es preciso figurarse la indig- 
nación y la cólera que se apoderaría de él 
al ver entrar por las puertas del Senado á 
su más encarnizado enemigo , al procaz y 
libertino Catilina; es preciso verle dar un 
salto en la silla , levantarse descompuesto, 
el rostro pálido , los cabellos en desorden, 
la mirada fulgurante : si ustedes no se co- 
locan con la fantasía (que como ustedes 
saben, es la facultad de reproducir men- 
talmente las imágenes de los objetos sen- 
sibles) no conseguirán nada... Vamos á 
ver, venga V. acá, — dijo tomando á un 
muchacho entre sus hercúleos brazos y 
poniéndole de pie sobre la mesa. — Ahora 
eche V. fuego por los ojos y espuma por 
la boca, grite V., enciéndase V., mueva 
usted los brazos en todos sentidos y estre- 
mézcase V. de cólera y rabia... ¡Vamos 
hombre, vamos! ... / Quousque tándem ! 

El pobre chico no pudo encolerizarse 
por más que hacía , lo cual le valió algu- 
nos razonables coscorrones. Fué necesario 
que el mismo D. León tomase la palabra 
y dijese á grandes voces el trozo, acompa- 
ñándose de furiosos ademanes: nosotros 



AGUAS FUERTES 



255 



sentimos el terror de lo patético , cosa que 
lisonjeó mucho al profesor, y muy singu- 
larmente nos conmovimos al observar que 
la mesa se resquebrajaba con un tremendo 
puñetazo. 

Su castidad igualaba, si no excedía á su 
energía. Le ofendían, sobre todo encare- 
imiento , las palabras y las canciones des- 
honestas : cuando en los poetas latinos lle- 
gaba á un pasaje algún tanto subido de co- 
lor, ó lo pasaba por alto ó lo velaba por 
medio de una interpretación de todo en 
todo infiel. Siempre recordaré que al tra- 
ducir la elegía de Ovidio que empieza: 
Cum subit illius tristísima noctis imago, 
llegando á un punto en que el poeta cuen- 
ta en qué forma se despidió de su esposa, 
y dice que tocando ya en la puerta los 
pies, se negaban á marchar, y 

Scepe vale dicto , rursus sum multa locutus, 
Et quasi discedens oscula summa dedi, 

traduje el pasaje á la letra, diciendo : Dicho 
muchas veces el último adiós, todavía me 
volví á hablarle , y casi separándome la cu- 
brí de besos. 



256 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



D. León ruborizado extendió los brazos 
exclamando : « ¡ No , hijo mío , no ! Y al tiem- 
po de separarme la di el ósculo de paz.» 
También recuerdo que en cierta ocasión, 
habiendo sorprendido en un discípulo un 
ademán obsceno, cayó sobre él exclaman- 
do: «¡Infame, todavía no estamos en So- 
doma y en Gomorra!», y por poco le des- 
pedaza. 

Finalmente , en estas y otras cualidades 
guardaba el buen profesor muchos puntos 
de semejanza con el elefante. Yo, aunque 
nada tuviese de común con este animal 
por mi figura menudísima, conseguí caerle 
en gracia, merced á una cierta entereza 
de que estaba dotado y á mi mucha aplica- 
ción. Estimó en mí cualidades que no te- 
nía, y creyó sinceramente que estaba lla- 
mado á ocupar un alto puesto en las letras; 
por aquella época, habiendo encargado una 
composición en décimas á toda la clase, la 
mía logró despuntar sobre las demás. Tri- 
butóme por ella desmedidos elogios, y 
con tal motivo engendróse en mí la afición 
de escribir versos, que tarde ó nunca me 
dejó. D. León se encargaba de corregir- 



AGUAS FUERTES 



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los y señalar las figuras que iba cometien- 
do sin saberlo. «Mire V. hijo mío, al lla- 
mar al rocío líquidas perlas comete V. una 
metáfora, muy linda por cierto. Eso que 
usted dice de la aurora que con sus dedos 
rosados abre las puertas del firmamento, 
es ya una alegoría , ó lo que es igual , una 
metáfora continuada... ¿A que no sabe us- 
ted qué figura comete cuando dice al ter- 
minar la composición : 

¡Triste suerte, cruel, parca, inhumana 
Sumió á mi alma en duelo y amargura! 

Efectivamente, no lo sabía. D. León me 
miraba con aspecto triunfal. — ¿No lo 
acierta V.?... pues comete V. un epifone- 
ma, un verdadero epifonema (exclamación 
profunda que se hace después de narrada, 
descrita ó probada una cosa). Cuando en- 
tramos en mayor confianza, el profesor 
me manifestó secretamente que él también 
había escrito versos en su juventud, y que 
aún los escribía cuando le soplaba la mu- 
sa, si bien nunca había osado publicarlos 
con su firma. No tardó, como es consi- 
guiente, en leérmelos, encerrándose para 

17 



258 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ello previamente en un cuarto retirado, 
donde á su sabor descargó la conciencia 
del grave cargo de ciento y tantas compo- 
siciones en todos los metros imaginables 
aunque sus predilectos eran los sáficos y 
adónicos ; los dísticos , compuestos de exá- 
metros y pentámetros, también le gustaban 
sobremodo. Pero de la que estaba más or- 
gulloso y la que le había valido al decir de 
él infinitas enhorabuenas, era un cierto 
poema dedicado al desafío de dos íntimos 
amigos suyos, fatal para el uno de ellos, 
pues el contrario le había atravesado el 
vientre de un balazo. Creyendo necesario 
ponerme en antecedentes, me dijo que es- 
tos tales amigos se hallaban una tarde en 
el café de Levante platicando apacible- 
mente con él y otros varios, y que ha- 
biendo girado la conversación sobre va- 
rios temas, vino á parar, como tal vez so- 
lía acontecer, á los toros, y que haciendo 
uno el panegírico acabado de la plaza de 
Valencia, notable por su amplitud y soli- 
dez, otro manifestó inmediatamente que 
la tal plaza era un patio de vecindad, com- 
parada con la de Córdoba , á lo cual repli- 



AGUAS FUERTES 



259 



có el primero que mirase bien lo que de- 
cía , porque la plaza de Valencia tenía fa- 
ma en todo el orbe. Empeñóse una discu- 
sión viva y acalorada ; tanto más acalora- 
da, cuanto que el que sostenía las ventajas 
de la plaza Córdoba, no conocía la de Va- 
lencia, y vice-versa, el defensor de la de 
Valencia nunca había visto la de Córdoba, 
y bien sabido es que cuando faltan razo- 
nes , sobran siempre gritos. En resumen; 
la disputa subió tanto, que llegó en forma 
de bofetadas á las mejillas de los conten- 
dientes : pusiéronse los amigos de por me- 
dio , alborotóse el café , rompiéronse algu- 
nos vasos : al día siguiente de madrugada 
efectuábase el duelo más allá de la Fuente 
Castellana, y el campeón de la de Córdoba 
caía al suelo, revolcándose en su propia san- 
gre. Este lance desgraciado causó una pe- 
nosa impresión en D. León por tratarse de 
dos amigos igualmente queridos, y bajo el 
sentimiento que le produjo, escribióla com- 
posición que he mencionado, donde menu- 
deaban los signos de admiración , los pun- 
tos suspensivos , las amargas reflexiones y 
los gritos de dolor , todo ello sostenido en 



260 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un tono severo y digno , como el de las 
elegías clásicas. Siempre tengo en la me- 
moria el acento dolorido con que D. León 
me recitaba aquellos versos salidos del 
alma: 

¡ Qué falta de cordura ! 
¡ Qué sobra de imprudencia ! 
¡Adoptar desventura! 
; Desechar avenencia ! 

No hay para qué decir que yo celebraba 
mucho los versos de D. León: juzgábalos 
sinceramente bellos; mas aunque así no 
fuese, el respeto me obligaría á ponerlos 
sobre la cabeza. En cambio D. León aco- 
gía con indulgencia y agrado los primeros 
vagidos de mi musa: escuchábalos atento 
y los proponía, como dignos de imitarse, á 
los discípulos : no pocas veces , leyéndole 
alguna composición, se sintió interesado 
vivamente hasta el punto de acercar más 
la silla, inclinar el cuerpo y exclamar con 
vehemencia : « ¡ Prosiga , querido , que me 
deleita!» 

Pronto se estrecharon nuestras relacio- 
nes de tal suerte que vinimos á ser más 
bien amigos y camaradas que profesor y 



AGUAS FUERTES 



261 



discípulo. D. León depositó en mi seno, 
que contaba á la sazón catorce ó quince 
años, una muchedumbre de secretos que 
le atormentaban, casi todos pecuniarios, 
lo mismo que había depositado todos sus 
versos; me nombró pasante de la clase y 
me otorgó otra porción de testimonios de 
aprecio. Al cabo estas relaciones, conser- 
vándose no obstante la buena amistad, se 
"rompieron bruscamente. He aquí de qué 
modo : 

Era el año mil ochocientos cincuenta y 
cuatro. D. León no pareció un día por el 
colegio, lo cual causó cierta sorpresa al di- 
rector , pues en los años que llevaba de en- 
señanza no había estado indispuesto una 
sola vez. Al día siguiente tampoco vino y 
pensando pudiera hallarse enfermo le pasó 
un recado; pero D. León no estaba en su 
casa, lo que le sorprendió todavía más. Al 
otro , amaneció Madrid obstruido de barri- 
cadas, las casas atrancadas, patrullas de 
soldados y ciudadanos armados por las ca- 
lles y ruido incesante de fusilería , muchos 
gritos subversivos, como dicen los bandos 
de las autoridades, y mucho jaleo, como 



262 



ARMANDO PALACIO VALDES 



dicen los que se paran á leerlos. Había es- 
tallado la gorda. ¡Quién pensaba en mate- 
máticas, retórica y psicología en el colegio! 
Los muchachos celebramos el cataclismo 
como un acontecimiento fausto , corríamos 
por los pasillos brincando de alegría , nos 
comunicábamos en voz baja noticias á cual 
más estupendas , y mirábamos por los bal- 
cones lo que pasaba en la calle , cuando la 
vigilancia de los superiores lo consentía. 
Un criado vino diciendo , ya bien entrada 
la mañana, que D. León se estaba batiendo 
en las barricadas y que mandaba una fuer- 
za considerable, cuya nueva cayó como 
una bomba en el colegio, produciendo gran 
perturbación y sobresalto, ya que no sor- 
presa, entre los alumnos. El profesor León 
adquirió entre nosotros en aquel mismo 
punto un maravilloso prestigio , se levantó 
ante nuestros ojos con talla colosal y no 
poco se arrepintieron algunos de haberle 
denigrado apodándole el Camello y hacien- 
do chacota de su levita. Todo se volvió en- 
salzar su valor y sus fuerzas y entregarse 
á mil gratos comentarios acerca de su pró- 
xima victoria: uno que se jactaba de tener 



AGUAS FUERTES 



263 



buen olfato decía que algo había presumi- 
do al no verle los días anteriores en el co- 
legio , otro aseguraba que si vencía la revo- 
lución el capellán D. Jerónimo lo iba á 
pasar muy mal porque había declarado la 
guerra sin motivo á D. León. Mareábamos 
al criado que trajo la noticia con un sin fin 
de preguntas : queríamos que nos informa- 
se dé todos los pormenores, y el pobre sólo 
sabía por referencia que el profesor se ha- 
llaba hacia la calle de Toledo mandando 
una barricada. El director se había ence- 
rrado en su cuarto ; el capellán había des- 
aparecido; algunos aseguraban que estaba 
metido entre colchones con un canguelo 
que no le llegaba la camisa al cuerpo. Rei- 
naba dulce indisciplina en el colegio. 

En esto, á mí y á otros dos compañeros 
nos vino la idea de fugarnos y marchar á 
ponernos á las órdenes de D. León. Dicho 
y hecho ; espiamos las vueltas del inspec- 
tor, bajamos queditolas escaleras, abrimos 
la puerta con cuidado, y ¡pies para qué os 
quiero! nos dimos á correr hacia la Puerta 
del Sol sin volver la cara atrás. Las calles 
presentaban un aspecto siniestro, casi to- 



264 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



das solitarias , los balcones de las casas her- 
méticamente cerrados , en las esquinas al- 
gunos centinelas con el fusil terciado ; los 
pocos transeúntes que veíamos cruzaban 
velozmente, con ánimo, sin duda , de gua- 
recerse en su casa lo más pronto posible, 
y sólo se detenían trémulos ante el «¿quién 
vive?» del soldado. La Puerta del Sol es- 
taba ocupada militarmente; muchos sol- 
dados, muchos cañones y al mismo tiem- 
po mucho silencio: la gresca andaba por 
los barrios bajos. Tuvimos que dar un gran 
rodeo para llegar á ellos, cosa que no hu- 
biéramos conseguido si en vez de niños 
fuésemos hombres; mas nuestra corta 
edad nos salvaba de toda detención y re- 
conocimiento, pensando los soldados que 
andábamos buenamente en busca de la 
casa. Llegados á la plaza de Antón Mar- 
tín pisamos terreno revolucionario : veíase 
una muchedumbre de paisanos trabajando 
con afán en levantar una formidable ba- 
rricada; patrullas y grupos de hombres ar- 
mados entraban y salían en la plaza por 
sus bocacalles; las casas estaban fortifica- 
das. Uno de nosotros se acercó á pregun- 



AGUAS FUERTES 



265 



tar á un obrero de luenga barba, que iba 
armado con carabina de caza, por D. León. 
«D. León... D. León... ¿qué se yo quién 
diablos es D. León?» — dijo sin detener- 
se; — y volviéndose á los pocos pasos, ex- 
clamó en tono áspero : « ¡Eh, chiquillos, me- 
téos pronto en casa, no vaya á suceder una 
desgracia! » Los tres alumnos del colegio 
del Salvador seguimos por la calle de la 
Magdalena hasta la plaza del Progreso. 
Allí volvimos á preguntar por D. León: 
tampoco nos dieron noticia, pero un chu- 
lo compasivo nos dijo: «Venid conmigo, si 
queréis ; ¿no decís que debe de estar en las 
barricadas de la calle de Toledo? Pues 
apretad el paso, que yo voy hacia allá. » Al 
llegar á esta calle tratamos igualmente de 
informarnos, y también fué en vano; mas 
en la plaza de la Cebada, al preguntar á 
un grupo de hombres , todos armados de 
carabinas, que había delante de una ta- 
berna, nos replicó uno de ellos: «¿Ese 
D. León que manda una barricada, es 
alto, de bigotes blancos?» — Sí , señor. — 
«¡Toma — dijo volviéndose á sus compañe- 
ros — pues si es el genera] León!» Queda- 



266 



ARMANDO PALACIO VALDES 



mos maravillados y pedimos con afán ser 
presentados á él. El mismo interlocutor 
nos condujo á otra taberna que allí cerca 
estaba, y entrando por ella hallamos en la 
trastienda, rodeado de una docena de chu- 
los y gañanes á nuestro profesor, con un 
kepis de miliciano en la cabeza, faja en- 
carnada de general , sable y botas de mon- 
tar; pero con la misma levita. 

Recibiónos con gran alborozo, nos hizo 
servir dulces , y como cosa extraordinaria 
y propia de las batallas, un poco de vino; 
mas de ningún modo consintió en darnos 
las armas que le pedíamos. Nos contó có- 
mo había rechazado en la Cava Baja con 
veintisiete hombres á dos compañías de ca- 
zadores, y de qué forma estaba dispuesto 
á «rendir el último suspiro en holocausto 
de la libertad». Los chulos que tenía á sus 
órdenes le llamaban «mi general», cosa que 
nos tenía encantados, por más que no nos 
pareciese muy en su lugar que los simples 
soldados bebiesen en la misma copa que el 
general y discutiesen con él los planes de 
campaña. 

Al parecer, tratábase de secundar el mo- 



AGUAS FUERTES 



267 



vimiento de las tropas revolucionarias que 
iban á atacar el palacio de la Eeja. El ge- 
neral reunió en la taberna hasta treinta 
hombres mejor ó peor armados, y echán- 
doles una arenga, donde puso á los «Césa- 
res y dictadores» por los pies de los caba- 
llos, se dispuso á salir con su «valerosa le- 
gión» á clavar «el puñal de Bruto en el co- 
razón del tirano». Los chulos no entendie- 
ron bien, pero bebieron una copa y se echa- 
ron de nuevo á la calle. El general dio or- 
den al tabernero de que nos hiciese condu- 
cir con las debidas precauciones al colegio 
tan pronto como cesase el fuego. 

Al dia siguiente supe que la revolución 
habia triunfado. En el colegio se murmuró 
como cosa cierta que D. León iba á ser 
nombrado Capitán general de Madrid; pe- 
ro aunque mucho leímos y releímos los pe- 
riódicos en los días siguientes , nunca pudi- 
mos tropezar con el nombre del general. 
Llegó un instante en que creímos que ha- 
bía perecido en el combate , si bien no com- 
prendíamos cómo no se hablaba más de es- 
ta desgracia. Al cabo de algún tiempo su- 
pimos por fin que el nuevo gobierno había 



268 



ARMANDO PALACIO VALDES 



reconocido á D. León el grado de alférez y 
que pasaba á servir al cuerpo de Carabine- 
ros. Crean ustedes que padecí un terrible 
desengaño, y hasta escribí á mi profesor 
suplicándole que no aceptase; pero mis 
ruegos fueron desoídos. D. León ganaba 
once duros más al mes... y tenía cinco 
hijos. 




EL SUEÑO DE UN REO DE MUERTE 




NA mañana, al salir de casa, hirió 
mis oídos el repique agudo y estri- 
dente de una campanilla. Llevé la 
mano al sombrero y busqué con la vista al 
sacerdote portador de la sagrada forma; 
pero no le vi. En su lugar tropezaron mis 
ojos con un anciano, vestido denegro, que 
llevaba colgada al cuello una medalla de 
plata; á su lado marchaba un hombre con 
una campanilla en la mano y un cajon- 
cito verde en el cual la mayoría de los tran- 
seúntes iban depositando algunas mone- 
das. De vez en cuando se abría con estré- 
pito un balcón, y se veía una mano blanca 
que arrojaba á la calle algo envuelto en 
un papel; el hombre de la campanilla se ba- 



270 



ARMANDO PALACIO VALDES 



jaba á cogerlo, arrancaba el papel, y eran 
también monedas que inmediatamente in- 
troducía en el cajoncito verde : cuando le- 
vantaba la vista al balcón , estaba ya ce- 
rrado. Lo adiviné todo. 

Un ligero temblor corrió por todo mi 
cuerpo , y á toda prisa procuré alejarme de 
aquella escena. Corrí por la ciudad, hacien- 
do inútiles esfuerzos para no escuchar el 
tañido de la fatal campanilla , y en todas 
partes tropezaba con la misma escena. No- 
taba que los transeúntes se miraban unos 
á otros con expresión de susto , y se hacían 
preguntas en tono bajo y misterioso. Algu- 
nos chicos, pregoneros de periódicos, chi- 
llaban ya desaforadamente: «La Salve que 
cantan los presos al reo que esta en ca- 
pilla)). 

Desde que tengo uso de razón he sabido 
que existe la pena de muerte en nuestro 
país; y no obstante, siempre la he mirado 
del mismo modo que los autos de fe y el 
tormento; como una cosa que pertenece á 
la historia. Esto se explica , atendiendo á 
que he residido siempre en una provincia 
donde por fortuna hace ya bastantes años 



AGUAS FUERTES 



271 



que no se ha aplicado. Conocía algunos de- 
talles de la ejecución dé los reos sólo por 
referencia de los viejos, á los cuales no de- 
jaba de mirar, cuando meló contaban, con 
cierta admiración, mezclada de terror. 

Eecuerdo que en la madrugada de un 
día de otoño frío y lluvioso , salí de mi 
pueblo para Madrid. Despedíme de mi ma- 
dre, y turbado y conmovido como nunca 
lo había estado, bajé á escape la escalera 
en compañía de mi padre. Ambos marchá- 
bamos embozados .hasta las cejas, no sé si 
por miedo al frío ó por no vernos las ca- 
ras. Nuestros pasos resonaban profunda- 
mente en las calles solitarias ; la luz triste 
y escasa del día que comenzaba daba cier- 
to aspecto de antorchas funerarias á los fa- 
roles que aun se hallaban encendidos, y las 
casas, dejando caer de sus tejados algunas 
gotas de lluvia, parecían llorar mi marcha. 
Al atravesar un campo situado á la salida 
de la población, me dijo mi padre: «Este 
es el sitio donde se ajusticiaba á los reos de 
muerte.» Sentí un temblor igual al que co- 
rrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del 
cajón verde. ¡Dios mío, qué lejos estaba 



272 



ARMANDO PALACIO VALDES 



en aquel momento mi corazón de estas es- 
cenas de horror ! 

Pasé todo el día inquieto y nervioso es- 
cuchando el toque de la campanilla fúne- 
bre por todas partes. A la verdad, no puedo 
decidir si la campanilla sonaba realmente, 
ó eran mis oídos los que la hacían sonar. 
Compré cuantos papeles se vendían por 
las calles referentes al reo, y los devoré 
con ansia. No me atreví, sin embargo, á 
pasar por delante de la cárcel para mirar 
la ventana de la estancia donde se hallaba, 
aunque me dijeron que había mucha gente 
por aquellos sitios. En cambio pasé varias 
veces por delante de la casa de su esposa. 
La desgraciada mujer había venido de 
muchas leguas lejos, á solicitar el indul- 
to, y alojaba en una casa sucia y miserable 
de uno de los barrios extremos de Madrid. 
Allá á la noche me sentí fatigado , cual si 
hubiera pasado el día trabajando, cuando 
no hice otra cosa que errar distraído por 
las calles, y me acosté temprano. Tardé 
en conciliar el sueño, como sucede siem- 
pre que uno anda caviloso, y por dos ó 
tres veces, cuando ya creía ganarlo, me 



AGUAS FUERTES 



273 



despertó un gran estremecimiento pareci- 
do á la emoción que se experimenta al to- 
car el botón de una máquina eléctrica. Al 
fin me dormi. Así como lo temía, toda la 
noche soñé con patíbulos y verdugos: mas 
no dejaron de ser bastante curiosos y sig- 
nificativos mis sueños, por lo cual, aunque 
me cueste trabajo, voy á trasladarlos al 
papel. 

Soñé que me achacaban un gran cri- 
men, y que ponían en seguimiento de mis 
pasos á toda la policía de Madrid. Mis 
tretas para burlar su persecución , se redu- 
jeron á echarme á correr por la puerta de 
San Vicente hacia fuera, metiéndome en 
los lavaderos del Manzanares, donde me 
creí perfectamente seguro de las asechan- 
zas de mis enemigos. Con efecto, estando 
allí muy tranquilo mirando correr el agua 
de jabón y viendo á las lavanderas colgar 
sus ropas en los cordeles, dieron sobre mí 
el presidente del Consejo de Ministros, el 
de la Juventud Católica, el ministro de 
Fomento y el de Gracia y Justicia, los 
cuales inmediatamente me amarraron y me 
condujeron á la cárcel. El ministro de Fo- 

18 



274 



ARMANDO PALACIO VALDES 



mentó propuso que se me llevara cogido 
por los pies y á la rastra, pero el presiden- 
te de la Juventud Católica hizo observar 
que se me iba á estropear la ropa, y fue 
desechada la proposición. 

La cárcel era un edificio grande, sólido 
y austero, con un crecido número de bal- 
cones y ventanas, cosa que me sorprendió, 
á pesar de la turbación de ánimo en que me 
hallaba, pues tenia la idea de que en las 
cárceles había poca ventilación. Me ence- 
rraron en un calabozo circular, sin venta- 
na ninguna: de suerte que me vi sumido 
en la más completa oscuridad. Mas no se 
pasó mucho tiempo sin que se abriera la 
puerta de par en par , y entrara por ella un 
carcelero con una bujía encendida anun- 
ciándome que pronto llegaría el juez y el 
escribano. Aparecieron al fin estos dos va- 
rones , y fué extraordinaria mi sorpresa al 
encontrarme enfrente de dos señores que 
jugaban todas las tardes al billar conmigo 
en el café Suizo. Aparentaron no conocer- 
me, é inmediatamente se pusieron á to- 
marme declaración, ofreciéndome antes al- 
gunos merengues con objeto, según de- 



AGUAS FUERTES 



275 



cían, de que tuviese la voz más clara. El 
juez , que era de los dos el que mejor juga- 
ba las carambolas de retroceso , después de 
haberme obligado á confesar una porción 
de crímenes á cual más horroroso, hizo 
un gesto muy expresivo á su compañero, 
llevándose la mano al cuello y sacando al 
mismo tiempo la lengua. Yo tome el gesto 
por donde más quemaba, y barrunté muy 
mal del asunto. 

A las dos horas poco más ó menos, tor- 
naron á abrir la puerta, y entró el escriba- 
no á leerme la sentencia. No se me conde- 
naba nada más que á morir en garrote vil, 
si bien en atención á que jugaba con mucha 
seguridad los recodos limpios , dejábase á 
mi arbitrio señalar el día de la ejecución. 
Por un instante tuve el intento de aplazar 
indefinidamente este día, juzgando que 
era muy joven para morir de modo tan 
desastroso : mas pronto revoqué mi acuer- 
do por motivos de delicadeza, y pedí se 
me ejecutara al día siguiente. Hay que 
confesar que tengo un sueño muy digno. 

Una vez resuelto que me ejecutarían al 
día siguiente , la única idea que se apoderó 



270 



ARMANDO PALACIO VAL DES 



de mí fué la de morir con serenidad y en- 
tereza ; y en efecto , demostré , al decir de 
todos los que me rodeaban, un gran ca- 
rácter durante las horas de la capilla. Co- 
mí y dormí tranquilamente, y pasé algu- 
nos ratos departiendo con los redactores 
de La Correspondencia. De vez en cuando 
procuraba verter alguna frase bonita para 
que éstos la reprodujesen en su diario y 
las gentes se admirasen de mi valor. 

Llegó por fin el instante terrible de em- 
prender la marcha hacia la muerte, y yo 
la emprendí con la mayor sangre fría. En 
aquel momento lo que me embargó fué un 
gran sentimiento de vergüenza, y recuer- 
do que exclamé apretándome contra el sa- 
cerdote que marchaba á mi lado: «¡Ah, 
por Dios, que no me vean, que no me 
vean! » Hasta el instante de salir de la cár- 
cel , no se me ocurrió que iba á hallarme 
frente á una muchedumbre de espectado- 
res, y que algunos millares de ojos se irían 
á clavar sobre mi rostro con expresión de 
burla y desprecio. Este pensamiento hizo 
flaquear mi valor: me aterraba infinita- 
mente más que la perspectiva del cadalso. 



AGUAS FUERTES 



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Sentía dentro de mí fuerzas bastantes para 
mirar á la muerte cara á cara , y al mismo 
tiempo me contemplaba incapaz por ente- 
ro de soportar la vista de un público cu- 
rioso y hostil. 

Congojado y muerto de vergüenza salí 
por la puerta de la cárcel entre un grupo 
de curas, soldados y carceleros. No quise 
levantar la vista del suelo, porque temía 
desfallecer; mas el silencio pavoroso y ex- 
traordinario que observé en torno mío , in- 
citóme á alzar los ojos. ¡Qué sorpresa y 
qué ventura! La calle estaba desierta. 
Fuera del cortejo que me rodeaba, ni una 
sola figura humana veíase cerca ni lejos. 
Los balcones y ventanas de las casas , asi 
como las puertas de los comercios, se ha- 
llaban perfectamente cerradas. Los curas, 
soldados y carceleros, después de pasear 
la vista por el ámbito de la calle, mirában- 
se unos á otros con acentuada expresión 
de asombro. El único objeto que hería la 
vista en medio de esta soledad era el ca- 
rruaje miserable y fatídico que me espera- 
ba. Antes de entrar miré al cielo. Aparecía 
cubierto por un leve manto de nubes , tan 



278 



ARMANDO PALACIO VALDES 



leve, que no conseguía velarlo por entero, 
semejante á una colcha de encaje con fon- 
do azul. El sol, asomando su ardiente pu- 
pila por los agujeros de esta celosía de nu- 
bes, era el único curioso que nos obser- 
vaba. 

El carruaje marchaba lentamente. Yo, 
sin atender á las exhortaciones del clérigo 
que iba á mi lado , asomaba la cabeza por 
la ventanilla explorando con los ojos la 
calle, las puertas y los balcones de las ca- 
sas. Nada, ni un sér humano parecía. Allá 
en las afueras de la población, distinguí 
dos niños que corrían sofocados hacia la 
puerta de una casa , desde la cual su madre 
les llamaba á gritos. Cuando pasamos por 
delante de esta casa, la madre y los hijos 
habían desaparecido. Un poco más allá tro- 
pezamos con un hombre que llevaba un sa- 
co cargado sobre la espalda, el cual, así 
que nos percibió, dio la vuelta y echó á an- 
dar apresuradamente por una calle late- 
ral, perdiéndose muy pronto de vista. 

Llegamos , por último , á la vista del pa- 
tíbulo situado en medio de un extenso 
campo. Allí fué mucho mayor mi sorpresa. 



AGUAS FUERTES 



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Ni en torno del patíbulo, ni en toda la 
tierra que alcanzábanlos ojos, se veía tam- 
poco una figura humana. Subí las escaleras 
del tablado , deteniéndome á cada instante 
para mirar alrededor , pues no acertaba á 
comprender lo que era aquello. El cielo 
presentaba un aspecto distinto. Su manto 
de nubes era más espeso ; la vaporosa tú- 
nica de encaje había sido reemplazada por 
una cortina gris que cerraba hermética- 
mente toda la bóveda celeste ; el sol ya no 
tenía celosía por donde mirarnos. La lla- 
nura triste y oscura en que reposa Madrid, 
exhalaba un vapor trasparente que con- 
cluía por aproximar la línea vaga y fina 
que cierra el horizonte. Los objetos ofre- 
cíanse indecisos y temblorosos , como si 
hubieran perdido sus contornos , y la luz 
se filtraba con trabajo por aquel cielo de 
algodón para sumirse luego en la tierra 
negra y húmeda. Bespirábase en este am- 
biente espeso, que no hería apenas ruido 
alguno, cierta calma: pero una calma que 
oprimía en vez de refrescar el corazón. 

Volví los ojos hacia la ciudad. La luz 
parecía que resbalaba sobre ella sin pene- 



280 



ARMANDO PALACIO VALDES 



trarla ; sus mil torrecillas no tenían fuerza 
para romper enteramente la atmósfera opa- 
ca que las envolvía. Mirando más y más, 
observé que lentamente iban elevándose 
desde su seno hacia el firmamento un núme- 
ro infinito de pequeñas columnas de humo, 
las cuales al extenderse en el aire se abra- 
zaban , y juntas subían á engrosar el ya tu- 
pido velo que ocultaba al sol. Aquellas co- 
lumnas de humo me hicieron pensar en 
los hogares que debajo de ellas había, y 
todo lo comprendí en un instante. En tor- 
no de aquellos hogares humeantes mora- 
ban muchos seres que no habían tenido la 
curiosidad perversa de bajar á la calle para 
verme pasar, y que ahora tampoco rodea- 
ban el patíbulo para verme morir. Me sen- 
tí profundamente conmovido. La gratitud 
penetró en mi corazón como una luz del 
cielo, como un bálsamo dulcísimo, y perdí 
por completo los pocos deseos que me li- 
gaban á la vida. « Gracias pueblo de Ma- 
drid, exclamé dirigiéndome á la ciudad: 
gracias, pueblo generoso y culto, por no 
haber venido á gozar con el espectáculo de 
mi muerte ignominiosa. ¡ Qué hubieras ga- 



AGUAS FUERTES 



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nado presenciando la suprema agonía de 
un infeliz ! En este angustioso y solemne 
instante no has querido ennegrecer aún 
más mi situación, con la vergüenza y el 
oprobio. Tú naciste para algo más que para 
ser ayudante del verdugo. Si hubieses lle- 
gado hasta aquí , si hubieses contemplado 
con refinada crueldad mi vergonzosa muer- 
te , yo te juro que al tornar á casa no se- 
rían tan serenas tus miradas como lo son 
ahora, ni el beso de la hija ó de la esposa 
te sabría tan dulce. Mi agonía te hubiera 
quitado el sosiego , te hubiera envenenado 
el alma por algunas horas. Tú has sabido 
vencer esa feroz y brutal curiosidad que 
pudiera impulsarte á presenciar mi muer- 
te, porque has adivinado que degradándo- 
me ámí, te degradabas á tí mismo. Has 
sido misericordioso y humano , y has res- 
petado tu propio corazón. ¡ Gracias , noble 
pueblo, gracias, y que el Dios de los cielos 
te pague tu buena obra ! » 

Un torrente de lágrimas salió de mis 
ojos al pronunciar estas palabras : un to- 
rrente de lágrimas dulces , como son siem- 
pre las del agradecimiento. Después , más 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sereno y animoso , sentéme en el fatal ban- 
quillo, y seguí contemplando la ciudad, 
que empezaba á romper las brumas que la 
envolvían para recibir de nuevo las cari- 
cias del sol. Una mano ruda sujetó por un 
instante mi cabeza; un lienzo cubrió mis 
ojos ; sentí mucha apretura en la gargan- 
ta, y... desperté. 

El cuello de la camisa me estaba apre- 
tando de un modo extraordinario. No hice 
más que soltar el botón y quedé otra vez 
profundamente dormido. 



LA ABEJA 



PERIÓDICO CIENTÍFICO Y LITERARIO 



o muchos días después de haber lle- 
gado á Madrid con el fin de seguir 
la carrera de leyes, fui invitado 
por uno de mis condiscípulos para en- 
trar en cierta Academia ó Ateneo esco- 
lar, donde algunos jóvenes estudiosos se 
adiestraban en el arte de la elocuencia. 
Acepté con gusto la oferta; asistí algunos 
jueves á la sesión, y vencida la timidez na- 
tural del provinciano, llegué á intervenir 
en algún debate , si no con éxito lisonjero, 
por lo menos con la tolerancia benévola 
de mis consocios. 

A los tres ó cuatro meses de instituida 




284 



ARMANDO PALACIO VALDES 



aquella sabia y nobilísima Sociedad, com- 
prendimos la urgencia de tener un órgano 
en la prensa, y resolvimos incontinenti 
fundarlo. Había de ser semanal y titularse 
La Abeja. Al efecto, vaciamos los bolsillos 
en manos del presidente (director nato del 
periódico) y nos pusimos de todo en todo 
á sus órdenes. La redacción se constituyó 
en el mismo local del Ateneo, que era el 
cuarto de estudio de uno de nuestros com- 
pañeros; una habitación aguardillada, don- 
de los sábados se aplanchaba la ropa de la 
casa, no pudiendo por lo mismo reunimos 
en este día. 

Discutióse ámpliamente el reglamento 
y se nombró administrador y redactor en 
jefe. Yo quedé de simple redactor, pero 
encargado además de entenderme con el 
impresor y corregir las segundas pruebas. 

Al cabo de un mes de idas y venidas y 
no pocos trabajos, salió á luz La Abeja, 
que llevaba entre otros un artículo mío 
histórico acerca de Felipe II. Este artícu- 
lo en que se defendía la política del monar- 
ca español y se vindicaba su nombre, con- 
siguió llamar la atención de las familias de 



AGUA.S FUERTES 



285 



los redactores y me valió no pocas enhora- 
buenas. 

¡Qué placer tan intenso experimentó 
aquel grupo de muchachos reunidos en el 
cuarto aguardillado , cuando el mozo de la 
imprenta depositó en el suelo un fardo de 
Abejas! Fui comisionado para ir en busca 
de vendedores. En menos de una hora reu- 
ní treinta ó cuarenta chicos en el portal 
de la casa; pero se negaron resueltamente 
á dar un cuarto por el nuevo periódico. 
Después de vacilar mucho, ardiendo en 
deseos de oírnos pregonados por las calles, 
nos decidimos á darlo de balde, «aunque 
sólo por una vez;» los chicos, tomando los 
puñados de ejemplares que yo les repartía 
embargado de emoción , se echaron á co- 
rrer gritando: «El primer número de La 
Abeja, periódico científico y literario, á 
dos cuartos». 

Seguíles para ver el efecto que causaba 
su aparición «en el estadio de la prensa» 
(así se decía en el artículo de entrada). Co- 
rría como un gamo, aunque disimulada- 
mente, para no perderlos de vista. ¡Cómo 
me saltaba el corazón! Los gritos de los 



286 



ARMANDO PALACIO VALDES 



muchachos herían mis oídos con dulzura 
inefable; las calles se mostraban más ani- 
madas que de ordinario ; los semblantes de 
los transeúntes parecían más alegres; el 
cielo estaba más azul; el sol brillaba con 
más fuerza. Esperaba que la gente se dis- 
putase los ejemplares como pan bendito 
(j el título era tan llamativo ! ) . Pero nada; 
ni un solo transeúnte detuvo el paso para 
decir : « ¡ Eh , chis , chis , venga La Abeja, 
muchacho ! » 

Los chicos corrían , corrían siempre gri- 
tando furiosamente, y yo los seguía jadean- 
te : la hoguera de mi entusiasmo se iba apa- 
gando á medida que entraba en calor. Aquel 
enjambre de Abejas científicas y literarias 
que zumbaba por los sitios céntricos no des- 
pertaba simpatía en el público; al contra- 
rio, todos las huían, cual si temiesen que 
les clavasen el aguijón. En la calle de Ca- 
rretas, un caballero gordo con barba de 
cazo compró un ejemplar. Me sentí enter- 
necido ; de buen grado le hubiese dado un 
abrazo; no se me olvidó jamás la fisonomía 
de aquel hombre. Más tarde me acometió 
el deseo vanidoso de distinguirme entre 



AGUAS FUERTES 



287 



mis compañeros : llamé á tres ó cuatro 
muchachos que me conocían por haber 
recibido el periódico de mis manos, y les 
ordené que gritaran: «El primer número 
de La Abeja , con la defensa de la política 
de Felipe II en los Países Bajos.» Contra 
lo que imaginaba , tampoco causó efecto el 
nuevo pregón: solamente advertí que un 
grupo de jóvenes venía riendo y soltando 
chistes groseros á propósito de los Países 
Bajos , lo que me obligó á revocar la orden. 

Lastimado por la frialdad del público, 
que no sabía á qué atribuir , no me acordé 
de ir á almorzar : tan pronto la achacaba á 
la poca ó ninguna afición que hay en Es- 
paña á la literatura, como á la falta de 
anuncios: unas veces pensaba que en la 
primavera no es conveniente fundar perió- 
dicos ; otras me entregaba á la superstición 
imaginando que no debimos comenzar á 
imprimir el nuestro en martes. Vi que mu- 
cha gente compraba una revista de toros y 
loterías , y esto me sugirió un sin fin de 
amargas consideraciones. Cansado , molido 
y triste me retiré á casa después de vagar 
cuatro ó cinco horas por las calles : al pa- 



288 



ARMANDO PALACIO VALDES 



sar por la Puerta del Sol oí pregonar La 
Abeja á cuarto. — «¡Ah, tunante! — grité 
ciego de cólera, sacudiendo á un chiquillo 
por el cuello — bien se conoce que á tí no 
te ha costado nada!» — Aquella rebaja de 
precio me parecía una vergonzosa degra- 
dación. 

Aunque la ilustrada redacción de La A be- 
ja experimentó notable desengaño, no por 
eso desmayó. Pudo más en sus dignos in- 
dividuos el noble deseo de la gloria que el 
afán de lucro. Habíamos gastado algunos 
cuartos, es verdad, pero en cambio había- 
mos salido á la luz de la publicidad y vis- 
to nuestros pensamientos en letras de mol- 
de y con la firma al pie. Para que el segun- 
do número se imprimiese fué necesario re- 
partir un nuevo dividendo pasivo á los so- 
cios , que se impusieron con gusto este sa- 
crificio pecuniario. 

No fué más afortunado el segundo nú- 
mero de La Abeja en su aspecto económi- 
co : los chicos persistían en la idea funesta 
de no soltar un cuarto por aquel periódico; 
si querían dárselo de balde, bueno; si no, 
queden ustedes con Dios. 



AGUAS FUERTES 



289 



El amor á la gloria venció do nuevo al 
sórdido interés, y lo entregamos graciosa- 
mente á los desvergonzados pilluelos , que 
se reian de nuestra inexperiencia. 

Tales sacrificios estaban compensados 
por ciertos deleites no comprendidos sino 
de quien los haya experimentado. El pri- 
mer deleite, el de considerarse escritor pú- 
blico, que lleva envuelta la idea de maestro 
y director de la opinión, y por consecuen- 
cia el respeto de la gente. Cuando entrá- 
bamos en los cafés , y colgadas del armario 
del espendedor de periódicos contemplába- 
mos unas cuantas Abejas, con su viñeta en 
madera henchida de alusiones simbólicas, 
un gozo inexplicable nos inundaba, in- 
flábase nuestro ser moral y físico, y son- 
reíamos desdeñosamente al vulgo que nos 
rodeaba; nos parecía imposible que los con- 
currentes hablasen de otra cosa que no 
fuese La Abeja, y no adivinasen que 
tenían la honra de hallarse cerca de sus re- 
dactores. Además, ¡con qué íntimo rego- 
cijo no decíamos á nuestras respectivas pa- 
tronas al salir de casa : « Si alguien pregun- 
ta por mí , decirle que estoy en la redac- 

19 



290 



ARMANDO PALACIO VALDES 



ción... ya sabe V... en la redacción!)) Y la 
boca al proferir esta palabreja mágica se 
nos hacía almíbar, como cuentan que le 
acaecía á cierto santo cuando pronunciaba 
el nombre de María. 

Y efectivamente , en la aguardillada re- 
dacción pasábamos la mayor parte, casi to- 
das las horas de nuestra existencia. No que 
estuviésemos escribiendo todo el tiempo ni 
mucho menos; pero había otros quehace- 
res auxiliares del periodismo, que no por 
ser materiales dejaban de participar de su 
alteza: sea ejemplo el arte delicado de 
cortar, escribir y pegar las fajas, en el que 
sobresalíamos casi todos, y el no menos 
noble y exquisito de pegar los sellos con la 
propia saliva, en el que ya quedaban algu- 
nos rezagados, seco y exhausto el gaznate. 

Para un periódico semanal , y no de gran 
magnitud, la verdad es que bastaban los 
diez y nueve redactores que habíamos te- 
nido el honor de fundarlo. ¿Con qué obje- 
to, pues, se habían otorgado plazas de re- 
dactores honorarios á una porción consi- 
derable de muchachos ? Sin duda para sa- 
tisfacer cada cual los deseos de algún ami- 



AGUAS FUERTES 



291 



go; compromisos personales que no se 
pueden eludir; y sin embargo, esta tole- 
rancia produjo á la postre funestos resul- 
tados. El cuarto destinado á redacción y 
administración no era tan ámplio que con- 
sintiese la permanencia en él de tanta gen- 
te. Desde por la mañana bien temprano 
comenzaban á entrar escritores: y como 
ninguno salía , la consecuencia era que al 
poco rato el local se atestaba y los redacto- 
res zumbaban como verdaderas y genuínas 
abejas en una colmena; se codeaban, se es- 
trujaban é impedían de todo punto la en- 
trada de los compañeros que llegaban tar- 
de. Eedactor hubo que en ocho días no lo- 
gró poner los pies en la oficina. 

; Quién nos dijera que tan presto había 
de morir un periódico destinado á ser «vi- 
goroso adalid de la ciencia y campeón in- 
fatigable de la cultura patria» (palabras 
textuales del programa firmado por la re- 
dacción)! Estaba escrito, no obstante, que 
pocos días antes de salir el cuarto número 
de La Abeja estallaría una furiosa borrasca 
entre los campeones infatigables de la cul- 
tura patria. Las más grandes empresas, 



292 



ARMANDO PALACIO VALDES 



las obras más altas y portentosas pueden 
venir al suelo por livianos motivos. Troya 
pereció por los devaneos de un petimetre: 
La Abeja por una disquisición histórica. 

Habia escrito yo un articulito vindican- 
do la memoria de D. Pedro I de Castilla, 
demostrando que el título de cruel con que 
le apodaban la mayor parte de los histo- 
riadores no le cuadraba, y que mejor le ve- 
nía el de justiciero. En asuntos históricos 
me gustaba mucho defender á los persona- 
jes caídos : ya había hecho otro tanto con 
Felipe II. Mas á uno de los redactores, 
que ejercía al propio tiempo el cargo espi- 
noso de expedir volantes á los suscritores 
para el cobro de los recibos , no le agradó 
esta defensa, y se autorizó el manifestar 
su opinión contraria. Al instante salté yo 
henchido de erudición, relleno hasta la 
boca de datos concluyentes : se entabló 
una discusión animada. 

El redactor disidente, á falta de datos 
manifestó que era una tontería el ir contra 
la opinión general : yo sostuve con sereni- 
dad que había muchas opiniones generales 
erradas , y que una de ellas era ésta; y en 



AGUAS FUERTES 



293 



apoyo de mi tesis, solté el chorro de la 
ciencia que había adquirido tres días an- 
tes. El contrario repuso, que mientras los 
grandes historiadores no lo autorizasen, 
consideraba una estupidez el sostener idea 
tan absurda : yo expuse con sangre fría y 
sonrisa impertinente, las razones que te- 
nía para opinar de esta manera. El parti- 
dario de la crueldad de D. Pedro, viéndose 
acorralado, no encontró mejor recurso 
para salir del paso que descargar un tre- 
mendo mojicón en la faz insolente del 
campeón de la justicia. Gran alboroto en 
la colmena: replico yo á mi adversario 
con idénticos argumentos: los redactores 
se reparten en dos bandos, y se entabla 
una batalla donde menudean los puñeta- 
zos y coscorrones ; ruedan las sillas , caen 
las mesas, quiébranse los vidrios de algu- 
nos cuadros, y hasta hubo quien apode- 
rándose de las tijeras de recortar sueltos, 
formó círculo en torDo suyo y esparció el 
terror entre los contendientes. 

Mas he aquí que en el marco de la puer- 
ta aparece la figura severa é imponente de 
la doncella de la casa. Calmáronse las olas; 



204 



ARMANDO PALACIO V ALOES 



silencio sepulcral; todos los rostros vueltos 
hacia aquella nueva cabeza de Medusa. 

— ¿Se creen, por lo visto, que no hay 
nadie en casa más que Vds.? ¿No saben 
ustedes que la señorita está delicada?... 
¿Qué escándalo es éste?... ¿No saben uste- 
des que el señor prohibió que se haga 
ruido?... 

Nadie se aventuró á responder á estas 
tremendas interrogaciones. 

La doncella se dignó pasear una mirada 
arrogante por toda la redacción; pero la 
detuvo llena de horror y de cólera al llegar 
al hijo de los dueños de la casa. 

— ¡ Cómo ! . . . ¡Mi señorito sangrando por 
las narices!... ¡Tunantes!... ¡Granujas!... 
¡Fuera de aqui todo el mundo!... ¡Pillería 
como esta no la quiero yo en casa!... ¡Fue- 
ra!... ¡Fuera!... 

Y en efecto, el ilustrado cuerpo de re- 
dacción de La Abeja, herido, escarnecido, 
arrojado ignominiosamente de su santua- 
rio por una miserable sirviente, bajó las 
escaleras á toda prisa, se disolvió al llegar 
á la calle , se esparció por Madrid y nunca 
más volvió á juntarse. 



LOS PURITANOS 



(novela) 

ra un caballero fino, distinguido, 
de fisonomía ingenua y simpática. 
No tenía motivo para negarme á 
recibirle en mi habitación algunos días. El 
dueño de la fonda me lo presentó como 
un antiguo huésped á quien debía mu- 
chas atenciones: si me negaba á compar- 
tir con él mi cuarto , se vería en la pre- 
cisión de despedirle por tener toda la casa 
ocupada, lo cual sentía extremadamente. 

— Pues si no ha de estar en Madrid más 
que unos cuantos días , y no tiene horas 
extraordinarias de acostarse y levantarse, 
no hay inconveniente en que V. le ponga 




296 



ARMANDO PALACIO VALDES 



una cama en el gabinete... Pero cuidado... 
¡sin ejemplar!... 

— Descuide V., señorito, no volveré á 
molestarle con estas embajadas. Lo hago 
únicamente porque D. Ramón no vaya á 
parar á otra casa. Crea V. que es una bue- 
na persona, un santo, y que no le incomo- 
dará poco ni rnucño. 

Y así fué la verdad. En los quince días 
que D. Ramón estuvo en Madrid no tuve 
razón para arrepentirme de mi condescen- 
dencia. Era el fénix de los compañeros de 
cuarto. Si volvía á casa más tarde que yo, 
entraba y se acostaba con tal cautela, que 
nunca me despertó ; si se retiraba más tem- 
prano , me aguardaba leyendo para que pu- 
diese acostarme sin temor de hacer ruido. 
Por las mañanas nunca se despertaba has- 
ta que me oía toser ó moverme en la ca- 
ma. Vivía cerca de Valencia, en una casa 
de campo , y sólo venía á Madrid cuando 
algún asunto lo exigía : en esta ocasión era 
para gestionar el ascenso de un hijo, regis- 
trador de la propiedad. A pesar de que este 
hijo tenía la misma edad que yo, D. Ra- 
món no pasaba de los cincuenta años, lo 



AGUAS FUERTES 



297 



cual hacía presumir, como así era en efec- 
to , que se había casado bastante joven. 

Y no debía de ser feo , ni mucho menos, 
en aquella época. Aún ahora con su elevada 
estatura, la barba gris rizosa y bien cor- 
tada , los ojos animados y brillantes y el 
cutis sin arrugas, sería aceptado por mu- 
chas mujeres con preferencia á otros gala- 
nes sietemesinos. 

Tenía, lo mismo que yo, la manía de 
cantar ó canturriar al tiempo de lavarse. 
Pero observé al cabo de pocos días que, 
aunque tomaba y soltaba con indiferencia 
distintos trozos de ópera y zarzuela desha- 
ciéndolos y pulverizándolos entre resopli- 
dos y gruñidos , el pasaje que con más ar- 
dor acometía y más á menudo , era uno de 
Los Puritanos ; me parece que pertenecía 
al aria de barítono en el primer acto. Don 
Ramón no sabía la letra sino á medias, 
pero lo cantaba con el mismo entusiasmo 
que si la supiera. Empezaba siempre: 

II sogno beato 
De pace e contento 
Ti , ro , ri , ra , ri , ro , 
Ti , ro , ri , ra , ri , ro. 



298 



ARMANDO PALACIO VALUES 



Necesitaba seguir tarareando hasta lle- 
gar á otros dos versos que decían : 

La dolce memoria 
De un tenero amore. 

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar 
hasta concluir el allegro. 

— ¡Hola! D. Ramón, le dije un día des- 
de la cama; parece que le gusta á V. Los 
Puritanos. 

— Muchísimo ; es una de las óperas que 
más me gustan. Daría cualquier cosa por 
conocer un instrumento para poder tocar- 
la toda. ¡Qué dulzura hay en ella! ¡Qué 
inspiración ! Estas son óperas y esta es mú- 
sica. ¡ Parece mentira que ustedes se entu- 
siasmen con esa algarabía alemana que só- 
lo sirve para hacer dormir!... A mí me gus- 
tan con pasión todas las óperas de Bellini: 
El Pirata, Sonámbula, I Gapuletti e di 
Montechi; pero sobre todas ellas Los Pu- 
ritanos... Tengo además razones particu- 
lares para que me guste más que ninguna 
otra, añadió bajando la voz. 

— ¡Ole , ole , D. Eamón ! exclamé incor- 



AGUAS FUERTES 



299 



porándome de un salto y poniéndome los 
calcetines : vengan esas razones. 

— Son tonterías de la juventud... cues- 
tión de amores, contestó ruborizándose un 
poco. 

— Pues cuente V. esas tonterías. Me 
muero por ellas : no lo puedo remediar , me 
gustan más esas cosas que la reforma de la 
ley Hipotecaria de que V. me habló ayer. 

— ¡Al fin poeta! 

— No soy poeta, D. Ramón; soy crítico. 

— Pues me había dicho el amo que era 
usted poeta... De todas maneras, se lo con- 
taré ya que V. tiene curiosidad... Verá V. 
como es una tontería que no merece la 
pena... ¡Pero vístase V., criatura, que se 
está helando! 

El año de cincuenta y ocho vine á Ma- 
drid con una comisión del Ayuntamiento 
de Valencia para gestionar la rebaja de la 
cuota de consumos. Tenía yo entonces... 
eso es , veintinueve años ; y ya hacía siete 
cumplidos que estaba casado. Es una bar- 
baridad casarse tan joven. Aunque no ten- 
go motivo para arrepentirme , no aconse- 



300 



ARMANDO PALACIO VALDES 



jaré á nadie que lo haga. Vine á parar á 
esta misma casa, esto es, á la misma po- 
sada; la casa estaba entonces situada en la 
calle del Barquillo. En aquella época, bue- 
no será que le advierta, que me complacía 
en andar muy lechuguino ó sietemesino, 
como ustedes dicen ahora , cosa que tenía 
siempre escamada á mi pobre mujer. ¿Pa- 
ra qué te compones tanto , hombre de Dios? 
¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contes- 
taba riendo y dejándola un poco enojada. 
No es malo tener á las mujeres un si es 
no es celosas. 

Una tarde, una hermosa tarde de in- 
vierno , de las que sólo se ven en este Ma- 
drid , salí de casa después de almorzar con 
el objeto de hacer algunas visitas y tam- 
bién para espaciarme por esas calles de 
Dios. Iba caminando lentamente por la de 
las Infantas, meditando sobre el plan de 
la noche ó sea el modo de pasarla más di- 
vertido , y saboreando un buen cigarro ha- 
bano, cuando de pronto ¡zas! recibo un 
fuerte golpe en la cabeza que me hace va- 
cilar; el flamante sombrero de copa fué 
rodando por un lado y el cigarro por otro. 



AGUAS FUERTES 



301 



Cuando me recobré del susto , lo primero 
que vi á mis pies fué una enorme muñeca 
fresca , sonrosada y en camisa. 

Esta buena pieza es la que ha causado 
el destrozo, dije para mis adentros, lanzán- 
dole una mirada iracunda que la muñeca 
aparentó no comprender. Mas como no 
era de presumir que ella por su voluntad 
se hubiese arrojado sobre mí de aquel mo- 
do brusco é inconveniente , pues jamás ha- 
bía hecho daño á ninguna muñeca , creí 
más probable que de alguna casa me la 
hubieran arrojado. Alcé la cabeza viva- 
mente. 

En efecto , el reo estaba de pie en el 
balcón de un primer piso , suspenso , atóni- 
to, consternado. Era una niña de trece ó 
catorce años. 

Al observar la mirada de espanto y con- 
goja que me dirigía se templó mi furor, y 
en vez de lanzarle un apostrofe violento, 
como tenía determinado, le mandé una 
sonrisa galante. Puede ser que en la for- 
mación de esta sonrisa haya intervenido 
más ó menos directamente la belleza nada 
vulgar del criminal. 



302 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Recogí el sombrero, me lo puse, y volví 
á alzar la cabeza y á remitir otra sonrisa, 
acompañada esta vez de un ligero saludo. 
Pero mi agresor seguía inmóvil y aterrado 
sin darse cuenta ni poder explicarse las 
amables disposiciones en que su víctima 
se hallaba. A todo esto la muñeca seguía 
en el suelo inmóvil también, pero sin mos- 
trar en modo alguno sorpresa, pesar, te- 
ror , ni siquiera vergüenza de su situación 
poco decorosa. Me apresuré á levantarla, 
cogiéndola, si mal no recuerdo, por una 
pierna, y me informé minuciosamente de 
si había padecido alguna fractura ú otra 
herida grave. No tenía más que leves con- 
tusiones. Alcéla en alto y la mostré á su 
dueño haciéndole seña de que iba á subir 
para entregársela. Y sin más dilaciones en- 
tro en el portal , subo la escalera y tomo 
el cordón de la campanilla... Ya está abier- 
ta la puerta. Mi lindo agresor asoma su 
rostro trigueño , gracioso , lleno de vida y 
frescura, y extiende sus manos diminutas, 
en las cuales deposito respetuosamente á 
la muñeca desmayada. Quise hablar, para 
dar mayor seguridad de que no era nada 



AGUAS FUERTES 



303 



lo que había pasado , que la muñeca con- 
servaba íntegros sus miembros, y yo lo 
mismo , y que celebraba la ocasión de co- 
nocer una niña tan hermosa y simpáti- 
ca, etc. , etc. Nada de esto fué posible. La 
chica murmuró confusamente un «muchas 
gracias», y se apresuró á cerrar la puerta, 
dejándome con el discurso en el cuerpo. 

Salgo á la calle un poco disgustado, co- 
mo cualquier otro orador en el mismo ca- 
so , y sigo mi camino , no sin volver repeti- 
das veces la cabeza hacia el balcón. A los 
treinta ó cuarenta pasos observo que está 
la niña asomada , y me paro y la envío una 
sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta vez 
contesta, aunque ligeramente, pero se apre- 
sura á retirarse. ¡Cuidado que era linda 
aquella niña ! Al llegar al extremo de la ca- 
lle sentí la necesidad imperiosa de verla 
otra vez , y di la vuelta , no sin percibir 
cierta vergüenza en el fondo del corazón, 
pues ni mi edad, ni mi estado, me autori- 
zaban semejantes informalidades; mucho 
menos tratándose de tal criaturita. Ya no 
estaba en el balcón. 

Pues yo no me voy sin verla , me dije, 



304 



ARMANDO PALACIO VALDES 



y pián pianito , comencé á pasear la calle 
sin perder de vista la casa , con la misma 
frescura que un cadete de Estado Mayor. 
Después de todo , aquí nadie me conoce — 
me iba repitiendo á cada instante , á fin de 
comunicarme alientos para seguir pasean- 
do. — Además , yo no tengo nada que hacer 
ahora ; y lo mismo da vagar por un lado 
que por otro. 

Justamente, al cruzar tercera ó cuarta 
vez por delante del balcón apareció en él la 
gentil chiquita, que al verme hizo un mo- 
vimiento de sorpresa, acompañado de una 
mueca encantadora, se echó á reir y se 
ocultó de nuevo. 

¡ Pero , qué necios somos los hombres y 
qué inocentes cuando se trata de estos 
asuntos ! ¿Querrá V. creer que entonces no 
sospeché siquiera que la niña había estado 
presenciando , sin perder uno sólo , todos 
mis movimientos? 

Satisfecho ya el capricho , dejé la calle 
de las Infantas , v me fui a casa de un ami- 
go. Mas al día siguiente , fuese casualidad 
ó premeditación , aunque es muy probable 
lo último , acerté á pasar por el mismo si- 



AGUAS FUERTES 



305 



tio á la misma hora. Mi gentil agresor, 
que estaba de bruces sobre la barandilla 
del balcón, se puso encarnado hasta las 
orejas asi que pudo distinguirme, y se re- 
tiró antes de que pasase por delante de la 
casa. Como V. puede suponer, esto lejos 
de hacerme desistir, me animó á quedarme 
petrificado en la esquina de la primer bo- 
ca-calle, en contemplación estática. No 
pasaron cuatro minutos sin que viese aso- 
mar una naricita nacarada, que se retiró 
al momento velozmente , volvió á asomar- 
se á los dos minutos y volvió á retirarse, 
asomóse al minuto otra vez y se retiró de 
nuevo. Cuando se cansó de tales manio- 
bras, se asomó por entero y me miró fija- 
mente por un buen rato, cual si tratase de 
demostrar que no me tenía miedo alguno. 
Entonces se generalizó por entrambas par- 
tes un fuego graneado de miradas, acom- 
pañado por lo que á mí respecta de una 
multitud de sonrisas , saludos y otros pro- 
yectiles mortíferos, que debieron causar 
notables estragos en el enemigo. Este á la 
media hora oyó sin duda en la sala el to- 
que de «alto el fuego», y se retiró cerran- 

20 



306 



AEMANDO PALACIO VALDES 



do el balcón. No necesitaré decirle, que 
por más que me sintiese avergonzado de 
aquella aventura, seguí dando vueltas á la 
misma hora por la calle, y que el tiroteo 
era cada vez más intenso y animado. A los 
tres ó cuatro días me decidí á arrancar una 
hoja de la cartera y á escribir estas pala- 
bras: Me gusta V. muchísimo. Envolví dos 
cuartos en la hoja, y aprovechando la oca- 
sión de no pasar nadie, después de hacerle 
seña de que se retirase , la arrojé al balcón. 
Al día siguiente, cuando pasé por allí, vi 
caer una bolita de papel que me apresuré á 
recoger y desdoblar. Decía así, en una le- 
tra inglesa , crecida , hecha con mucho cui- 
dado y el papel rayado para no torcer: Tan 
bien ustez me gusta á mí no crea que juego 
con muñecas era de mi ermanita. 

Aunque sonreí al leer el billete amoroso, 
no dejó de causarme sensación dulce y 
amable , que muy pronto hizo sitio á otra 
melancólica, al recordar que me estaban 
prohibidas para siempre tales aventuras. 
Aquel día mi chiquita no salió al balcón, 
sin duda avergonzada de su condescenden- 
cia; pero al siguiente la hallé dispuesta y 



AGUAS FUERTES 



307 



aparejada al combate de miradas, señas y 
sonrisas , que ya no escasearon por ambas 
partes. Una hora ó más duraba todas las 
tardes este juego, hasta que se oía llamar 
y se retiraba apresuradamente. La pregun- 
té por señas si salía de paseo , y me contes- 
tó que sí : y en efecto , un día aguardó en la 
calle hasta las cuatro y la vi salí en compa- 
ñía de una señora , que debía de ser su ma- 
má, y de doshermanitos. Seguíles al Retiro, 
aunque á respetable distancia, porque me 
hubiera causado mucha vergüenza el que 
la mamá se enterase: la chiquilla, con me- 
nos prudencia, volvía á cada instante la 
cabeza y me dirigía sonrisas, que me te- 
nían en continuo sobresalto. Al fin volvi- 
mos á casa en paz. A todo esto, yo no sa- 
bía cómo se llamaba , y á fin de averiguar- 
lo escribí la pregunta en otra hoja de la 
cartera: ¿Cómo se llama VJ La chica con- 
testó en la misma letra inglesa y crecida, 
con el papel rayado : Me llamo Teresa no 
crea ustez por Dios que juego con muñecas. 
Diez ó doce días se transcurrieron de esta 
suerte. Teresa me parecía cada día más 
linda, y lo era en efecto, porque según he 



308 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



averiguado en el curso de mi vida, no hay 
pintura, raso ni brocado que hermosee 
tanto á la mujer como el amor. La pregun- 
té repetidas veces si podía hablar con ella, 
y siempre me contestó que era de todo 
punto imposible : si la mamá llegaba á sa- 
ber algo ¡ adiós balcón ! Empecé á sospe- 
char que me iba enamorando y esto me 
traía inquieto. No podía pensar en aquella 
niña sin sentir profunda melancolía como 
si personificase mi juventud, mis ensue- 
ños de oro, todas mis ilusiones, que para 
siempre estaban separados de mí por ba- 
rrera infranqueable. Al mismo tiempo me 
acosaban los remordimientos. ¡ Cuál sería 
el dolor de mi pobre mujer si llegase á ave- 
riguar que su marido andaba por la corte 
enamorando chiquillas! Un día recibí car- 
ta suya, participándome que tenía á mi 
hijo menor un poco indispuesto , y rogán- 
dome que procurase arreglar los negocios 
y volviese pronto á casa. La noticia me 
produjo el disgusto que V. puede suponer; 
porque siempre he delirado por mis hijos: 
y como si aquello fuese castigo providen- 
cial ó por lo menos advertencia saludable, 



AGUAS FUERTES 



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después de grave y prolongada medita- 
ción, en que me eché encara sin piedad, 
mi conducta infame j ridicula, canté sin 
rebozo el yo pecador y resolvi obedecer á 
mi esposa inmediatamente. Para llevar á 
cabo este propósito, lo primero que se me 
ocurrió fué no acordarme más de Teresa, 
ni pasar siquiera por su calle , aunque fuese 
camino obligado : después, abreviar cuan- 
to pudiese los asuntos. Según mis cálculos 
quedaría libre á los cinco ó seis días. 

Ya no seguí , pues, la calle délas Infan- 
tas como acostumbraba después de almor- 
zar, ni aun para ir á la de Valverde, don- 
de vivían unos amigos. Por la noche , des- 
pués de comer , como no había peligro de 
ver á Teresa, la cruzaba velozmente y sin 
echar una mirada ála casa. 

Pasaron cuatro días ; ya no me acordaba 
de aquella niña, ó si me acordaba era de 
un modo vago, como la memoria de los 
días risueños de la juventud. Tenía casi ul- 
timados mis negocios y andaba preocupa- 
do con la elección del día para marcharme. 
Será cosa, á más tardar, del viernes ó el 
sábado, me dije después de comer, encen- 



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ARMANDO PALACIO VALDES 



diendo un cigarro y echándome á la calle. 
El ministro se había negado á rebajar la 
cuota del Ayuntamiento, lo cual me tenía 
muy disgustado. Pensando en lo que ha- 
bía de decir á mis colegas cuando me vie- 
se entre ellos, y en el modo mejor de ex- 
plicarles la causa del fracaso, crucé la pla- 
za del Rey y entré en la calle de las Infan- 
tas. La noche era espléndida y bastante 
templada; llevaba abierto el gabán y cami- 
naba lentamente gozando con voluptuosi- 
dad de la temperatura, del cigarro y de la 
seguridad de ver pronto á mi familia. Al 
pasar por delante de la casa de la niña me 
detuve y la contemplé un instante casi con 
indiferencia. Y seguí adelante murmuran- 
do: «¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima 
será que se la lleve un tunante ! » Después 
me puse á reflexionar en lo fácil que me 
hubiera sido jugar una mala pasada al al- 
calde y alzarme con el cargo; pero no; hu- 
biera sido una felonía. Por más que fuese 
un poco díscolo y soberbio , al fin era ami- 
go: tiempo me quedaba para ser alcalde. 
Pero cuando más embebido andaba en mis 
pensamientos y planes políticos , y cuando 



AGUAS FUERTES 



311 



ya estaba próximo á doblar la esquina de 
la calle, he aquí que siento un brazo que 
se apoya en el mío y una voz que me 
dice: 

— ¿Va V. muy lejos? 

— ¡ Teresa ! 

Los dos quedamos mudos por algunos 
instantes; yo contemplándola estupefacto; 
ella con la cabeza baja y sin abandonar mi 
brazo. 

— ¿Pero dónde va V. á estas horas? 

— Me voy con V. — contestó alzando la 
cabeza y sonriendo como si dijese la cosa 
más natural mundo. 

— ¿A dónde? 

— ¡Qué se yo! Donde V. quiera. 

A un mismo tiempo sentí escalofríos de 
placer y de miedo. 

— ¿Ha huido V. de su casa? 

— ¡Qué había de huir!... solamente se 
la he jugado á Manuel, del modo más gra- 
cioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñe 
hoy en ir á la tertulia de unas primas , que 
viven en la calle de Fuencarral, y papá 
mandó á Manuel que me acompañase. Lle- 
gamos hasta el portal y allí le dije : márcha- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te, que ya no haces falta; y trie hice como 
que subía la escalera , pero en seguida di la 
vuelta sin llamar y me vine detrás de él 
hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dio 
una risa , que por poco me oye ! 

La chiquilla se reía aún, con tanta gana 
y tan francamente, que me obligó á hacer 
lo mismo. 

— ¿Y V. por qué ha hecho eso? — le pre- 
gunté con la falta de delicadeza, mejor di- 
cKo, con la brutalidad de que solemos estar 
tan bien provistos los caballeros. 

— Por nada — repuso desprendiéndose 
de mi brazo repentinamente y echando á 
correr. 

La seguí y la alcancé pronto. 

— ¡ Qué polvorilla es V. ! — le dije echán- 
dolo á broma — ¡Vava un modo de despe- 
dirse!... Perdón si la he ofendido... 

La niña, sin decir nada, volvió á tomar 
mi brazo. Caminamos un buen pedazo en 
silencio. Yo iba pensando ansiosamente en 
lo que iba á decir y en lo que iba á hacer, 
sobre todo en lo que iba á hacer. Al fin, 
Teresa lo rompió , preguntándome resuel- 
tamente : 



AGUAS FUERTES 



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— ¿No me dijo V. por carta que me 
quería? 

— ¡ Pues ya lo creo que la quiero á V. ! 
— ¿Entonces, por qué ha dejado de ve- 
nir á verme y de pasar por la calle de día? 

— Porque temía que su mamá... 

— Sí, sí, porque los hombres son todos 
muy ingratos y cuanto más se les quiere es 
peor... ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me 
ha tenido V. al balcón todas estas tardes 
esperándole; ¡pero que si quieres!... Por 
la noche detrás de los cristales , le veía pa- 
sar, muy serio, muy serio, sin mirar si- 
quiera hacia mi casa... Yo decía, ¿estará 
enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá en- 
fado? ¿Será porque he cerrado el balcón á 
las tres menos cuarto? En fin, todo me 
volvía cavilar , cavilar , sin sacar nada en 
limpio... Entonces dije: voy á darle un 
susto esta noche... 

— Ha sido un susto muy agradable. 

— Si no llega V. á pararse delante de mi 
casa y á quedarse mirando á los balcones, 
no salgo del portal... pero aquello me de- 
cidió. 

Momento de pausa, en el cual me acudió 



314 



ARMANDO PALACIO VALDES 



á la mente un tropel de pensamientos que 
todavía me avergüenzan. Teresa volvió á 
mirarme fijamente. 
— ¿Está V. contento? 

— ¡ Vaya ! 

— ¿Va V. á gusto conmigo? 

— Mejor que con nadie en el mundo. 
— ¿No le estorbo? 

— Al contrario , siento un placer como 
usted no puede figurarse. 

— ¿No tiene V. nada que hacer ahora? 
— Absolutamente nada. 

— Entonces vamos á pasear: cuando lle- 
gue la hora, V. me~ lleva á casa y mamá se 
figura que me trajo el criado de las primas... 
Pero si le estorbo ó no le gusta pasear 
conmigo, dígamelo V... me voy en se- 
guida... 

Yo le contesté apretándole el brazo y 
tirándole suavemente por la mano para 
encajárselo bien en el mío. Teresa conti- 
nuó hablando con graciosa volubilidad. 

— Parece mentira que seamos tan ami- 
gos ¿no es verdad? Yo pensé cuando le 
dejé caer la muñeca encima que le había 
matado... ¡Qué miedo tuve! ¡ Si V. viera!... 



AGUAS FUERTES 



315 



Vamos á ver ¿por qué en lugar de enfadar- 
se se sonrió V. conmigo? 

— ¡Toma! porque me gustó V. mucho. 

— Eso pensaba yo: debí de haberle sido 
simpática, porque sino la verdad es que 
tenía motivo para ponerse furioso. Todavía 
cuando V. subió á llevármela estaba muer- 
ta de miedo y por eso cerré tan pronto la 
puerta... ¡ Dichosa muñeca! Me dio tal ra- 
bia que la tiré contra el suelo y la partí un 
brazo. 

— Pues no debe V. tratarla mal; al con- 
trario , debe V. conservarla como un re- 
cuerdo. 

— ¿Sabe V. que tiene razón? Si no hu- 
biera sido por la muñeca no nos hubiéra- 
mos conocido... ni sería V. mi novio;... por- 
que tengo otro... 

— ¿Cómo otro? 

— Es decir, ya no lo tengo : lo tenía... Es 
un primo que está empeñado en que le he 
de querer á la fuerza... No vaya V. á creer 
que es feo... al contrario, es guapo... pero á 
mí no me gusta... No lo puedo remediar, 
Le dije que sí , porque me dio lástima un 
día que se echó á llorar. 



316 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Mientras conversábamos de esta suerte 
íbamos caminando sosegadamente por las 
calles. Para evitar el encuentro con cual- 
quier pariente ó conocido de la niña , pro- 
curé seguir las menos principales. Teresa 
iba cogida á mi brazo como al de un anti- 
guo amigo, hablando sin cesar, riendo, sa- 
cudiéndome á veces fuertemente y dete- 
niéndose á lo mejor delante de un escapa- 
rate , para hacerme mirar cualquier chu- 
chería. Su charla era un gorjeo dulce , in- 
sinuante , que me conmovía y refrescaba el 
corazón ; á impulso de ella se fué disipan- 
do poco á poco el tropel de pensamientos 
pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin sa- 
ber de qué modo, también desaparecieron 
todos mis temores ; me figuraba que aque- 
lla niña tenía algún parentesco conmigo , y 
no hallaba extraordinaria y peligrosa nues- 
tra situación como al principio. Su ino- 
cencia era un velo espeso , que nos impe- 
día ver el riesgo que corríamos. 

En poco tiempo me contó una infinidad 
de cosas. Era de Jerez ; no hacía más que 
un año que estaban en Madrid estableci- 
dos ; su papá ocupaba un alto empleo ; te- 



AGUAS FUERTES 



317 



nía dos hermanitos y una hermanita. Acer- 
ca del carácter y costumbres de cada uno 
de ellos se extendió considerablemente ; la 
hermanita era muy buena niña , amable y 
obediente ; pero los chicos insufribles ; to- 
do el día gritando , ensuciando la casa y 
peleándose. Su mamá le había dado juris- 
dicción sobre ellos hasta para castigarles, 
pero no quería usar de ella porque tenía 
miedo de que le perdiesen el cariño : que la 
mamá se arreglara como pudiese. Después 
habló del papá , que era muy serio , pero 
muy bueno ; lo único que la tenía apesa- 
dumbrada era que parecía querer más á los 
chicos que á ellas. La mamá, en cambio, 
mostraba predilección por las niñas. Habló 
después de las primas de la calle de Fuen- 
carral; una era muy bonita, la otra gracio- 
sa solamente: las dos tenían novio, pero 
no valían cuatro cuartos : chiquillos que to- 
davía estudiaban en el Instituto. Tenían, 
además , un hermano , que era el primo 
que había sido su novio ; éste ya era bachi- 
ller y se estaba preparando para entrar en 
el colegio de Artillería. De vez en cuando, 
en los cortos intervalos de silencio levan- 



318 



ARMANDO PALACIO VALDES 



taba graciosamente la cabeza , preguntán- 
dome : 

— ¿Va V. á gusto conmigo? ¿Le es- 
torbo? 

Y cuando me oia protestar vivamente 
contra semejante duda, su rostro expresi- 
vo se iluminaba de alegría y continuaba 
hablando. 

Habíamos recorrido algunas calles. Ya 
puede V. imaginarse que yo iba gozando 
como los ángeles en el paraíso , y pendien- 
te de los labios de aquella niña , que al re- 
ferirme todas las nonadas infantiles de su 
vida , parecía infundir en mi alma encan- 
tada la ciencia de la dicha. Sin embargo, 
no podía desechar cierta vaga inquietud 
que turbaba mi alegría. Buscando manera 
de pasar las horas de que disponíamos más 
dignamente que vagando por las calles, 
tropezamos al bajar la cuesta de Santo Do- 
mingo con el Teatro Eeal. Al instante se 
me ocurrió la idea de entrar: Teresa la 
aceptó inmediatamente, y á fin de que no 
reparasen en nosotros , tomamos entradas 
de paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y 
aquél rebosaba de gente; de suerte que 



AGUAS FUERTES 



319 



nos costó algún trabajo introducirnos y 
escalar uno de los rincones; pero al cabo 
llegamos. Teresa se encontró admirable- 
mente y me pagaba los trabajos que había 
pasado para llevarla hasta allí con mil 
sonrisas y palabras amables. Mientras su- 
bían el telón seguimos charlando , aunque 
muy bajito : se había establecido entre nos- 
otros una gran intimidad , y me abandonó 
una de sus manos que yo acariciaba em- 
belesado. Cuando empezó la ópera dejó de 
charlar y se puso á atender tan decidida- 
mente, que á mí me hizo sonreír el verla 
con la cabecita apoyada en la pared y los 
ojos estáticos. Sabía música, pero había 
ido al teatro pocas veces ; así que las me- 
lodías inspiradas de la ópera de Bellini le 
causaban profunda impresión, que se tra- 
ducía por un leve temblor de las pupilas y 
los labios. Cuando llegó el sublime canto 
del tenor que empieza A te, oh cara, me 
apretó con fuerza la mano exclamando por 
lo bajo: — ¡Oh qué hermoso! ¡oh qué her- 
moso ! Después me hizo explicarle lo que 
pasaba en la escena : halló el matrimonio 
del tenor y la tiple muy proporcionado, 



320 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pero compadecía de veras al barítono, á 
quien birlaban la novia; quedó sumamente 
disgustada cuando al fin del acto el tenor 
se ve en la precisión de acompañar á la 
reina y dejar abandonada á su futura, y 
declaró resueltamente que esta era una 
conducta indigna. 

— Pero advierta V. que estaba obligado 
á hacerlo porque era su reina quien se lo 
pedía. 

— No importa, no importa; si la quisie- 
ra bien no hay reina que valga. Lo prime- 
ro siempre es la novia. 

No me fué posible arrancarle tan extra- 
ña teoría de la cabeza. Después que bajó 
el telón permanecimos en el mismo sitio y 
me obligó á contarle mi vida y milagros, 
cuántas novias había tenido , á quién había 
querido más, etc., etc. Ya comprenderá 
usted que necesité ensartar un sin fin de 
patrañas. Después, sin motivo alguno se- 
rio, manifestó rotundamente que todos los 
hombres eran ingratos. Yo me atreví á 
apuntar que había excepciones, pero no 
fué posible hacérselo reconocer. — Usted 
será lo mismo que todos (anunció en tono 



AGUAS FUERTES 



321 



profético y mirando á un punto del espa- 
cio) ; me querrá V. un poco de tiempo , y 
después... si te vi, no me acuerdo. 

¡ Qué rato tan delicioso y tan infernal á 
la vez, me estaba haciendo pasar aquella 
niña! Para llevar la conversación á otro 
punto , le pregunté : 

— ¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora 
no me lo ha dicho. 

— Tengo... tengo... mire V., yo siempre 
digo que tengo catorce, pero la verdad es 
que no tengo más que trece y dos meses... 

¿yv.? 

— ¡Una atrocidad! No me lo pregunté 
usted, que me da vergüenza. 

— ¡Ah qué presumido! ¡Si yo le he de 
querer lo mismo que tenga muchos que 
pocos ! 

En seguida me propuso que nos tratáse- 
mos de tú, pero después de aceptado se 
volvió atrás ofreciéndome que yo la trata- 
se de tú y ella siguiese con el V. No quise 
conformarme. 

— Pues mire V., yo no puedo hablarle 
de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en 
fin , vamos á ensayar. 

/ 21 



322 



ARMANDO PALACIO VALDES 



Del ensayo resultó que para evitar el 
pronombre daba la pobrecilla infinidad de 
rodeos y se metía en una serie intermina- 
ble de perífrasis: si se aventuraba á diri- 
girme un tú, lo hacía bajando la voz y pa- 
sando como sobre ascuas. 

Cuando empezó el segundo acto , volvió 
á escuchar atentamente. Mis ojos no se 
apartaban casi nunca de su rostro : ella en- 
tornaba á menudo los suyos para dirigirme 
una sonrisa apretando al mismo tiempo mi 
mano. Observé, no obstante, que se había 
amortiguado un poco la viva expresión de 
su fisonomía y que iba perdiendo aquella 
graciosa volubilidad del principio. Las son- 
risas de sus labios se fueron haciendo tris- 
tes, y por la candida frente pasó una rá- 
faga de inquietud que comunicó á su lin- 
do rostro infantil cierta grave expresión 
que no tenía. Parecía que en virtud de 
un misterioso movimiento de su espíritu, 
la niña se transformaba en mujer en pocos 
instantes. Dejó de apretar mi mano y has- 
ta retiró la suya :' volví á cogerla disimula- 
damente , pero al poco tiempo la retiró de 
nuevo. 



AGUAS FUERTES 



823 



El segundo acto había terminado. Al ba- 
jarse el telón me hizo mirar el reloj , y vien- 
do las once, dijo que era necesario partir en 
seguida , porque á las once y media , á más 
tardar, iba el criado á buscarla. 

Salimos del teatro. La noche seguía ti- 
bia y estrellada : á la puerta aguardaba una 
larga fila de coches, que nos fue preciso 
evitar. Ya no había en las calles el movi- 
miento de las primeras horas, pero con to- 
do , seguimos las más solitarias. Teresa no 
quiso aceptar mi brazo como antes. En- 
tonces me tocó llevar la voz cantante, y la 
dije al oído mil requiebros y ternezas, ex- 
plicándola por menudo el amor que me ha- 
bía inspirado y lo que había sufrido en los 
días en que no pasé por su calle : recordéle 
todos los pormenores, hasta los más insig- 
nificantes , de nuestro conocimiento visual 
y epistolar, y le di cuenta de los vestidos 
que le había visto y de los adornos, á fin 
de que comprendiese la profunda impresión 
que me había causado. Nada replicaba á 
mi discurso; seguía caminando cabizbaja 
y preocupada, formando su actitud notable 
contraste con la que tenía tres horas antes 



324 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



al pasar por los mismos sitios. Cuando me 
detuve un instante á respirar , exclamó sin 
mirarme : 

— Hice una cosa muy mala, muy mala. 
¡ Dios mío , si lo supiese papá ! 

Trató de probarle que su papá no podía 
enterarse de nada, porque llegaríamos de- 
masiado temprano. 

— De todas maneras, aunque papá no 
se entere, hice una cosa muy mala. Usted 
bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No 
es verdad que una niña bien educada no 
haría lo que yo hice esta noche?... ¡ Si lo 
supiesen mis primas , que están deseando 
siempre cogerme en alguna falta!... Pero 
no piense V... , por Dios, que lo he hecho 
con mala intención... Yo soy muy aturdi- 
da... todo el mundo lo dice... pero también 
dicen que tengo buen fondo. 

Al proferir estas palabras se le había 
ido anudando la voz en la garganta , hasta 
que se echó á llorar perdidamente. Me 
costó mucho trabajo calmarla, pero al fin 
lo conseguí elogiando su carácter franco y 
sencillo y su buen corazón, y prometiendo 
quererla y respetarla siempre. Me hizo ju- 



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325 



rar una docena de veces que no pensaba 
nada malo de ella. Después de secarse las 
lágrimas recobró su alegría y comenzó á 
charlar por los codos. Me expuso en pocos 
instantes una infinidad de proyectos á cual 
más absurdo : según ella , debía presentar- 
me al día siguiente en casa, y pedirle al 
papá su mano : el papá diría que era muy 
niña , pero yo debía replicarle inmediata- 
mente que no importaba nada: el papá in- 
sistiría en que era demasiado pronto , pero 
yo le presentaría el ejemplo de una tía, 
hermana de su mamá, que estaba jugando 
á las muñecas cuando la avisaron para ir 
á casarse. ¿Qué había de oponer á este po- 
deroso argumento? Nada seguramente. Nos 
casaríamos, y acto continuo nos iríamos á 
Jerez , para que conociese á sus amigas y 
á sus tíos. ¡ Qué susto llevarían todos al 
verla del brazo de un caballero , y mucho 
más, cuando supieran que este caballero 
era su marido ! 

Estaba tan linda , tan graciosa , que no 
pude menos de pedirle con vehemencia 
que me permitiese darla un beso. No fué 
posible. Ningún hombre la había besado 



326 



ARMANDO PALACIO VALDES 



hasta entonces; solamente su primo la ha- 
bía dado un beso á traición, pero le costó 
caro , porque le dejó caer dos vasos de li- 
món sobre la cabeza : hasta en los juegos 
de prendas hacía que pusieran las manos 
delante, para que no le tocasen la cara con 
los labios. Pero cuando estuviésemos casa- 
dos, ya sería otra cosa; entonces todos los 
besos que se me antojaran, aunque sospe- 
chaba que no se los pediría con tanto ar- 
dor como ahora. 

Estábamos próximos ya á su casa. Los 
carruajes de la gente que volvía de las ter- 
tulias , al cruzar á nuestro lado , apagaban 
la voz de Teresa y la obligaban á esforzar- 
la un poco. Las estrellas desde el cielo nos 
hacían guiños, como si nos invitasen á go- 
zar apresuradamente de aquellos momen- 
tos felices , que no habían de volver. A lo 
lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los 
faroles de los serenos. 

Llegamos por fin á casa. Delante de la 
puerta, Teresa volvió á hacerme jurar que 
no pensaba nada malo de ella, y que al 
día siguiente á las dos en punto de la tar- 
de, me presentaría debajo de sus balcones 



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327 



— Cuidado que no faltes. 
— No faltaré , preciosa. 
— ¿A las dos en punto? 

— A las dos en punto. 

— Llama ahora con un golpe á la puerta. 

Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al 
poco rato se oyeron los pasos del portero. 

— Ahora — dijo en voz bajita y temblo- 
rosa — dame un beso y escápate de prisa. 

Al mismo tiempo me presentaba su 
cándida y rosada mejilla. Yo la tomé en- 
tre las manos y la apliqué un beso... dos... 
tres... cuatro... todos los que pude hasta 
que oí rechinar la llave. Y me alejé á paso 
largo. 

Dejó de hablar D. Ramón. 

— ¿Y después, qué sucedió? — le pre- 
gunté con vivo interés. 

— Nada, que aquella noche no pude dor- 
mir de remordimientos y al día siguiente 
tomé el tren para mi pueblo. 

— ¿Sin ver á Teresa? 

— Sin ver á Teresa. 




ÍNDICE 



Páginas. 

El Ketiro de Madrid : 

Mañanas de Junio y Julio .... . 5 

El Estanque grande 13 

La Casa de Fieras 21 

El Paseo de los coches 29 

El Pájaro en la nieve (novela) . 41 

La Academia de Jurisprudencia 69 

El Hombre de los patíbulos 87 

La Confesión de un crimen 111 

La Biblioteca Nacional 125 

El Drama de las bambalinas 137 

Lloviendo 155 

El Paseo de Eecoletos . 167 

La Castellana 173 

Los Mosquitos líricos 181 

El Ultimo bohemio 205 

Los Amores de Clotilde (novela) 219 

El Profesor León 245 

El Sueño de un reo de muerte 269 

La Abeja (periódico científico y literario) . . 283 

Los Puritanos. . . . , 295 



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